Justo todavía con la resaca del 8M, es como que nadie tiene ganas de hablar de feminismo. Sí, esto del feminismo es tan cansado como cuando tu madre te recordaba que tenías que ordenarte la habitación. Que ya lo sabes, pero ahora no te apetece, sobre todo si no tienes ganas —en el caso del feminismo— de luchar por las nuevas generaciones. Dice mucho de aquellas que son tan feministas que no les hace falta serlo, para hacerse la rara avis y quedar bien con los machos que están saturados. Por suerte, en las Davantaleres, la sororidad y la lucha por las nuevas generaciones están servidas. Mujeres de distintas generaciones que nos unimos para cocinar, que nos ponemos el delantal que dejamos hace tiempo para triunfar en nuestras carreras. Ada Parellada logra lo que nadie: conciliar a las mujeres más importantes de la cultura catalana, como una Glòria Serra o una Helena Rakòsnik, con Agnès Marquès o Marta Romagosa, antes de ir a trabajar. Actrices, cantantes, investigadoras, enólogas, presentadoras, escritoras, directivas. Gracias al Semproniana y a su equipo por hacer que este acto sea siempre más animado y lo cojamos con tantas ganas. Un sueño para las mujeres del vino que hayamos podido maridarnos con estas mujeres que se ponen el delantal, porque mientras cocinan, hablan de las cosas importantes de la vida. Sabiendo que las cosas más importantes no son cosas.

La semana pasada, presenté por sexta vez la séptima edición de la primera feria de enoturismo, FINE. Y es que es verdad que durante años el relato del vino se ha escrito, sobre todo, en masculino: grandes enólogos, catadores expertos, coleccionistas y consumidores que hablaban de cosas tan interesadamente olvidables como la fermentación maloláctica. Pero el propio turismo del vino está cambiando la manera tradicional de explicar el vino. Según el estudio "Wine Tourism as a Strategic Tool in Destination Development", del profesor Gergely Szolnoki, de la Universidad de Geisenheim (Alemania), el 53% de los consumidores de enoturismo en el mundo son mujeres. El dato no es anecdótico: revela un cambio profundo en la forma de entender el vino. La consultora Carmen Bengoechea —vinculada al museo del vino Vivanco— recuerda que el enoturismo se ha convertido en una herramienta clave para revitalizar el medio rural. Pero para construir un destino enoturístico no basta con tener viñedos y bodegas: hay que construir un relato. Y esta historia (que no story de Instagram) es el material con el que se construye la experiencia turística.

Una de las primeras ideas que subrayan los expertos es que el consumidor de vino no es necesariamente el mismo que el enoturista. El consumidor tradicional a menudo busca conocimiento técnico, clasificaciones o prestigio. El enoturista, en cambio, busca experiencia: paisaje, gastronomía, cultura, emoción y, sobre todo, historia. Por ello, que las mujeres sean mayoría en el enoturismo no sorprende tanto. Los datos muestran que las actividades culturales y gastronómicas atraen más público femenino, mientras que las experiencias más técnicas, prémium o de aventura, continúan teniendo un público mayoritariamente masculino. La presencia femenina también varía según el grado de madurez del mercado. En mercados emergentes, el consumidor de vino suele ser mayoritariamente masculino. En cambio, en mercados consolidados, el enoturismo se diversifica y el perfil de visitante se equilibra. En Norteamérica, el peso del consumidor experto hace que el público continúe siendo mayoritariamente masculino. En Asia, en cambio, en muchos destinos prémium el público es mayoritariamente femenino, ya que el vino se asocia a menudo a estatus, lujo y experiencias gourmet. En Sudamérica, los perfiles son más mixtos y transversales, como dice el estudio de la Universidad de Sevilla. El turismo como respuesta a la caída del consumo es una gran posibilidad del sector.

Para construir un destino enoturístico no basta con tener viñedos y bodegas: hay que construir un relato

El turismo del vino ha dejado de ser solo una visita a una bodega con cata final. Hoy incluye experiencias que hace unos años habrían parecido improbables: yoga frente a un mar de viñedos, carreras entre viñas, rutas en bicicleta entre bodegas o actividades de bienestar y naturaleza. "La bodega debe ser un contenedor de experiencias", nos dice Antonio Lombardía, presidente de la DO Ribeira Sacra. También debe buscar alianzas naturales con la gastronomía y el aceite. El oleoturismo y la gastronomía son compañeros naturales de viaje del vino. Como explica Hernán Tejera, del Clúster de Enoturismo de Canarias, se trata de capítulos distintos de un mismo libro. No es ninguna novedad que muchas bodegas incorporen restaurantes gastronómicos. La bodega Arzuaga, por ejemplo, es un caso emblemático. Otras apuestas pasan por la colaboración con el mundo del diseño, como hace Donnafugata con Dolce & Gabbana. Al final, todo se resume en una idea: tener buen gusto. Para Almudena Alberca, Master of Wine y directora académica de la Fundación Escuela Internacional de Cocina de Valladolid, el reto del sector es entender que el vino ya no se comunica solo a través del producto, sino también a través de la experiencia global. Y dar un paso más allá al incluir detalles que cuentan mucho, como por ejemplo poder viajar con tu mascota. Después de la pandemia, muchas escapadas enoturísticas han incorporado propuestas pet friendly que encajan perfectamente con el turismo rural. Durante la COVID-19, cuando muchos bromeaban con los paseos permitidos con el perro, el turismo rural y el enoturismo se convirtieron en una de las grandes escapatorias. No solo ayudaron a desestacionalizar el turismo, sino que también abrieron una ventana internacional para muchos territorios vitivinícolas.

El experto estadounidense Paul Wagner suele decir que, para muchos visitantes, la visita a la bodega es el precio que tienen que pagar para beber el vino. Hoy, el wine bar en el exterior de muchas bodegas ya es una realidad. La visita es la experiencia que crea el vínculo emocional con el vino. Y en este nuevo relato, las mujeres no solo participan como visitantes mayoritarias, sino también como narradoras, prescriptoras y protagonistas. Si el vino forma parte de nuestra historia, el enoturismo es la manera contemporánea de explicarla. Y cada vez este brindis es más femenino.