El maestro cantor es el título de uno de los libros que más me han gustado del escritor Orson Scott Card, después de El juego de Ender. En esta historia de ciencia-ficción se nos explica como en un imperio galáctico, algunos niños son seleccionados, separados de sus familias y entrenados para ser cantantes, hasta que uno de ellos se convierte en Pájaro-cantor, una persona con una voz prodigiosa que, sólo con su voz, tiene el poder de modificar los sentimientos de la gente que la escucha; puede transmitir paz y tranquilidad, o ira y desesperación; con sólo su canto y a voluntad, puede inducir al amor o al suicidio. El libro es largo, pero a mí me enganchó desde la primera página. No es difícil de imaginar que hay una brizna de realidad en este poder prodigioso de la voz humana y la música. ¿Quién no se ha emocionado y le han saltado las lágrimas escuchando ciertas arias de ópera? ¿Quién no ha osentido la imperiosa necesidad de ponerse a bailar o moverse rítmicamente escuchando ciertas canciones? La música es un lenguaje universal de la especie humana, dicen, pero ¿lo es realmente? Hay trabajos recientes, publicados en la revista Science, sobre el estudio psicológico de la música que no sólo indican que la música es universal en todas las sociedades humanas, sino que se usan canciones similares para contextos similares.

La búsqueda de la universalidad de la música no ha tenido una historia fácil. A inicios del siglo XX se propuso que existían unos patrones básicos del lenguaje musical. De hecho, en Berlín, se fundó la Escuela de Musicología Comparada, en la que se grababan con fonógrafos piezas musicales de culturas muy diferentes con el intento de buscar diferencias y similitudes en la obra musical de varias sociedades humanas. Con el advenimiento del III Reich y el nazismo, la escuela cerró y esta investigación fue abandonada porque la mayoría de sus estudiosos eran judíos y huyeron. De hecho, a mediados de los años 70, esta idea que presupone unos principios musicales básicos compartidos por todas las etnias humanas era considerada retrógrada, puesta la existencia de la gran diversidad de culturas musicales. En más, de forma torpe, los conceptos de similitud y disimilitud en la música de diferentes culturas se habían utilizado como argumentos para proponer que las manifestaciones musicales de algunas regiones del mundo era supuestamente "de mayor calidad" y "superior" con respecto a las otras zonas etnogeográficas. De hecho, si se pregunta a los musicólogos qué opinan sobre posibles patrones musicales universales, en general, son escépticos. Sin embargo, la mayoría de humanos por todo el mundo, escuchando por primera vez una pieza musical, puede decir si nos transmite un sentimiento de tristeza o de alegría, o nos inspira miedo, por lo que sí que parece que habría alguna base común y compartida, al menos en el ámbito emocional.

Para inferir patrones y cuando existe tanta diversidad para estudiar, lo que hace falta es un análisis metódico y exhaustivo. Unos investigadores han utilizado la ciencia de grandes datos y utilizando algoritmos matemáticos para analizar un gran número de piezas musicales como etnias muy diversas demuestran que sí que existen patrones compartidos entre las músicas generadas por todo el mundo. Para centrar su investigación, han analizado música vocal, es decir, canciones con letra y cantos con la voz (que tiene unos registros y límites físicos y biológicos concretos, y así han eliminado la variabilidad añadida por la tecnología instrumental). El corpus de canciones que han analizado tiene registros antropológicos y musicológicos recogidos durante más de un siglo, procedentes de más de 315 sociedades indígenas y etnogeográficas de todo el mundo. Para empezar, se demuestra que la música está presente en el 100% de las sociedades analizadas (y por extensión, podríamos decir que la música es una actividad común a todas las sociedades humanas). Después, los investigadores seleccionan piezas musicales de 60 sociedades diferentes, canciones de las cuales tienen las transcripciones de las letras, de forma que buscan de forma automatizada las palabras que se usan y cuál es el mensaje y el contexto en que son cantadas. Después de un análisis esmerado, finalmente, escogen cuatro situaciones que son compartidas para todos los humanos y en todas las sociedades, y en las cuales los humanos cantamos: estudian las canciones de cuna, las canciones de amor, las canciones para cuidar y las canciones para bailar.

El uso de herramientas computacionales para analizar una multitud de datos culturales, que se caracterizan por presentar una gran complejidad y riqueza de matices, nos permite inferir patrones comunes compartidos por todos los humanos

Y entonces, los investigadores hacen un experimento masivo de ciencia ciudadana: dejan escuchar las canciones a 29.357 personas, la mayoría de los cuales no son musicólogos (recordemos, además, que escuchan las canciones por primera vez y en lenguas que no entienden), de forma que tienen que clasificarlas en una de estas cuatro categorías. Sorprendentemente (o quizás no tan sorprendentemente), los humanos sabemos reconocer el tono, la cadencia y el acento, y no nos equivocamos al asignar las canciones, aunque sean de culturas remotas, a una de estas categorías. En particular, reconocemos perfectamente las canciones para bailar y no las confundimos con las canciones de cuna (cerca del 60% de la gente sabe distinguirlas sin error). Las canciones de amor y las utilizadas para cuidar se pueden confundir un poco más (en torno al 40% de acierto), pero igualmente la mayoría de las veces las asignamos correctamente, muy por encima del 25% que se obtendría si la gente respondiéramos al azar. Además, es interesante destacar que este análisis musical encuentra patrones comunes a las canciones que hacemos los humanos de varias culturas y orígenes: las canciones son armónicas y trabajan dentro de una misma tonalidad o tonalidades, y con respecto a las complejidades de melodía y ritmo, combinan monotonía e innovación de forma similar y equilibrada. De hecho, la diversidad musical generada dentro de cada cultura es más elevada que la diversidad entre varias culturas etnogeográficas diferentes. Si os interesa, los datos y materiales son accesibles, e incluso, podéis conectaros para escuchar las canciones y "jugar" a interpretarlas.

Los autores concluyen que el uso de herramientas computacionales para analizar una multitud de datos culturales, que se caracterizan por presentar una gran complejidad y riqueza de matices, nos permite inferir patrones comunes compartidos por todos los humanos, lo cual, os lo tengo que decir, como genetista tiene mucho sentido biológico. Es evidente que los humanos compartimos apremios sensoriales y neurológicos que determinan qué nos gusta o desagrada, y que nos permite transmitir emociones y conocimientos de una forma inequívoca, independientemente de la comprensión del lenguaje oral. Así, concluyen que la música es ciertamente universal, y las canciones que creamos tienen características acústicas similares en todas las culturas y sociedades humanas. Los humanos percibimos e interpretamos correctamente el mensaje musical tanto en el ámbito emocional como el motor (el ritmo y el baile son también comunes). La música que hacemos los humanos, además, comparte tonalidades, relaciones armónicas, melódicas y rítmicas.

La duda que me queda a mí, dentro de la ciencia-ficción, es si la música sería igualmente universal y transmitiría los mismos sentimientos en organismos inteligentes alienígenas con los cuales no compartiríamos ni los mismos orígenes evolutivos ni los mismos apremios biológicos. Me atrevería a decir que no.

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Gemma Marfany
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