Es verdad que el panorama político de Pedro Sánchez no hay por dónde cogerlo. También lo es que los casos de presunta corrupción cada vez lo acosan de más cerca. También lo es que cada vez le quedan menos aliados porque la mayoría le pide que avance las elecciones. Y también lo es que las previsiones de las encuestas para cuando sea que se hagan estos comicios —tocan a mediados de 2027— son nefastas para el PSOE. Todo ello hace que la situación sea insostenible. Pero, aun así, hay cosas que parecen estar podridas, y no precisamente en Dinamarca, como inmortalizó William Shakespeare en su Hamlet.
Las noticias surgidas sobre los extraños negocios y trapicheos de José Luis Rodríguez Zapatero, el caso de las joyas aparecidas como por arte de magia incluido, o sobre las actividades aparentemente poco honorables de la exmilitante Leire Díez para tratar de obtener favores a fin de frenar las investigaciones en contra del partido, no hacen más que estrechar el círculo a su alrededor. Sin embargo, hay cuestiones que no acaban de cuadrar. Una de las que más llama la atención ha sido el enésimo informe de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil en relación con Leire Díez, en el que se confirma que las iniciales P.S. aparecidas en anotaciones hechas por la exmilitante del PSOE corresponden de manera inequívoca a Pedro Sánchez. Sorprende la perspicacia con la que en este caso ha podido certificar que P.S. es Pedro Sánchez y no, por ejemplo, Pascual Serrano, Pablo Suárez, Patricio Soto o Plácido Santana y que, en cambio, en su momento fuera incapaz de determinar quién era M. Rajoy.
Se ve que era muy difícil establecer que M. Rajoy era Mariano Rajoy, el entonces líder del PP, inmerso en la guerra sucia, por un lado, contra el tesorero de su propio partido y, por el otro, contra el independentismo catalán. En ambos casos nadie duda de que los señalados sean, efectivamente, Pedro Sánchez y Mariano Rajoy. No hace falta que lo diga la UCO. Todo el mundo sabe que, gobierne el uno o gobierne el otro, las cloacas del Estado funcionan siempre a buen ritmo, no descansan nunca, y esta vez le ha tocado pagar el pato al líder del PSOE. Porque, más allá del desenlace que acaben teniendo en los juzgados las diferentes causas de presunta corrupción que hay abiertas e incluso en el supuesto de que no hubiera habido ninguna condena, el mal ya está hecho. Pedro Sánchez puede ir insistiendo tanto como quiera en que agotará la legislatura, pero al precio de salir absolutamente derrotado desde la óptica política en un final de etapa que le resulta especialmente agónico.
De hecho, por mucho que él se empeñe, la legislatura no da para más. Los socios decisivos —JxCat y PNV— le han girado la espalda y en esta situación lo único que puede hacer es esperar a que el tiempo pase hasta que llegue el día de convocar elecciones, que es una potestad exclusivamente suya, y de ahí que se aferre a ella para poder decir que, a pesar de todo, ha acabado el mandato. Y es que es una obviedad que el líder del PSOE ha sido objeto de una campaña sistemática e implacable de acoso y derribo desde que, tras ser descabezado de la dirección del partido por la vieja guardia, consiguió, contra todo pronóstico, recuperarla y llegar, también contra todo pronóstico, a la Moncloa. Eso no quita, sin embargo, que a su alrededor se hayan producido conductas sospechosas, que es lo que pesa sobre el exministro de Transportes José Luis Ábalos y el exsecretario de organización del PSOE Santos Cerdán, que habían sido personas de su máxima confianza; sobre el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, que es uno de sus principales valedores, o sobre la exmilitante Leire Díez. Por no hablar del entorno familiar: con una causa abierta y juicio a la vista contra su mujer, Begoña Gómez, y otra que hay en marcha contra su hermano David.
La lealtad de Salvador Illa hacia Pedro Sánchez es incondicional e irreductible
La incógnita es si él estaba al corriente de todo ello o si, como sostiene, solo pasaba por allí y no tiene nada que ver. Salvador Illa, el actual president de la Generalitat, está tan convencido de su inocencia que afirma que pone la mano en el fuego por él. Que vaya con cuidado, en todo caso, porque, por un lado, el PSC sale en los papeles acusatorios contra el PSOE y, por el otro, siempre ha llamado la atención que quien precisamente era el ministro de Sanidad durante la pandemia de la covid no haya tenido nunca nada que ver con el caso de la compra fraudulenta de mascarillas, que sí afecta, por ejemplo, a José Luis Ábalos, condenado justamente ayer por el Tribunal Supremo. Es, cuando menos, extraño. Además, podría tomar patrón de Artur Mas, que en relación con el caso del expolio del Palau de la Música había reiterado tantas veces como había sido necesario que ponía la mano en el fuego por Daniel Osàcar, extesorero de CDC, y al final se la quemó porque, a pesar de ser cierto que fue el chivo expiatorio, acabó condenado. No se podrá negar, sea como sea, que la lealtad de Salvador Illa hacia Pedro Sánchez es incondicional e irreductible.
Debe ser el único apoyo interno que le queda, porque, al margen de quienes están explícitamente en su contra, encabezados por el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, el resto de barones parece que estén esperando para hacer astillas del árbol caído. Es un apoyo, aun así, poco consistente, porque el líder del PSC también se encuentra en el punto de mira, aunque solo sea de manera indirecta, por las sospechas en torno a tres posibles escándalos: la campaña electoral del partido de 2024, la previsión de cobro de comisiones del 3% si se hubiera construido el macroproyecto del Hard Rock en Tarragona y la contratación, por parte del Govern que preside, de la empresa china Huawei para el despliegue de redes de telecomunicaciones en Catalunya. Haría bien el president de la Generalitat, pues, en preocuparse por los problemas de su negociado, que no son pocos, porque al descontento de los maestros y de los médicos ahora hay que añadir el de los bomberos. El oficio de político no basta con defenderlo de palabra, como hace él, hacen falta hechos.
Un president de la Generalitat, que, para colmo, no se preocupa de la gente de su país sencillamente porque tiene una ideología diferente, puede tener muy buena sintonía con Pedro Sánchez, pero no es digno del cargo que ocupa. Es lo que ha sucedido con los cantaires que fueron expulsados de la Sagrada Família durante la visita del papa León XIV a Barcelona porque querían cantar el himno de Catalunya, Els segadors, por los que no solo no ha movido ni un dedo, sino que ha dejado vía libre al Gobierno para que los vilipendiara, los escarneciera y los despreciara. Con todo ello, la agonía del líder del PSOE promete ser larga, porque en ningún caso dará la razón a quienes le piden que se vaya ni permitirá que se salgan con la suya, que es lo que pasaría si optase por adelantar las elecciones. Por eso parece que hay Pedro Sánchez para rato, aunque por primera vez empiezan a oírse voces que, si no puede aprobar el presupuesto del Estado de este 2026, no le quedará más remedio que poner las urnas antes de lo previsto. La excusa perfecta por si finalmente le hace falta hacerlo.
La conclusión es que, en esta situación de dirigente político moribundo que se encuentra en las últimas de prácticamente todo, el desgaste que acumule será, además de agónico, irreversible. Y lo que tiene que vigilar Salvador Illa es que, con tan buen entendimiento como tienen, no se lo lleve a él también por delante.