Ha llegado el fin de semana y, como siempre, hago una composición de lugar. ¿Cómo ha ido mi semana? Todo depende de las expectativas, está claro. Miro la lista de cosas que tenía que hacer y las comparo con las que realmente he hecho. Y como tantos fines de semana me doy cuenta de que no he llegado a hacer ni la mitad de la mitad de cosas que tenía apuntadas en la agenda. ¡Qué desastre! Y eso que tengo una agenda bien ordenada, me lo apunto todo y sé con antelación lo que tengo que hacer. No es que no haya trabajado, de hecho, la lista de cuestiones que me han ocupado el tiempo, es tanto o más larga que la tenía sobre la mesa. La cuestión es que mientras estoy haciendo una tarea, me llegan nuevas cuestiones que me piden atención urgente, y entonces, todo aquello que es prioritario pero sin la etiqueta de urgente, pasa a segundo plano y mis planes perfectos se van al garete. Llego a casa y la situación tampoco es mejor. El fregadero del baño pierde agua desde hace días, gota a gota, y hace un pequeño charco en el suelo. Cuando me acuerdo de que se tiene que reparar es de noche, demasiado tarde para llamar al fontanero si no es una urgencia, y cuando puedo llamar, se me va de la cabeza porque tengo otras diez mil cosas por hacer.

La verdad es que mi análisis de la situación de cara a la semana que viene no es mucho más favorable. Ahora la lista es más larga porque tendré que meter todo lo que no he podido hacer: las fechas límite se acercan inexorablemente, los proyectos se tienen que pedir y justificar, los mensajes que tengo que enviar se me acumulan, y todas las pequeñas y grandes cuestiones de intendencia continúan en el mismo lugar, esperando a que me ponga en serio. Y yo me pregunto, ¿sólo me pasa a mí? Me gustaría creer que este es un mal más general, sería un consuelo saber que es normal que para aquellos que trabajamos en trabajos de una cierta responsabilidad, el día a día se nos va haciendo cada vez más complejo. ¿Pero cuál es la verdadera fuente de esta "complejidad" añadida?

He llegado a la conclusión de que uno de los problemas es tener el móvil cerca. Igual que les pasa a la gente joven, que llevan el móvil todo el día encima, estar permanentemente pendiente de quién te llama o te envía mensajes por WhatsApp te saca una cantidad de tiempo inconmensurable. A todas las horas del día la gente te envía fotos, vídeos, imágenes y mensajes. El "cataclinc cataclinc" del sonido de un nuevo mensaje invade nuestra vida y sin querer, vamos sacando la mirada de aquello que estamos haciendo y miramos la pantalla. Nunca me habría imaginado que puedan coexistir tantos "chats" en paralelo que, además, te acaban enviando las mismas imágenes una y otra vez. Hemos llegado al extremo de que por la calle caminamos pegados a una pantalla, y más de uno y más de dos, han tropezado y caído por no mirar hacia adelante. Así que he decidido que mientras trabajo, sobre todo si necesito un mínimo de concentración, no hay Whatsapp. Sólo de vez en cuando lo miro, no sea caso que haya alguna urgencia en mi familia, tengo hijos jóvenes que parece que sólo sepan comunicarse por Whatsapp, así que hay que estar al tanto. Pero ahora he llegado a la conclusión de que tengo que ser más expeditiva y dejar el móvil de lado más rato. Tengo como propósito conseguir mirarlo sólo a horas prefijadas. Creo que lo conseguiré.

Todo el mundo envía mensajes a tutti pleni, y como todos estamos permanentemente conectados, esperamos respuesta de otros con una inmediatez que puede llegar a ser estresante

Otro problema grave para mi falta de efectividad es dejar la puerta abierta del pasillo. Toda puerta abierta es tentadora, sobre todo en un departamento tan grande como el mío, donde circulan muchos estudiantes, repartidores, agentes comerciales... Si van perdidos y no saben dónde llamar, la puerta abierta les permite preguntar y reorientarse. También dejas que todos tus compañeros te saluden y vayan comentando la jugada... Claro está que puedo cerrar la puerta, pero no os penséis que sea muy buena solución, porque entonces te encuentras también el buzón lleno de mensajes pidiéndote una cita, a veces por cuestiones que son peccata minuta, y entonces acabo con la agenda repleta de reuniones cortas que te van rompiendo la fluidez de todo el día, sin ningún rato para trabajar de forma seguida. Así que en este punto, todavía no tengo clara cuál es la mejor alternativa.

Y me he dejado para lo último este maravilloso invento que es el correo electrónico. Yo todavía recuerdo cuando sólo había unos pocos ordenadores con conexión a internet en toda la facultad. Como casi nadie tenía dirección de correo electrónico, no recibías casi ninguno, siempre había ordenadores libres. ¡Un paraíso! Ahora es impensable vivir sin correo electrónico. Todo el mundo envía mensajes a tutti pleni, y como todos estamos permanentemente conectados, esperamos respuesta de otros con una inmediatez que puede llegar a ser estresante. Recibo del orden de 50 a 100 mensajes al día, de los cuales la mitad son propaganda, pero los otros hace falta leerlos y responderlos. Reuniones convocadas para el mismo día, alumnos que tienen dudas, recordatorios de proyectos que se tienen que enviar para pedir financiación, colegas que piden alguna información... Recibir mensajes de forma continua me desbarata, porque no sabes nunca cuáles son realmente urgentes y tienes que emplear un rato a ver qué te piden y qué quieres hacer. He llegado a la conclusión que leer y responder correos electrónicos a todas horas pide una parte irracional de mi tiempo. Y si decides no abrir el buzón durante un rato, después te das cuenta de que has perdido algún tren porque llegas demasiado tarde a la reunión urgente, o se te han pasado varias fechas límite de las cuales no eras ni consciente. ¿Es eso tan grave? Quizás sí.

Dicen que hacer un buen análisis de la situación forma parte de la solución. He llegado a la conclusión de que si me propongo seriamente cumplir objetivos y ser capaz de acabar todas las cuestiones de mi lista alguna semana, lo que tengo que hacer es desconectarme de todo. Quizás entonces tendré tiempo para llamar y que me arreglen el fregadero, que todavía me hace un pequeño charco en el suelo del baño. Y ahora va en serio, ¿no os apetece mucho hacer un día sabático de tanta conexión? Yo me apunto.

¿Te ha parecido interesante este artículo? Para seguir garantizando una información comprometida, valiente y rigurosa, necesitamos tu apoyo. Nuestra independencia también depende de ti.
Suscríbete a ElNacional.cat
El DNA de Sheldon Cooper
Opinión El DNA de Sheldon Cooper Gemma Marfany
El clan del oso cavernario
Opinión El clan del oso cavernario Gemma Marfany