A los catalanes se nos ha venido encima mucho trabajo: tenemos muchos (demasiados) frentes abiertos. Debemos evitar a toda costa —y, si puede ser, por más enemigos comunes que tengamos, sin ir cogidos de la mano de los castellanos (tenemos 155 razones para no hacerlo)— que el islam se implante en Catalunya y que todos acabemos nadando en la piscina con un burkini. Debemos salvar el catalán y convertirlo, junto con el aranés, en las únicas lenguas oficiales de Catalunya antes de que el castellano las aspire como un granizado. Debemos impedir, cueste lo que cueste, que se combinen mal los pronombres febles y que se diga m'he donat compte —en vez de me n'he adonat—, disfrutar —en vez de passar-s’ho bé o xalar—, hombro —en vez de espatlla—, cadera —en vez de maluc—, fascisme —en vez de feixisme— y un largo etcétera.
También debemos reconstruir el estado del bienestar: no se nos puede meter el caramelo en la boca durante unos años y luego quitárnoslo porque la extrema izquierda ha decidido que donde viven bien seis millones de personas pueden vivir bien seis millones más (y todos los que hagan falta) sin que el estado del bienestar se resienta. Debemos controlar quién entra en Catalunya y, si no es pedir mucho, prohibir la entrada a las personas a las que les gusta jugar con machetes y/o catanas, por más buenistas que seamos y por más simpáticos que, aparentemente, parezcan. Debemos hacer entender a los alumnos de las escuelas, institutos y universidades que el objetivo de estudiar no es rebajar el nivel educativo para que no se traumaticen, sino aprender cosas nuevas cada día. Otra cosa que debemos hacer, y que no podemos olvidar, es encarcelar a los criminales y delincuentes (sobre todo a los reincidentes que acumulan más de treinta delitos): más que nada para que entiendan que en las sociedades civilizadas no es correcto ni robar, ni matar, ni violar, ni agredir, por más cargos políticos que uno tenga. También tenemos la tarea de integrar en nuestra cultura (no hace falta ser simpáticos para hacerlo, porque ya hemos visto que la simpatía les da igual) la avalancha de recién llegados que nos ha regalado España para que no nos sintamos solos, y evitar así que nosotros nos integremos, como hemos hecho hasta ahora, en las suyas por miedo a ofenderlos.
Debemos declarar la independencia (DUI) de Catalunya para ser respetuosos, congruentes y consecuentes con el resultado del referéndum del 1 de octubre de 2017
Y ya para acabar —espero no dejarme nada (que seguro que sí)—, debemos declarar la independencia (DUI) de Catalunya para ser respetuosos, congruentes y consecuentes con el resultado del referéndum del 1 de octubre de 2017; aunque, lamentablemente, ahora mismo, en mi opinión, no hay ningún partido que tenga en el primer punto del programa electoral la independencia de Catalunya y la preservación de la lengua y la cultura catalanas. El PSC-PSOE por supuesto que no: es un partido 100% español. Junts ha jurado demasiadas veces en vano y ya ni ellos mismos se creen sus mentiras. Y eso de ir copiando y pegando los discursos de Aliança Catalana con una capa descafeinada para no perder la costumbre convergente de quedar bien con todo el mundo y de hacer la puta y la Ramoneta siempre que se puede les está pasando factura (literalmente). Los Comuns viven en una realidad paralela en hoteles de cinco estrellas desde donde escriben sus discursos antifascistas y anticapitalistas y donde organizan encuentros de hermandad con los cupaires para exterminar la extrema derecha y hacer un mundo mejor lleno de flotillas. Por su parte, Aliança Catalana, cada día que pasa, deja ver un poco más su objetivo principal: ensanchar la base —es decir, ir todos juntos (catalanohablantes y castellanohablantes) cogidos de la mano cantando ahora el Virolai, ahora Y viva España de Manolo Escobar, ahora una ranchera— para ser cuantos más, mejor, a la hora de expulsar al califato de nuestra tierra. ERC ya hizo lo mismo —ensanchar la base— con un Gabriel Rufián rapero como ejecutor mientras juraba y perjuraba que nunca pactaría con los del 155 (y todos sabemos cómo acabó el cuento), pero parece que eso de tener un objetivo común con las Españas siempre tiene prioridad sobre la independencia y la catalanidad y que no pasa nada si nos cogemos de la mano de nuestros enemigos y los nuevos catalanes solo hablan castellano, son sapos que nos tenemos que tragar para conseguir un objetivo mucho más grande e importante: crear un Estado catalán castellanohablante sin califatos (en el caso de Aliança) o sin diferencias sociales ni económicas (en el caso de ERC, aunque no recuerdo que ninguno de ellos haya renunciado a su sueldo para ayudar a los más pobres o haya acogido en su casa a un recién llegado).
Y yo me pregunto: ¿de verdad creéis que un Estado catalán (siendo muy optimistas) con una mayoría de habitantes castellanohablantes y que no se identifican con la cultura catalana será catalán? Yo diría que, más que sardanas, bailaremos cumbias y que, de catalán, no quedará ni el pan con tomate. ¿De verdad hay que hacer todo este esfuerzo? Yo diría que, para tener una Catalunya castellana, no hace falta salir de España —y menos si, para conseguirlo, vamos cogidos de la mano de los españoles—, será muy traumático tener que decirnos adiós después de tantos años compartiendo el sudor de nuestras respectivas manos. No hace falta duplicar cargos, nos saldrá mucho más barato tener un solo gobierno central con marca de ropa propia (DMOCRACIA), y no hará falta que ningún político "catalán" tenga que fingir que no quiere pactar con España. Hablemos claro y catalán (o castellano).
Llamadme atrevida, pero ¿no sería mejor hacer un frente común con el País Vasco, Galicia, el País Valencià, las Illes Balears y la Catalunya Nord que con España? Y aún diría más: ¿no sería mejor hacer algún trato con Estados Unidos e Israel (que no quieren saber nada de España después de los discursos buenistas y moralistas —a pesar de tener a casi todo su entorno en el banquillo de los acusados— de Pedro Sánchez). Diría que hay mil opciones antes que ir de la mano con quien, siempre que puede, nos da un porrazo en la cabeza. Si los partidos —teóricamente— independentistas (ERC, Junts y Aliança Catalana) quieren ser coherentes, rehacer puentes con la población y enmendar los errores que cometieron, deberían unirse para obtener una mayoría absoluta y hacer realidad la independencia de Catalunya.