Hay épocas en la vida en que coincide que mucha gente de nuestro alrededor se despide. No me refiero a la muerte, sino al alejamiento o a la ruptura de un statu quo. Está claro que en la vida pasamos épocas en las que gente nueva entra en nuestro entorno inmediato y la conocida se va. Cuando somos jóvenes, nos marca mucho el colegio y el instituto; también son importantes las circunstancias familiares, como cuando nuestros padres cambian de domicilio o cuando se separan. Amigos que nos acompañan en todos los cursos hasta el final, amigos que sólo están de paso. Seguro que todos podemos recordar algunas de las caras y nombres de compañeros de clase que coincidieron en el tiempo, y con los cuales quizás compartimos buenos momentos, pero que se han fundido en una zona nebulosa a la que sólo volvemos con el recuerdo. Y así, nuestro panorama de amistades y conocidos es flexible y cambiante, sobre todo en las grandes ciudades, donde el anonimato de la elevada población hace que no te encuentres si no te buscas. Las despedidas cuando somos muy jóvenes suelen ser bruscas, porque muchas están programadas y aunque nos parezca que nunca nos olvidaremos de nadie, el impulso de la vida tiene más fuerza que el impulso del recuerdo.

A medida que vamos creciendo, nuestro círculo de conocidos se amplía y pierde límites y constricciones. Según nuestro carácter, tenemos círculos de amigos que quizás ni siquiera se conocen entre ellos. Círculo de amistad con los que practicamos un deporte o con los que compartimos una afición, círculo de amistades en la universidad, círculo de amistades y conocidos en el trabajo... Nos diversificamos en nuestros afectos y aprecios. Hay amistades para pasárselo bien y amistades para trabajar. Amistades para tener una relación profunda, otros que son pájaros que cruzan nuestro cielo sin dejar huella, y otros que son como pájaros migratorios que vuelven y se van con una cierta periodicidad. Ahora están y ahora no están. Si tenemos pareja, todavía ampliamos más nuestro círculo de conocidos, y podemos encontrarnos con círculos de conocidos con los cuales mantenemos una relación profesional y lejana, y otros con los que lo compartimos todo. Las despidas suelen ser de dos tipos: dramáticas, porque cuesta romper vínculos muy fuertes, o diluidas, cuando el sentimiento se desvanece dejando la estela de un avión en el cielo, que acaba fundiéndose con el tiempo.

Este tipo de sentimientos, de despedidas intensas, y con sentimiento de pérdida o de ganancia, pueden desestabilizar. Cuando por trabajo o estudios, cambias de lugar habitual en el que vives, haces nuevas amistades, alejadas de tu "yo", tu familia y amigos habituales. Los universitarios, cuando se van a estudiar a una nueva ciudad, o los científicos posdoctorales que van a otro país y hacen inmersión en otras culturas, encuentran nuevas amistades impensadas, que pueden ser muy profundas, porque se encuentran almas gemelas, desarraigadas de su mundo habitual. Como persona, todo está por hacer y todo por descubrir; dejas lo que la gente que te ha conocido siempre piensa de ti dentro de un armario y apareces con un "equipaje" personal ligero, donde te puedes reinventar y te pueden redescubrir. Es un proceso de elación y liberación, y al mismo tiempo de reto y compromiso. Puedes hacer amigos muy fuertes porque compartís situaciones similares de soledad y compañía, pero cuando llegan las despedidas, porque toda estancia en tránsito se acaba, la inversión emocional intensa pasa factura. Tengo una amiga con la que coincidimos mientras hacíamos la estancia posdoctoral en Oxford; los dos años que coincidimos, teníamos amigos comunes y hacíamos muchas cosas juntos. Ella se quedó más tiempo, primero sólo se trataba de alargarlo poco tiempo, e hizo nuevas amistades, pero las amistades que iba haciendo, volvían a sus países de origen al cabo de un año o de dos. Cuando nos reencontramos al cabo de unos años, me confesó que la inversión emocional era demasiado alta cada vez, y que la pena del adiós y la sensación de soledad, repetidas cíclicamente, una vez y otra y otra, la habían hecho recluirse y buscar amistades con las cuales no tenía que compartir tanta profundidad de sentimientos. Las despedidas cuando los sentimientos son profundos no son fáciles de gestionar.

Cuando tenemos hijos, los círculos de amistades y conocidos todavía se amplían más, y acabamos compartiendo muchos ratos con los padres de los amigos de nuestros hijos. Con un poco de suerte, los padres de sus amigos pueden ser tus amigos, pero también es probable que aquellas personas con las que compartes las esperas y los aplausos en los partidos de fútbol y baloncesto, los juegos florales, las obras de teatro de final de curso y las jornadas deportivas, aparezcan y desaparezcan de tu vida sin dejar mucha huella. Y las despedidas, que corren paralelos con el crecimiento de los hijos, nos dejan con un regusto agridulce de muchos momentos compartidos, que acabamos guardando dentro de los álbumes escolares.

Y poco a poco vamos haciendo camino, y vamos acumulando experiencias y vínculos. Los profesores tenemos alumnos diferentes cada año, algunos de los cuales nos dejan muy buen recuerdo, otros que pasan desapercibidos y difuminados en el grupo de la mayoría. Recuerdo que en mis primeros años memorizaba todos los nombres de mis alumnos, algunos de los cuales todavía tengo presentes e, incluso, han seguido trabajando en mi campo, por lo que podemos coincidir. Todos los estudiantes que han hecho la tesis doctoral conmigo o que han trabajado en mi laboratorio, de todos os podría decir cómo son. Me ejercité durante muchos días, quizás años, en reconocer en su rostro los signos de cansancio, de satisfacción cuando los experimentos salían, de maravilla cuando una idea fantástica se surgía. Los he visto entornar la vista, sonreír y llorar. La complicidad que sientes es muy diferente, porque has compartido muchos momentos de gran intensidad. Pero también los momentos pasan, y ahora están y después abren las alas y vuelan lejos, allí donde los llevan sus deseos y objetivos vitales. Y en la separación te queda un regusto melancólico, de todo lo que fue y ya no es, momentos inenarrables de pura felicidad intelectual, que ya han pasado y quizás no volverán a ocurrir.

Hoy, es un día en que la gente de mi departamento celebramos más despedidas. Dos profesoras y científicas que ya han pasado la barrera de los 70 años y se jubilan definitivamente. ¡Jubilación y celebración (como dicen los anglosajones)! Ahora podrán perseguir sus nuevos objetivos e intentar realizar todos y cada uno de esos propósitos enumerados en una lista muy larga de "cosas que hacer cuando me jubile"... Quienes iremos somos gente que nos hemos cruzado en su camino unos pocos años, o unos muchos años. Hoy despedimos a unas amigas que han compartido nuestro camino en los buenos y malos momentos. Que han sido profesoras y mentoras de muchos de nosotros, que nos han enseñado a hacer ciencia con dignidad, integridad y honestidad. Con cada una de ellas he vivido momentos especiales que no hay que explicar, pero me permitiréis que las honre como personas excepcionales en el día de su despedida. Seguro que todos vosotros podéis pensar en alguien especial que os ha acompañado en los momentos más importantes de vuestras vidas, personales o profesionales. Por suerte, en este caso, sé que este adiós no es definitivo, sino que el impacto que han tenido en mi vida es ya indeleble. Lo que me han enseñado forma parte integral de lo que soy ahora, una parte de la que no puedo ni quiero despedir. Más que una despedida, será una bienvenida.

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