Cada vez que oigo o leo por los medios de comunicación que, si algo bueno nos ha dejado la pandemia, es que hemos descubierto el teletrabajo, se me ponen los pelos de punta. Se me cae el alma al suelo cuando la gente comenta alegremente que las empresas han descubierto el teletrabajo como la gran solución para el futuro de las actividades laborales. Parece que el teletrabajo es el gran invento de este siglo, y que todo el mundo disfruta tantísimo ir todo el día en pantuflas y chándal. Claro está que muchos de los que lo defienden con tanto convencimiento son periodistas y tertulianos (muchos de los cuales ya trabajan normalmente muchas horas en casa), o empresas "muy modernas" que ven con buenos ojos que no haya ningún límite claro entre la vida profesional y personal. Ahora, telemáticamente, trabajamos buena parte del día, como antes, pero es peor, porque todo el mundo sabe que estás en casa y puedes responder a los mensajes de forma inmediata.

Yo lo siento mucho, pero mis sentimientos se sitúan claramente en las antípodas de este sentimiento de bienestar colectivo. Pienso que para un docente o para un investigador experimental, el teletrabajo es un invento del diablo. Yo no había trabajado nunca tantas horas, ni me había sentido jamás tan poco productiva respecto de la enorme cantidad de tiempo que dedico. La verdad es que la mayoría de nosotros no estamos preparados para el teletrabajo docente, ni para dirigir un grupo de investigación a teledistancia. Ya me gustaría tener poderes telequinésicos, y mover las pipetas en el laboratorio con gran precisión desde la distancia, sin embargo, desgraciadamente, no tengo este superpoder. De hecho, la investigación experimental no se puede llevar a cabo con teletrabajo, y los que nos dedicamos a ella, hemos ido trampeando intentando escribir todo aquello que nunca tenemos tiempo de escribir, y pidiendo financiación, porque ya vemos que vienen malos tiempos para la investigación. Pero el trabajo de laboratorio, tardará en arrancar.

Las teleconferencias son un rollo. Perdonad, pero alguien lo tenía que decir. Lo que normalmente sería una charla de 10 minutos, ahora tarda una hora. A quien no le funciona el micro, no le funcionan los auriculares, o no le va la cámara. Tardas un montón a que todo el mundo se conecte al programa (hay un montón de programas diferentes), y cuando menos te lo esperas, suena el timbre, los vecinos hacen obras, el hijo pequeño quiere jugar con tus perneras del pijama y te pide que le hagas caso, el perro ladra y yo me quedo con la sensación de que me pierdo algo, porque las expresiones de la cara no son las mismas que en la corta distancia y no puedo comprender del todo cómo se siente la gente con la que trabajo. Me falta profundidad y contexto, mi comunicación con ellos es limitada, porque eso de hablar en una pantalla en negro (todo el mundo ha apagado la cámara porque la banda del wifi no permite imagen y sonido) y con decalaje de respuesta (hasta que no conectan el micro de nuevo), hace que no fluya la comunicación verbal, por no decir nada de la no verbal.

Dar clases en estas circunstancias es bastante penoso, aunque muchos docentes se han adaptado muy rápidamente y han aprovechado admirablemente los nuevos recursos. Graban vídeos que pueden colgar en el campus y los alumnos les pueden visualizar múltiples veces. Quizás se controla mejor el ritmo de la clase, como las intervenciones de los alumnos, pero pierdes aquel calor humano que tanta falta nos hace a todos. No puedes saber si lo que explicas llega a los alumnos, no puedes leerles la cara, los gestos, ni los ojos. Hablas delante de una pantalla vacía esperando que tu mensaje, confiando en el éter, llegue a los cerebros de tus estudiantes. La presencialidad, tan menospreciada por algunos, nos da contacto humano. Los humanos somos animales gregarios y necesitamos tocarnos, hablar, encontrarnos, mirarnos a los ojos, leer todas las pequeñas sutilezas del lenguaje corporal, que la distancia corta. Echo de menos (y creo que los alumnos todavía más), los comentarios al oído entre ellos, las conversaciones de pasillo, sentarse en el césped a holgazanear mientras esperas para volver a clase... Estudiar en la universidad tendría que ser el periodo de la vida donde maduras las ideas críticamente. Tener a los compañeros al lado te hace sentir que formas parte de un grupo con intereses afines, y no hay que decir que las mejores ideas surgen cuando las personas estamos interaccionando. Mirad cómo todas estas grandes empresas de la innovación (Google, Apple...) se esfuerzan en generar ambientes lúdicos donde la gente se reencuentra para hablar del todo y de la nada, porque saben que así se fomenta la creatividad, y el bienestar personal. A distancia y con teletrabajo, perdemos este factor de contacto humano que tan necesario nos es. Por no decir nada de los exámenes no presenciales, donde están los dos extremos más temidos por un profesor: o un examen en que todos los alumnos pueden copiar de apuntes o pasarse las respuestas vía mensajes de móvil entre amigos, o un examen de extrema dificultad que acaba frustrando al alumno. Muchos profesores y, todavía más los estudiantes, añoramos la presencialidad.

Seguramente, muchos de vosotros tenéis hijos, y el confinamiento os ha mostrado que es incompatible tener a los hijos en casa y trabajar con una cierta capacidad de concentración. Está claro que el teletrabajo idílico es aquel en que puedes trabajar solo en casa y tienes todo lo que necesitas para concentrarte profundamente en la tarea que tienes que desarrollar pero, en mi experiencia, eso se convierte en una utopía. Me pueden llegar mensajes por correo electrónico de gestión, de docencia o de investigación en cualquier momento del día. No tengo una habitación para el teletrabajo (difícilmente con los pisos de hoy en día, la gente tiene un espacio de uso exclusivo) y ya no tengo límites estrictos de tiempo. Buscar sitio y rato de trabajo es casi una gincana. Creo que he trabajado en el comedor, en la cocina y en el baño, dependiendo del momento del día, y según las actividades que otros miembros de mi familia, también teletrabajando y teleestudiando, tenían programadas. ¡Si sólo tenéis un ordenador y lo tenéis que compartir, la pesadilla ya debe ser impresionante! ¡Y si, además, tenéis hijos en edad escolar que necesitan vuestra ayuda para ir implementando y solucionando las tareas que los piden a sus profesores, creo que os merecéis todos un monumento! Me juego un café que muchos teletrabajáis por las noches, cuando todo el mundo duerme.

Al final, pienso que el teletrabajo puede ser una solución para algunos, no lo niego, pero para la gran mayoría de nosotros no es una buena opción, a menos que viváis solos y la interacción con otros compañeros de trabajo sea limitada en el tiempo y la intensidad. Para la gran mayoría de gente que conozco, trabajar telemáticamente es una pesadilla de la que queremos salir. Como me dijo un colega mío, exasperado (sic): "¿Teletrabajo? ¡Trabajo a destajo!".

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Marta Roqueta
Opinión Un relato propio Marta Roqueta