Durante más de treinta años, el artista más famoso del planeta no tuvo cara. Ni nombre. Ni pasado conocido. Solo muros, plantillas y una capacidad asombrosa para meter el dedo en el ojo a los poderosos sin que nadie pudiera señalarle con el dedo a él. Banksy no es solo un grafitero. Es probablemente el único artista contemporáneo que ha conseguido que la gente corriente se detenga delante de una pared y piense. Y eso, en el mundo en que vivimos, vale más de lo que cotizan sus obras en Sotheby’s.
Nadie sabe con exactitud cuándo empezó todo. Hay quienes dicen que fue a principios de los noventa, en Bristol, cuando un chaval que firmaba como Robin Banx se movía entre grafiteros y trenes de mercancías. No era el más rápido ni el más técnico del grupo. Era el más listo. La historia que él mismo dejó circular dice que una noche, huyendo de la policía de transporte, tuvo que esconderse más de una hora debajo de un camión. Ahí, mirando hacia arriba con el aceite del motor cayéndole encima, vio las plantillas grabadas en la chapa del depósito de combustible. No hizo falta más. Si lo que tardaba horas podía hacerse en segundos con una plantilla, podría golpear y desaparecer antes de que llegara nadie. Nació así el método. Y con él, la leyenda.
Lo que empezó en los muros de Bristol acabó saltando a Londres, y de Londres al mundo. Sus imágenes eran simples pero cargadas de contenido. Una niña que suelta un globo rojo con forma de corazón. Un soldado que dibuja flores. Una rata con pancarta. Un policía besando a otro policía. No hacía falta leer ningún panfleto ni sentarse en ninguna conferencia. Bastaba con ver la imagen para entender el mensaje. Eso es lo que diferencia a Banksy de casi cualquier otro artista de su generación: la capacidad de comprimir en un solo trazo lo que otros tardan páginas en explicar. Sus obras no son bonitas porque sí, son incómodas. Te interrumpen en mitad de la calle y te obligan a pensar en algo que preferirías no pensar.
La imagen que mejor resume todo aquello es la niña con el globo. Apareció en las calles de Londres en 2002 y desde entonces no ha parado de circular. Una niña de perfil, vestida de rojo, que deja ir, o que pierde, un corazón que flota hacia arriba. Era tan simple que cada persona podía leerla a su manera. Esperanza. Pérdida. Infancia que se escapa. Años después, esa misma imagen fue elegida en una encuesta como la obra de arte favorita de los británicos, por delante de Rembrandt y de Turner. Una plantilla pintada de madrugada en una pared de ladrillo, más querida que siglos de pintura en los mejores museos del mundo. Hay algo en eso que lo dice todo.
En 2003 empezó a hacer algo que no había hecho nadie antes: se coló en los museos para colgar sus obras entre las de los grandes maestros. En el Tate, en el Louvre, en el Metropolitan de Nueva York. Sin permiso, sin aviso, con una tarjeta falsa de explicación y cinta adhesiva de doble cara. El Metropolitan tardó varios días en retirar la suya. Cuando alguien les preguntó, respondieron con cierto humor que necesitarías más que cinta adhesiva para entrar en el Met. Era un gesto tan insolente como brillante: si los museos eran los templos del arte oficial, la mejor crítica era entrar por la puerta de atrás y colgar tu obra junto a las que el sistema había bendecido. El año pasado, tuvimos como regalo familiar visitar una exposición itinerante de las obras más destacadas atribuidas al autor. Fue, sin duda, una experiencia muy interesante: comentar con los peques lo que les sugería, las sensaciones, las reflexiones, aún quedan para nosotros.
Comprimir en un solo trazo lo que otros tardan páginas en explicar. Sus obras no son bonitas porque sí, son incómodas. Te interrumpen en mitad de la calle y te obligan a pensar en algo que preferirías no pensar
Pero lo que lo convirtió en un fenómeno global fue el viaje a Israel en 2005. Banksy pintó sobre el muro de separación de Cisjordania. No como turista, sino como alguien que había decidido que esa pared de hormigón merecía ser intervenida. Una niña elevada por globos al otro lado del muro. Dos niños con cubo y pala soñando con una playa que nunca verán. Un chico con escalera apoyada en el hormigón. Las imágenes dieron la vuelta al mundo en horas. No había redes sociales como las conocemos ahora, pero esas fotografías circularon de correo en correo, de redacción en redacción, como si fueran virales antes de que existiera esa palabra. Eran el mejor artículo editorial sobre Palestina que nadie había publicado. Y lo había firmado alguien a quien nadie podía poner cara.
En Los Ángeles, en septiembre de 2006, organizó una exposición a la que llamó Barely Legal. Treinta mil personas pasaron por allí. Entre ellas, Brad Pitt, que declaró algo que resume bastante bien el fenómeno: “Lo hace todo y sigue siendo anónimo. Creo que eso es genial”. El plato fuerte de la exposición era un elefante vivo de ocho toneladas pintado con estampado victoriano. Los activistas de derechos animales protestaron. Las autoridades exigieron retirar la pintura del animal. El mensaje era sobre la pobreza que se ignora mientras los ricos consumen arte. Hollywood estaba escandalizado. Y esa era, exactamente, la idea.
El mercado, mientras tanto, hacía lo que siempre hace: ignorar el mensaje y quedarse con el objeto. Las obras de Banksy empezaron a alcanzar cifras que él mismo no dejó de ridiculizar en sus declaraciones, lo que no impidió que siguieran subiendo. En 2008, una cabina telefónica roja británica doblada por la mitad (como si sangrara) se vendió por 605.000 dólares en una subasta de Sotheby’s organizada por Bono y Damien Hirst. La compró Mark Getty, nieto del magnate petrolero J. Paul Getty. El artista anticapitalista, coleccionado por los herederos del capitalismo. La contradicción ya era parte del espectáculo.
En 2010, la revista Time lo incluyó en la lista de las cien personas más influyentes del mundo. Junto a Obama, a Steve Jobs, a Lady Gaga. Para la foto oficial que acompañaba su perfil, apareció con una bolsa de papel reciclable tapándole la cara. Ese mismo año, su documental Exit Through the Gift Shop fue nominado al Óscar. Pidió poder asistir a la gala de Los Ángeles con disfraz. La Academia le dijo que no. El artista más influyente del mundo no podía ir a recoger su nominación porque si alguien le ponía cara, el juego se acababa.
Y entonces llegó octubre de 2018 y Banksy ejecutó el golpe más teatral de toda su carrera. La niña con el globo rojo fue subastada en Sotheby’s de Londres. Martillazo, aplausos, precio adjudicado: 1,04 millones de libras. Y en ese momento sonó una alarma dentro del marco. El lienzo empezó a deslizarse hacia abajo, triturado por una destructora de papel que el artista había instalado en secreto en el bastidor años antes. El sonido del papel rompiéndose llenó la sala de un silencio que lo decía todo. La obra, renombrada Love is in the Bin, fue vendida tres años después por 25,4 millones de dólares. Banksy había intentado destruir el sistema. El sistema tomó nota, aplaudió y multiplicó el precio. Difícil saber si reírse o llorar.
El misterio sobre quién era, entretanto, era una historia en sí mismo. Durante años, la prensa intentó desenmascararlo sin éxito. Se señaló a Robin Gunningham, artista de Bristol. Al músico Robert Del Naja de Massive Attack. Al dibujante Jamie Hewlett. Nadie confirmó nada. Para blindar su identidad, Banksy creó en 2008 la empresa Pest Control, encargada de autenticar sus obras. Sus colaboradores más cercanos firmaron acuerdos de confidencialidad. El anonimato no era solo un gesto artístico. Era también un activo económico. Una marca sin cara que valía más precisamente porque no tenía cara.
Un artista que pintó sobre la pobreza ha sido comprado por los ricos. Quien criticó el mercado del arte se convirtió en uno de sus activos más rentables. Quien quiso ser invisible hoy es una marca global reconocida en cualquier parte del mundo. Y sin embargo, ninguna de esas contradicciones invalida lo que hizo
En noviembre de 2022 volvió a aparecer, esta vez en Ucrania. Varias localidades devastadas por los bombardeos rusos (Borodyanka, Irpin, Hostomel) amanecieron con sus murales. Una gimnasta haciendo el pino sobre los escombros de un edificio destruido. Una niña en judogi derribando a un hombre que se parecía mucho a Putin. Dos niños jugando en una trampa antitanque como si fuera un parque. Las imágenes dieron la vuelta al mundo en horas. Nadie preguntó si eran legales. Eran necesarias, y eso era suficiente. Pero ese viaje, según Reuters, le costó el anonimato.
El pasado 13 de marzo de 2026, la agencia Reuters publicó una investigación de cuatro años. Los periodistas Simon Gardner, James Pearson y Blake Morrison dicen haber resuelto el enigma. Volvieron a Horenka, a las afueras de Kyiv, enseñando fotografías de posibles candidatos a los vecinos. Encontraron registros migratorios ucranianos, documentos judiciales estadounidenses nunca publicados y el dato que lo cambió todo: una confesión manuscrita firmada a raíz de un arresto en Nueva York en septiembre del año 2000. Un hombre detenido a las 4:20 de la madrugada mientras manipulaba una valla publicitaria de Marc Jacobs en el barrio neoyorquino de Meatpacking. Daños por valor de 1.500 dólares. Cinco días de trabajos comunitarios. Nombre del detenido: Robin Gunningham. Ese nombre, cruzado con registros migratorios y con imágenes del viaje ucraniano, convenció a Reuters de que Banksy era Robin Gunningham, nacido en Bristol en 1973, que habría cambiado legalmente su nombre a David Jones (uno de los más comunes en el Reino Unido) para desaparecer de los registros públicos.
Reuters trasladó sus conclusiones al artista antes de publicar. No hubo respuesta. Su abogado escribió a la agencia argumentando que revelar la identidad de su cliente violaría su privacidad, interferiría con su trabajo y lo pondría en riesgo, dado que a lo largo de los años había recibido amenazas y comportamientos obsesivos. Reuters publicó de todas formas. La justificación: alguien con ese nivel de influencia sobre la cultura global, el mercado del arte y el debate político merece el mismo escrutinio que cualquier otro personaje público. El debate que siguió fue tan interesante como la investigación. ¿Tiene la prensa derecho a desvelar la identidad de alguien que explícitamente la ha mantenido oculta? ¿Es el anonimato de Banksy un derecho o un negocio?
Lo que no admite discusión son los números. Desde 2015, sus obras han generado cerca de 248 millones de dólares en el mercado secundario. Y la revelación de Reuters, lejos de hundir esas cifras, no perturbó en absoluto al mercado. En Christie’s, días después de la publicación, una obra suya alcanzó 210.000 libras contra una estimación previa de 70.000. El sistema, una vez más, digirió el escándalo y lo convirtió en argumento de revalorización.
Ahí está la gran paradoja de Banksy. Un artista que pintó sobre la pobreza ha sido comprado por los ricos. Quien criticó el mercado del arte se convirtió en uno de sus activos más rentables. Quien quiso ser invisible hoy es una marca global reconocida en cualquier parte del mundo. Y sin embargo, ninguna de esas contradicciones invalida lo que hizo. Porque lo que hizo Banksy (con independencia de cómo se llame, de dónde naciera y de cuánto cuesten sus obras en subasta) fue demostrar que el arte puede hablar directamente a la gente corriente, sin intermediarios, sin galeristas, sin catálogos de 200 euros. Que un muro puede decir más que un editorial. Y que a veces, para que te escuchen, lo más eficaz es que no sepan quién habla.