Estoy en un grupo de whatsapp que se llama "Grupo cole" y otro que se llama "Cena niñas". No os parecerá nada extraño porque seguro que vosotros también estáis en muchos grupos de whatsapp, de todo tipo y condiciones, en que os une un contexto común, la familia, el trabajo, los padres y madres de la escuela... Lo que hace a estos dos grupos diferentes de otros es que sólo son grupos de mujeres y, de vez en cuando, quedamos para cenar y charlar.

Ya no somos niñas ni tampoco chicas, pero con las primeras, somos amigas desde que fuimos juntas al instituto, y con las otras, desde que nos conocimos cuando teníamos 20 años y pico. Casi todas somos licenciadas universitarias y quizás no tendría que extrañar mucho, vistas las circunstancias de la época. En los años sesenta, cuando nacimos, muy pocas mujeres adultas tenían una profesión y, todavía menos, estudios universitarios. Sin hablarlo pero de forma implícita, todas nosotras teníamos clara una cuestión: nuestro objetivo era ser independientes económicamente. No queríamos ser "amas de casa", la profesión (muy digna pero sin remuneración ni seguridad económica) de nuestras madres. Todas soñábamos con trabajar y tener un buen futuro profesional, y eso quería decir estudiar, prepararse para el mercado laboral y optar a un puesto de trabajo. Ya había pasado el Mayo del 68 hacía tiempo y el movimiento feminista nos parecía superado. Jóvenes como éramos, creíamos que ya se habían conseguido muchos de los objetivos de igualdad de las mujeres, y que la situación en que nos encontrábamos, con pocas mujeres profesionales (y no muy bien remuneradas), era por falta de estudios y oportunidades, no un problema sistémico de nuestra sociedad.

En ningún momento recuerdo que, por el solo hecho de ser mujeres pensáramos que fuéramos más o menos capaces de conseguir un trabajo o de llegar donde nos lo propusiéramos. Nunca dudamos, como debió haber pasado con las mujeres de la edad de nuestras madres y abuelas, si por el hecho de ser mujeres no nos dejarían entrar en la Universidad, o si éramos lo bastante válidas o lo bastante listas para estudiar ciertas carreras, o lo bastante preparadas para tener un trabajo. Jóvenes y atrevidas, tal como éramos, sabíamos que valíamos para luchar por nuestros sueños. Nada era gratis, pero el mundo era nuestro, sólo hacía falta tener objetivos claros y ponerse de lo lindo para alcanzarlos. Bastantes años más tarde, miro atrás y sonrío. ¡Qué inocentes que éramos! Evidentemente que la vida no es tan fácil, ni los sueños se alcanzan sólo a golpe de esfuerzo ni de valía personal. También puedo decir ahora sin sonrojarme que por el solo hecho de ser mujer hay más dificultades en el camino.

¡Qué inocentes que éramos! Evidentemente que la vida no es tan fácil, ni los sueños se alcanzan sólo a golpe de esfuerzo y de valía personal

Aunque haga tiempo que no nos vemos, nuestras cenas son siempre casi terapéuticas, siempre hay aquel calor interno que nos une y no cuentan las diferencias del presente. Nos reunimos para reír, charlar, explicar nuestras ideas y problemas y, por unas horas, volver a sentirnos jóvenes y atrevidas. Como si todavía lleváramos cola de caballo, aquellos jerséis enormes que habíamos cogido de nuestros hermanos mayores, las botas camperas, los ojos brillantes y la carpeta con apuntes. Tal como éramos, soñando con un futuro. Pasados los 50 años, todas nosotras tenemos trabajo y, diría más, consideramos que somos buenas profesionales y llevamos a cabo tareas de responsabilidad. Ninguna de nosotras lo ha tenido nada fácil, pero no hemos desfallecido. Hemos puesto más horas que un reloj y algunas nos hemos tenido que reinventar, personalmente y profesionalmente. La mayoría de nosotros tenemos hijos y, como muchísimas mujeres trabajadoras, intentamos hacer juegos malabares continuamente con nuestra vida y nuestras circunstancias, intentando mantener un equilibrio inestable que cualquier día se puede ir a pique. Hemos tenido que renunciar a muchos de nuestros sueños, pero nunca hemos renunciado a nuestra proyección como personas. Incluso, medio en broma y muy en serio, hemos sufrido la idea de "super-woman", el complejo que hemos sufrido las mujeres de nuestra generación, que creíamos que todo era posible: tener un trabajo, una familia, llegar a todas partes y triunfar en todo. Creo que no diría ninguna mentira si manifiesto que los hombres de nuestra generación nunca han vivido bajo esta presión continua, ni han tenido esta sensación de tener un listón muy alto en el cual no se puede llegar por mucho que te esfuerces.

El hecho es que, además, escogí estudiar una carrera de ciencias. Aunque hay algunas disciplinas, como la física o las ingenierías, en que la proporción de estudiantes mujeres no es muy alta, lo cierto es que en las licenciaturas de ciencias biológicas hay muchas más mujeres que hombres. También muchas de las licenciadas quieren dedicarse a la investigación científica y optan por hacer un doctorado. Sin embargo, en torno a los 30 años, muchas mujeres doctoras se preguntan si quieren continuar el camino establecido, coger carretera y manta, e irse con un contrato o beca temporal como post-doc, normalmente a un laboratorio del extranjero. Si tienen pareja, no siempre la pareja es del mundo científico y no hay opción de irse juntos. A veces, hay que tomar decisiones duras, dónde ir y cómo ir, y aquí se invierte el porcentaje de mujeres con respecto al de hombres que continúan. No os confundáis, soy científica de profesión por elección, y este es un trabajo que me ha dado y me da muchísimas satisfacciones personales, pero la presión para la excelencia científica nunca afloja. Se tiene que conseguir financiación para la investigación, alcanzar nuestros objetivos, y publicar nuestros resultados en revistas de primer cuartil y, si puede ser, del primer decil. Y como hay pocos recursos y pocos lugares de trabajo (en la Universidad, la situación es dramática, no hay manera de que la gente joven y formada pueda tener buenos puestos de trabajo), la competencia es irracionalmente feroz. Resulta, entonces, que las mujeres se encuentran con que, la época de mayor rendimiento personal científico, cuando tienes que incrementar el currículum, producir y tener nuevas ideas, coincide plenamente con la etapa reproductiva. Y hay que decidir qué priorizas. Muchas mujeres posponen la maternidad, otras renuncian, porque la carrera científica es muy exigente y pide mucho tiempo y energías. A modo de ejemplo, yo estoy en un departamento universitario donde hay bastantes mujeres en posición fija. La media de hijos por mujer es menor a un hijo, bastante menos que en otras profesiones.

Creemos estar en una sociedad igualitaria, en que hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades, pero hay muchos techos de cristal para las mujeres, algunos sociales y otros personales

¿Cómo se puede compatibilizar este conocimiento científico, estos esfuerzos y estos recursos humanos con tener vida familiar? Jugando a juegos malabares, escogiendo y priorizando. Y la situación no ha mejorado; de hecho, creo que ha empeorado. De las pocas chicas que estudiamos juntas y escogimos ser científicas, casi todas nos hemos acabado colocando en la universidad o en centros de investigación, pero de las que tienen entre 20 y 10 años menos, muchas han abandonado la investigación de primera línea mientras que sus parejas no lo han hecho. Sus elecciones pueden implicar trabajar en un grupo de investigación como segundas al mando o, directamente, dedicarse a la gestión de proyectos de investigación, de científicas a administrativas. O buscar un trabajo que no tenga nada que ver con la ciencia. Evidentemente, con menos sueldo y menos proyección profesional. Elección muy dura e injusta, porque los hombres en general no se encuentran en la misma disyuntiva de elección. Y así, en las posiciones fijas, titulares y catedráticos de universidad, el porcentaje de mujeres es muy escaso. Y eso que creemos estar en una sociedad igualitaria, en la que hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades, pero hay muchos techos de cristal para las mujeres, algunos sociales y otros personales. Quizás es hora de que, igual que las feministas antes que nosotras defendían la libertad de elección de vida y la igualdad de oportunidades para las mujeres, las mujeres de ahora defendamos la igualdad en responsabilidades y deberes necesaria para una verdadera igualdad.

Porque si una cosa tengo clara es que tenemos que seguir luchando. Que todas las niñas y chicas tienen que poder estudiar y trabajar, y que cada una de nosotras tenemos que poder optar al trabajo para el cual estamos preparadas, sin renuncias impuestas. Tenemos que seguir luchando por nuestros sueños, con los ojos brillantes y la cabeza alta. Tal como éramos. Tal como seremos.

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