La humanidad es un conjunto de seres que son capaces de urdir auténticas maravillas, pero que demasiado a menudo caen en el delirio más descabellado; así ocurrirá hoy mismo, a raíz de un extraordinario fenómeno astral, cuando la mayoría de mis conciudadanos se calzarán unas ridículas gafas para ver cómo el sol desaparece durante unos segundos y se oscurece el cielo. El espectáculo lo detendrá todo y, aprovechando la calma de la tarde, se organizarán meriendas-cenas y pica-picas (cualquier concepto que esté separado por un guion solo puede llevar a consecuencias nefastas) para comentar la efeméride con los comensales. Fijaos si la cosa es desastrosa y si los occidentales (a pesar de ir de pobres) todavía tenemos suficientes recursos para hacer el tonto, que la impaciencia por ver la cosa ha llegado a instaurar la moda de un nuevo oficio llamado "cazador de eclipses"; a saber, un tipo de gente muy particular, carne de novela hembrista, que persigue los vaivenes del cielo como el que persigue los escasos ejemplares de Vermeer.

Yo solo deseo que mañana no comparezca la mortecina lentitud habitual de los miércoles, un día ciertamente antipático, y las horas vayan pasando lo más rápido posible, pues la tabarra que hemos tenido que soportar con el eclipse este de las narices ha sido francamente insufrible. Nuestros medios públicos, incapaces de ir más allá de las noticias sobre Ceuta y el ennegrecimiento del cielo, han sometido nuestra paciencia a una tortura espeluznante. Diría que antes este tipo de noticias ocupaban una parte muy escasa de los informativos que tenemos la bondad de sufragar; eran, por decirlo de una forma comprensible, una anécdota con el mismo peso que la natación sincronizada (hay que entender también, dicho sea de paso, que da risa la equiparación de bailar poniendo cara de intenso dentro de una piscina a practicar un deporte). Bastaban minutos para anunciar el eclipse y el uso de gafas reglamentarias; pues lo han repetido ad nauseam durante días.

Yo rogaría a mis conciudadanos que, ante esta gloriosa ocasión, tuvieran la bondad de quedarse en casa y, como mucho, miraran el espectáculo por la televisión

Los medios de comunicación que no paraban de excitar al país con esto del eclipse son los mismos que han acabado pidiendo a la gente que no salga de casa para embutir la AP-7 más de la cuenta. La pobre gente del delta del Ebro y sus alcaldes, a quienes no hacemos ni puto caso durante todo el año, también han suplicado a la sectorial de pixapins que tenga la bondad de no convertir su bellísima tierra en un lodazal insufrible de gente que no sabe decir la neutra y que emplea diminutivos de forma compulsiva. De hecho, esto de viajar para ver eclipses o de tocar la moral a los indígenas con semejante excusa debería estar multado por el Govern, porque la gente se ha vuelto loca y, supongo que debido a la alteración normal de los planetas y de los satélites, incluso está dispuesta a dirigirse a Lleida o a Fraga para verlo mejor, visitando una serie de lugares que en casa siempre hemos evitado solo por el peligro de morir allí y que acaben constando en la lápida familiar.

Yo rogaría a mis conciudadanos que, ante esta gloriosa ocasión, tuvieran la bondad de quedarse en casa y, como mucho, miraran el espectáculo por la televisión, lo cual evita cualquier posibilidad de lesión ocular. Aparte, perpetrando el quietismo, tendrán la bondad de facilitar la vida a nuestro Far West, el cual vive felizmente aislado de la metrópoli y de sus tonterías ecologistas. A su vez, cuando todo esté oscuro, es mucho mejor que no miréis el sol ni el cielo, ya que —como nos enseñó Leonardo da Vinci— la luz en sí misma no existe, porque es solo el efecto de esta sobre los objetos. Con la tiniebla o la simple contraluz, pasa lo mismo; así pues, querría insistir, limitaos a presenciar el misterio de este paréntesis lumínico en los objetos más inservibles que tengáis a vuestro alcance y no admiréis la grandeza del sol, como hacían los faraones, sino que prestad atención en cómo se destruye la figura de un cojín.

Mañana habrá terminado la tabarra, y los informativos de la tribu volverán a hablar de los menores de Ceuta y del puñetero bochorno que destroza nuestro espíritu. Por lo menos y para nuestro consuelo, llevan ya unos años sin hacer reportajes sobre las vacaciones de los políticos…