Imani acaricia la cara y los brazos de Oringo. Las lágrimas le caen por el rostro, es una despedida de alguien que se va pero no volverá. Su querido hijo, el chico fuerte que tenía que cazar animales cerca del río cuando el sol se pone, no ha podido hacer frente a la fuerza de las aguas, cuando se ha lanzado para salvar a su pequeño primo. El cuerpo de Kirabo, de solo cuatro años, descansa entre las piernas de Oringo. Los dos han muerto al mismo tiempo engullidos por la corriente, adolescente y niño, y justo es que juntos se despidan y descansen en el seno de la diosa de la tierra. Las madres se abrazan delante de los rostros tristes de la tribu, mientras los entierran con los objetos que les gustaban a los dos. Unos vienen y otros se van, es la ley de la vida. Todos se tienen que poner en camino pronto. Imani sabe que no podrá nunca volver a aquel refugio sin sentir el eco de la risa de su hijo mayor. Sabe que la tribu volverá, año tras año, tras las gacelas, pero ella no volverá a sonreír. Cinco mil años más tarde, en el mismo lugar, Chiamaka se despide de Oba, su pequeña "gacela", como le llamaba cariñosamente. Llora porque todavía no hace dos años también enterraron a Davu, de ocho años, hijo de su primera mujer. Chiamaka cierra los ojos y golpea la tierra con la lanza. Es hora de irse.

Lo que os acabo de explicar (los nombres y detalles son novelados, pero el contexto y la relación genética son ciertos) son dos entierros de niños, que tuvieron lugar en el mismo paraje, en Shum Laka (Camerún), un enclave arqueológico muy rico de África. Estos dos entierros ocurrieron hace 8.000 y 3.000 años, en la que se considera la época de transición entre la Edad de Piedra y la Edad del Metal en esta zona africana, húmeda y cálida. Se consideraba que, a pesar, de ser un yacimiento muy rico en restos humanos (de hecho, se han obtenido hasta 18 restos de individuos diferentes, enterrados a lo largo de milenios) y en utensilios de piedra y metal, no se podría nunca hacer un análisis de su ADN que nos permitiera averiguar qué relación de parentesco tenían los individuos enterrados y, sobre todo, qué relación con los individuos que viven actualmente con la zona tenían. Estamos hablando del mismo corazón de la etnia bantú. Una etnia con muchos individuos y de la cual derivan múltiples lenguas que se extienden por Centroáfrica. Era, por lo tanto, muy interesante, poder averiguar la relación genética con los humanos actuales de la región. Pues bien, científicos de varios laboratorios de genética evolutiva de diferentes lugares del mundo, entre los cuales, dos del Instituto de Biología Evolutiva en Barcelona, han obtenido DNA de los huesitos del oído de estos esqueletos y han secuenciado el genoma. De los datos obtenidos han podido establecer sus relaciones de parentesco. Así, se sabe que el niño y adolescente que se encuentran en el primer entierro (hace unos 8.000 años) son primos lejanos, y los dos niños de dos tumbas de la misma época son probablemente hermanastros o tío/sobrina (segundo grado de proximidad). Más todavía, que los cuatro están relacionados también entre ellos, por lo tanto, pertenecen al mismo clan o tribu, que debió visitar aquellas regiones año tras año, de forma que aquel refugio era el lugar de entierro comunitario, del mismo modo que ahora enterramos a nuestros muertos en cementerios, que pueden tener los restos de personas emparentadas, de muchas generaciones y a través de siglos de distancia.

La secuencia de todo el genoma africano contiene hasta un 10% más de ADN, ADN que es todavía casi desconocido, que contiene genes y secuencias nuevos, y sólo se encuentra en algunos humanos y no en otros

Pero lo más interesante es lo que estos investigadores han podido deducir de la comparación del DNA de estos habitantes ancestrales con la población bantú que habita en el Camerún y buena parte de Centroáfrica. La conclusión de los científicos es que no tienen una relación genética próxima y, por lo tanto, cuando entre la etnia bantú se extendió la ganadería como modo principal de vida, expulsaron de la zona a las poblaciones cazadoras-cosechadoras que, hasta aquel momento, habían habitado allí. Por otra parte, las relaciones genéticas de estos DNA antiguos, comparadas con los restos de un humano enterrado hace 4.500 años en Etiopía, y con el genoma de los humanos actuales en África (no olvidemos que es de dónde venimos todos) demuestran que la historia de los humanos es larga y compleja, con migraciones territoriales, con mezcla con otros homínidos primero (como neandertales y denisovanos), y después con otras poblaciones humanas, consideradas modernas, pero que han desaparecido o extinguido. Son las que denominamos poblaciones humanas modernas "fantasma". Podemos detectar que han existido porque humanos de hoy día (o de hace 3.000 años) contenían en sus genomas fragmentos grandes de ADN que son muy diferentes del resto. Podemos decir que han vivido y han estado, que se han cruzado con nosotros y que, aunque no sabemos su nombre, su ADN nos acompaña y está vivo en algunos, pocos, de todos nosotros.

Nos podríamos preguntar, sin embargo, si realmente conocemos de verdad todo el genoma humano. Quiero decir, ¿esta secuencia de ADN que está en los bancos de datos y nos sirve para dar la medida de la variabilidad y diversidad humanas, es realmente representativa de lo que somos? Este es un tema muy interesante, y ya os puedo adelantar que la respuesta es NEGATIVA. De hecho, no sabemos ni podemos asegurar si tenemos en los bancos de datos todo el DNA que nos conforma como especie humana. Tenemos una, diez, unos pocos miles de secuencias de todo el genoma humano, pero estos genomas contienen básicamente la secuencia de personas de origen caucásico, unas pocas centenares de asiáticas y unas pocas más de personas africanas. Y lo que sabemos es que cuando incrementamos el análisis del genoma con el fin de incluir a individuos de ascendencia africana hemos detectado que hay regiones del genoma que no conocíamos. De los 3.300 millones de bases que consideramos que es el genoma humano, nos faltan, como mínimo, 296 millones de bases más. Por lo tanto, la secuencia pan-genoma (todo el genoma) africano contiene hasta un 10% más de ADN, ADN que es todavía casi desconocido, que contiene genes y secuencias nuevos, y sólo se encuentra en algunos humanos y no en otros. Probablemente, son restos de genoma de otras poblaciones humanas, que llevan ya tiempo extinguidas, pero parte de su genoma convive dentro de nosotros. Sin embargo, TODOS SOMOS HUMANOS... Lo cual lleva a una pregunta filosófica, ¿qué es lo que nos define como seres humanos? Lo que está claro es que todavía nos queda secuenciar muchos genomas humanos para leer, comparar e interpretarlos. Para conocer todo lo que somos como especie, tendremos que profundizar en qué éramos, hace miles de años, en África.

Gemma Marfany
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