Una de las manifestaciones más insidiosas del fascismo es la que devalúa la vida cotidiana. La que no solamente banaliza el mal, sino que altera el funcionamiento neuronal. La que convierte la arbitrariedad en el único intérprete válido de los hechos, sin tener en cuenta ni el daño que se hace a las personas, ni en cómo se vulneran sus derechos. La que permite que las filtraciones interesadas sean el pan nuestro de cada día de los medios, y se nos den a leer, como exquisita golosina, las conversaciones privadas, obtenidas y publicitadas desde las cloacas. Creo que el fascismo rampante alimenta los instintos de subterráneo, desmenuza la convivencia en democracia y aplica, siempre que conviene, el derecho penal del enemigo que anticipa el castigo. Se nutre de sentencias desproporcionadas y flexibiliza las garantías penales (como la prisión preventiva). Juzga como delitos acciones que ya no lo son, que los tiempos han desdibujado y sobrepasado. Pero el discurso sesgado de la prepotencia ayuda a que los autoritarios se descaren, saquen a pasear su soberbia y acaparen titulares: ya no les hace falta la protección de las sombras.

Para ser ahora el más prepotente de los prepotentes, no puedo dejar de ver con ojos de aquí las últimas gracias de Trump. Le es imposible, psíquica y somáticamente, reconocer la derrota, y para mantenerse en el poder también politiza los tribunales y judicializa la política. Encuentro demasiados puntos de contacto con la rueda de noria habitual de PP y afines de recogida de firmas y recursos judiciales. Y también se parecen los incondicionales de Trump a los grupos de presión estatales (que demasiado a menudo llevan el apellido de "católicos") y que quieren coartar libertad e igualdad reclamando en su nombre sus manías del pasado, y prostituyendo los conceptos. Ejemplo: en nombre de la libertad de enseñanza el PP ha empezado a recoger firmas contra la ley Celaá que, si tiene algún mérito, es que pretende sustituir la ley Wert emanada de una zarza en llamas. Como recordaba la escritora y periodista Rosa Maria Artal, (la ley Wert) "consagraba en uno de sus desarrollos un talibanismo católico que fue considerado cercano al creacionismo". Y así podía leerse en el BOE que "el alumno reconoce con asombro y se esfuerza por comprender el origen divino del cosmos"... (por no mencionar que si este alumno era catalán, por mor de la ley Wert, sería también "españolizado" para honra y gloria del imperio).

El fascismo rampante alimenta los instintos de subterráneo, desmenuza la convivencia en democracia y aplica, siempre que conviene, el derecho penal del enemigo que anticipa el castigo

Todos estos "retornos al futuro", por el bien de la humanidad, tienen que encontrar su tope y su límite. El talibanismo de Trump, por ejemplo, ha recibido un fuerte porrazo del juez Matthew Brann, republicano, del Tribunal de Distrito de los Estados Unidos en Pensilvania, que no ha aceptado desautorizar a casi siete millones de electores en nombre de una supuesta "igualdad" entre votantes. El artificio legal de Trump y su abogado Giuliani fue calificado por el juez Brann como "monstruo de Frankenstein". Pero Trump quiere ser el último taumaturgo. Quiere ser un presidente casi divino, con aureola de peluquería, dorado de rayos UVA, y superpoderes para atemorizar, extorsionar, manipular y tergiversar. Sin embargo, sus dones proféticos decepcionan, su "milagro" ha sido multiplicar no panes y peces, sino la Covid-19, de manera sesgada, aumentando las desigualdades en salud por código postal y seguro privado. Con la credibilidad relativa que se puede dar a las cifras oficiales, los Estados Unidos ganan a todos estados en cifras de contagios (hasta esta semana, 12 millones de infectados, y 255.000 muertes por el coronavirus).

Trump, hace meses, le había reconocido al periodista Bob Woodward (que junto con Carl Bernstein descubrió el escándalo del Watergate que hizo caer a Nixon) que la Covid-19 era mucho más letal que la gripe, pero en público lo negó. Y lo quisieron creer. Sus seguidores negacionistas, tierraplanistas y creacionistas, quizás confían en que si se caen enfermos, un helicóptero los transportará hasta el hospital militar Walter Reed, a 30 minutos de Washington, donde se alojó el presidente, y recibirán gratis et amore el mismo tratamiento experimental, un cóctel de anticuerpos carísimo, que lo hizo sentir "20 años más joven". De hecho, en un momento de incontinencia verbal, Trump se comprometió a pagar el tratamiento a quien le hiciera falta. Y eso en el país donde "sanidad pública" es sinónimo de bolchevismo.

Con ideas similares se manifiestan grupos ultras cada fin de semana en Europa y en todo el Estado. No es solamente una manera de negar una enfermedad. Es una forma de contaminar con otra: el fascismo al cual se le niega el nombre. El nuevo Frankestein en vena.

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