Me dicen que los políticos están considerando dejar de usar “clase media”, incluso cuando quieren aparecer como sus defensores, porque esta terminología ha quedado obsoleta y poca gente se siente identificada con ella. Sencillamente, hoy es una terminología que ha quedado asociada a un grupo cada vez más reducido de personas y que los hijos de aquella “clase media”, trabajadores y proletarios todos, la vinculan hoy a un privilegio o a un bienestar que no ven por ninguna parte. Incluso aquellos que tienen la suerte de heredar un piso no quieren ser vinculados a una clase que, para ser calificada de “media”, debería sufrir mucho menos de lo que sufre para llegar a fin de mes. No lo consideran adecuado porque todo el mundo se considera, hoy, asalariado con penurias. Como dentro de este grupo de miseria todavía hay clases (como también sucede en el mundo de los ricos), evidentemente las envidias y las suspicacias también van por barrios. La clase media desaparece mientras la clase obrera ya no lucha por tener una vida más o menos acomodada, sino por sobrevivir. Y lucha internamente, señalando a burgueses infiltrados o confundiendo a un propietario con un rico, mientras antes todos, los del ático y los de los bajos, más o menos éramos un solo pueblo. Mientras tanto, los ricos de verdad ya han invadido Gràcia y pretenden montar colivings en los edificios. Y el Govern de Catalunya y el Ayuntamiento se hacen los solidarios con la causa como si no tuvieran ninguna responsabilidad en ello. Sí: el desamparo es absoluto.
Barcelona ha perdido en los últimos cinco años el 90% de la oferta de alquiler (no se podía saber) y los precios se han disparado un 63%
El día que nos metamos en la cabeza que la única (la única) persona que nos puede alquilar un piso se llama propietario, y que no puede llamarse de otra manera ni ser otra cosa, quizá consideremos la posibilidad de dejar de fastidiarlos, considerarlos parte de la solución (y muy a menudo parte del pueblo) y combatir al verdadero enemigo. Las medidas regulatorias aprobadas hasta hoy por los gobiernos socialistas, tan orgullosos de su socialismo y de su sentido social, han reducido la oferta y apenas han conseguido reducir los precios: concretamente, Barcelona ha perdido en los últimos cinco años el 90% de la oferta de alquiler (no se podía saber) y los precios se han disparado un 63%. Dirán que sin la regulación por topes aún subiría más, pero me pregunto de qué sirve cualquier tope para una familia si simplemente no hay oferta de pisos en alquiler. No queda. Y quien quiere acceder tiene que batallar a muerte o presentar mil garantías para ser el elegido. Ante esto, no me extrañaría que empezaran a proliferar dinámicas de mercado negro o de proteccionismo entre grupos sociales, pequeños propietarios que adapten los precios y las condiciones (o el propio alquiler) a gente muy cercana y a nadie más. “Si no nos protege nadie, nos protegeremos nosotros”: eso si no está pasando ya.
Las noticias que llegan de Gràcia, como barrio entregado a los extranjeros (no estamos hablando de racismo aquí, sino de pérdida de capacidad adquisitiva de la gente local que hace que el barrio se llene de foráneos que sí pueden permitírselo), son el claro síntoma de que no se ha sabido, o no se ha querido, cuidar a la gente que configuraba el barrio. El pueblo, hablando claro: no se ha protegido al pueblo, ni entendido como villa, ni entendido como la gente, el país. Ni se ha construido lo suficiente, ni se ha pensado a largo plazo, ni se ha velado por controlar los alquileres de las viviendas y de los comercios locales, ni se ha conseguido que los salarios medios suban de forma suficiente (mientras “la economía va disparada”, nos informan). Se han garantizado salarios mínimos, pero los salarios mínimos no alquilan suficientes pisos ni configuran una sociedad digna. Simplemente, la ciudad y el país se han estancado, como mínimo desde 2018, y como se han estancado, los gobernantes han decidido venderlo todo porque alguien tiene que llenar el vacío. Todo muy barato, e incluso con la ocurrencia de propuestas “densificadoras” de las áreas urbanas en recientes palabras del president Illa. Tan ocurrente y tan reveladora del fracaso y de la impotencia que tienen como lo de decirle al barcelonés que lo que tiene que hacer es irse a vivir a Mataró o a Granollers porque “Barcelona es toda el Área Metropolitana”. Eso sí, con un servicio de Rodalies tercermundista. El país se va a la mierda, ciertamente.
Maestros en rebelión (pero, eso sí, los acuerdos son “nacionales” e “históricos”), gente que no puede pagar el alquiler, médicos en huelga, trenes que no funcionan, tiendas que cierran, jóvenes sin futuro, ascensor roto, montacargas inexistente y escalera inservible. Apenas se aprueban, y por pura necesidad aritmética, rebajas fiscales para los autónomos (pero manteniendo la cuota más alta de Europa). En nombre del pueblo han abandonado al pueblo, como hacían los déspotas ilustrados (o simplemente los déspotas), tanto en lo que respecta a la viabilidad de formar una familia como en lo que respecta a la viabilidad de votar el futuro del país. En nombre del socialismo han ignorado a la sociedad, y como no podían conquistarla, han decidido expulsarla. El mundo que nos rodea va consolidándose como un paisaje de ricos y pobres, y nada más, con la diferencia de que solo ellos dicen velar por nosotros, no sea que suba la extrema derecha. Catalunya, Barcelona, deben encontrar su propio camino. Su propia fórmula, más allá de los dogmatismos utópicos y del bipartidismo españolizador. Configurar su propio bando, su propio equipo, en lugar de apuntarnos al eterno juego de rojos contra “nacionales”. Unos y otros, como se ha demostrado históricamente, no nos quieren. Nos quieren fuera. O, más precisamente, solo nos quieren para financiar nuestra propia tumba.