En la discusión por las herencias aparecen muchos vindicadores. En este caso, como el debate sobre la independencia ha pasado (lamentablemente) a segundo término, volvemos a hablar de los valores fundacionales y de las esencias. Me parece bien, pero es delicado: porque junto a los legítimos herederos —que deberán demostrar que lo son— también a veces aparece la figura de aquel que, cuando descubre que no figura en el testamento, decide quemar la masía y los campos. O pasarse al bandolerismo de camino real, o empujar al padre por un barranco. En este caso estamos hablando de principios seculares como la convivencia, sensatez y orden, que aparecen en boca tanto de Jordi Pujol, como de Salvador Illa, como de Junts o, recientemente, Aliança Catalana. Y esta conceptual lucha sucesoria es tan apasionante como, a la vez, peligrosa.
Incluso el 1-O, con el conflicto inherente que llevaba, respetó un modelo de casi perfecta convivencia donde se podía estar a favor del sí o del no (y venir de donde sea, y hablar cualquier lengua). Ahora hablamos (lamentablemente, insisto) de algo diferente: hablamos de los límites de la integración, de qué es ser catalán, de si la definición de Pujol todavía sirve y, en caso afirmativo (yo creo que sí), cómo actualizarla para el mundo de hoy. Y hacerlo sin perder el prestigio de país abierto, democrático y convivencial que busca, se supone que algún día, apoyos y simpatías internacionales. No nos olvidemos.
Dicho de otra manera: si no se acierta en la definición de sensatez y orden, si se va demasiado lejos o se pervierte, se puede derivar en un estilo incluso ajeno a Catalunya y a sus verdaderos principios. Un modelo ya no poco integrador, sino poco integrado el mismo en Catalunya y en sus valores. Como ya le dije a Salvador Illa, la manera catalana de hacer las cosas es votar los temas pacíficamente y no aplicar el 155 (ni tener la cuerda siempre tirante): el resto es moral española, una vulgaridad, confundir el orden con el autoritarismo o filosofía de "señorito" de medio pelo. Es la pregunta que me hice durante los años del procés: ¿soy una persona de orden? La respuesta es sí. Pero entonces, ¿qué hago durmiendo en una escuela o aplaudiendo lo sucedido en Urquinaona? Pues porque tengo un pero que para mí es básico e irrenunciable, una pregunta de la que no puedo ni me quiero alejar, que es la siguiente: ¿de qué orden estamos hablando, exactamente? Diría que cualquier vecino o vecina del tercero primera se hizo la misma pregunta.
Hay que, además de poner deberes a los demás, ponértelos a ti mismo. Hacer propuestas verdaderamente patrióticas, imperfectamente patrióticas, donde quepa más gente que los tuyos
El tan invocado "orden" se puede entender de dos maneras: tal como los Mossos se comportaron el 1-O, o bien tal como lo aplicaron los piolines. Yo estoy por el primer modelo, el del orden democrático. ¿De verdad que ha llegado la hora de ser más parecidos al otro modelo? ¿Aplicando mano dura, aplicando la ley con severidad, no buscando un orden mejor, más justo, sino poniendo la norma rígida por encima de los derechos? Es un terreno resbaladizo y habrá que vigilarlo mucho. Porque miren cómo le ha ido a España: algunos ya no queremos ni tocarla ni con un palo (a pesar de que, en efecto, yo no tenga uno, sino cuatro libros en el mercado en castellano y uno traducido al francés). España es un fracaso político y moral por culpa de su intolerancia, y Catalunya simplemente no lo tiene que ser. Tiene que ser mejor. Siempre. También en las formas, por cierto (y diría que la lucha se decantará mucho por aquí).
Costó mucho poner la independencia en el centro del debate. Mucho. Ahora ponemos la identidad y la integración, de acuerdo, no seré yo quien lo rehúya. Pero hay que saber que el discurso de Trump, por comprensible que sea o explicable que haya acontecido conociendo la sociedad americana, en muchos sentidos es profundamente antiamericano. Puedes buscar la realidad o puedes buscar el ideal, pero si la realidad empuja el ideal demasiado hacia abajo, acabas montando una sociedad con poca autoestima, o bien mediocre, o bien, como decíamos, autoritaria. Cargada de una excesiva mala leche, o de una excesiva falta de imaginación. O de una excesiva falta de gente, que también es importante.
Esta tierra se caracteriza (no escoge, no: se caracteriza) por ser abierta y democrática, porque ha sufrido en su propia piel la gente que no era ni una cosa ni la otra. En nombre del orden, precisamente. Por lo tanto, la propuesta catalana, sea la que sea (insisto en que la lucha es interesantísima), no puede caer en la miseria intelectual del simple cumplimiento de la ley o en el aumento de su rigidez: debe tener una idea, también, exportable. Presentable. Fue por reacción contra el pistolerismo que muchos catalanes se abrazaron a Primo de Rivera, precisamente, con todo lo que después comportó. Y es que si hablamos de derechos fundamentales, pero también de deberes, existe el deber fundamentalísimo de ser inteligente. No se trata de "mira, como mínimo son hijos de puta de los nuestros". Se trata de intentar no ser un hijo de puta. El orden y el seny también son eso. Es necesario, además de poner deberes a los demás, ponértelos a ti mismo. Hacer propuestas verdaderamente patrióticas, imperfectamente patrióticas, donde quepa más gente que los tuyos. Temo que desde 2017, donde el centro del debate era lo que tenía que ser, no lo está haciendo casi nadie.
