"¿Sabes que el estropajo con el que limpiamos los platos en la cocina está más sucio y contaminado de bacterias que la taza del váter de casa?"

¡Tachán! ¡Tachán! Este es el gran titular que consiguió un artículo científico (publicado este pasado agosto en Scientific Reports) en revistas de todo tipo de masa lectora, como Forbes, Time, The New York Times, New York Magazine, Huffington Post... haciéndose eco las unas de las otras; aunque yo diría que, en medio de la desconexión vacacional del mes de agosto, la gran mayoría de nosotros no fuimos conscientes de este despliegue mediático. Hoy, a raíz de este artículo, querría hacer tres consideraciones: sobre el impacto de esta noticia, sobre el artículo científico en el que se basa, y sobre la lección que podemos extraer, aplicable a muchos ámbitos.

Empezamos por el inicio, el impacto. ¿Realmente hay para tanto? ¿Por qué generó tanto alboroto? Aquí ahora introduciré mi opinión sobre ciencia y periodismo. Mi percepción como científica es que los avances científicos y tecnológicos fascinan y aburren a la sociedad en la que vivimos, a partes iguales. A veces detecto una cierta impaciencia, hay mucha prisa para que la ciencia dé soluciones a los problemas que nos afectan: tenemos que curar el cáncer, la enfermedad del Alzheimer y las enfermedades raras; tenemos que encontrar una energía barata y sostenible que nos permita a todos vivir mejor; tenemos que evitar el envejecimiento y vivir 150 años; tenemos que tener casas, coches y ciudades inteligentes que se adapten a nuestras necesidades, incluso antes de que las tengamos, y todo se tiene que hacer ahora mismo o mañana a mucho estirar... rápido, rápido, rápido, o el interés —supuestamente fluctuante y lábil del lector— decaerá. Si, además, la noticia afecta a nuestro día a día y se le puede poner algún titular extravagante, mejor que mejor, de aquí algunos titulares en los diarios que no son realistas ni reales, pero que llaman la atención e incrementan las expectativas de quien lo lee, para después acabar defraudando un poco. Eso hace que muchos lectores se desencanten y pasen de largo de la sección de ciencia, que cada vez se hace más escasa y puede acabar en una sección cajón de sastre llamada "Vida, cultura, sociedad", o algo similar. Cierto es que muy pocos periodistas tienen formación en ciencia, y cuesta mucho explicar de forma comprensible aquello que no entiendes del todo. También es cierto que es más fácil generar un titular que profundizar en lo que dice un artículo científico, y eso quiere decir que la mayoría de veces la interpretación que se nos da no es del todo correcta, como ahora pasa en este artículo.

Hay que desinfectar los estropajos, mármoles y utensilios de cocina para limitar la contaminación de bacterias

Vamos ahora a por el artículo e intentemos entenderlo con un cierto sentido crítico. Es verdad que nuestros estropajos están llenos de bacterias. Desde hace tiempo, muchos microbiólogos analizan el ambiente más próximo a los humanos e intentan determinar si hay bacterias y de qué tipo, qué proporción de cada especie hay, cuál es la probabilidad de que surja algún caso de enfermedad... No hace falta decirlo, las cocinas de nuestra casa han atraído la atención de varios grupos de científicos. Los autores del estudio que hoy mencionamos pidieron ayuda a dieciséis familias (voluntarias, todas procedentes de la misma ciudad alemana) con el fin de recortar un trocito de estropajo de su casa con el fin de analizar el contenido bacteriano. No entraremos ahora en cuántas clases y familias de bacterias identifican, sino en sus conclusiones generales, a las cuales hay que prestar atención. Básicamente, los estropajos nuevos no contienen bacterias (es bueno saber que no vienen contaminados de trinca), mientras que todos los estropajos de cocina usados contienen un buen porcentaje de bacterias vivas que podrían llegar a generar, en ciertas condiciones, infecciones bacterianas. La diversidad bacteriana es mayor que la que se obtiene de la microbiota (microorganismos que viven en un lugar determinado) de nuestro intestino. Hasta aquí bien, porque lo que realmente es importante no es tanto la diversidad, sino la proporción y el número. Hay que dar cifras, pero los autores sólo determinan los diferentes tipos de bacterias que encuentran, sin especificar cómo los cuantifican y este es un punto importante. No es lo mismo encontrar una o dos Salmonella entre millones de otras bacterias, que si lo que encuentran es que Salmonella supone una carga bacteriana importante. Es decir, no es suficiente determinar la presencia de una bacteria patógena que puede causar una enfermedad, sino que hay que definir el riesgo potencial que la enfermedad se llegue a producir.

Seguimos. Además del trocito de estropajo, los voluntarios tenían que responder una encuesta sobre sus hábitos higiénicos, como cada cuánto cambiaban el estropajo y si lo "saneaban". El gran alboroto del artículo se debe sobre todo al hecho de que los estropajos de las familias que decían que los "limpiaban" de vez en cuando también estaban llenos de bacterias, olían mal igual y, en algún caso, estaban enriquecidos en bacterias potencialmente más peligrosas con respecto a los estropajos de quien no los limpiaban nunca. Pero claro está, eso de científico tiene poco, porque con 16 respuestas de una encuesta (sin ningún tipo de control) no puedes evaluar el nivel de "saneamiento" real de los estropajos, sobre todo teniendo en cuenta que en este artículo "sanear" es subjetivo y sólo implica algún tipo de limpieza, como poner un día el estropajo en el microondas (¡no lo habría pensado nunca!) o sumergirlo en jabón, el cual, como se sabe, disuelve grasas y proteínas, pero no esteriliza (de hecho, el jabón mezclado con grasas y proteínas puede, según cómo, convertirse en un magnífico caldo de cultivo bacteriano). He ahí el quid de la cuestión. Preguntamos a cualquier microbiólogo y nos dirá que no es lo mismo esterilizar que "sanear", igual que no es lo mismo beber agua estéril que agua potable. Pues bien, una de las conclusiones secundarias del artículo es que hay que cambiar los estropajos cada semana para evitar este crecimiento bacteriano insospechado. Los fabricantes alemanes de estropajos estarán contentos.

Hace falta leer mucho y pensar mucho para saber interpretar la información y tener criterio propio

Mi madre es ya mayor y de la vieja escuela, de las personas a quienes se les instiló que la limpieza y la higiene son fundamentales para la salud humana y evitar infecciones. No ha leído nunca ningún artículo científico, pero cada día desinfecta los estropajos y las bayetas de la cocina con unas gotas de lejía. Desde pequeña puedo decir que nunca los estropajos de casa han hecho mal olor, y siempre se han aprovechado hasta que, de tan usados, han dejado de fregar. ¿Quizás habría que pensar en "desinfectar" en lugar de "limpiar"? Sea como sea, el mensaje científico más importante e interesante del artículo es la gran variedad de tipos bacterianos que se pueden encontrar en los ambientes domésticos, mientras que el énfasis mediático se ha fijado en una parte anecdótica de los resultados, basada en una encuesta muy poco contrastada y, por lo tanto, sin mucha validez desde el punto de vista científico. Ya hay microbiólogos que han levantado la voz para contextualizar estas conclusiones, y dar explicaciones y consejos.

La tercera reflexión que querría hacer es, ¿durante cuánto tiempo oiremos decir que los estropajos de cocina están más sucios que la taza del váter? Aunque no sea cierto, y que se publiquen muchos otros artículos matizándolo, este tipo de conclusión tan sugerente y "chillona" queda grabada en la memoria social, y ya veréis como irá saliendo en los momentos más inesperados, con más o menos fortuna. Puede pasar como con el infame artículo que relacionaba la vacunación con un incremento de casos de autismo, totalmente falso e infundado, pero con un mensaje acientífico que sigue calando en algunas personas (de las vacunas, sin embargo, hablaremos otro día). Al fin y al cabo, para tener una opinión razonable y razonada, para mostrar entendimiento, lo que realmente hace falta es tener criterio, es decir, comprender la información que recibimos y saberla interpretar. Es evidente que hay que leer para saber. Si no leemos no incorporaremos nuevos mensajes, no nos interrogaremos sobre lo que es nuevo. Leer, ¡claro que sí! Pero también hay que pensar, y mucho. Leamos y pensemos.

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