A partir del sábado hemos vuelto a la situación anterior al 29 de marzo. Vuelven a abrir empresas que lo podían hacer cuando se declaró el estado de alarma el 14 de marzo. El panorama urbano de calles desiertas y comercios y oficinas cerrados continuará; teletrabajo con los chiquillos en casa sin escuela presencial y paseando al perro, quien tenga. No es, como algunos han creído, el fin del confinamiento. Confinamiento que está previsto que se vuelva a prolongar después de Sant Jordi, como mínimo hasta el 9 de mayo.

La reducción de muertes y contagios parece consecuencia del confinamiento restrictivo, salvo los listos que se han burlado los controles y se han instalado en sus segundas residencias. Si la decisión de aliviar y volver a la fase anterior es acertada o no, lo empezaremos a saber la semana del veinte de abril. Constataremos si la curva famosa rota hacia la base, se mantiene o repunta. Tiempo, pues, habrá para hacer reproches desde la bilis más reconcentrada o autoalabanzas ególatras. Sabremos si se ha puesto la vida por encima de todo, es decir, si el ternero de oro nos sigue presidiendo.

Los políticos de uno y otro bando sacarán pecho y se prepararán de forma expresa o más sutil hacia unas elecciones anticipadas que den el golpe de gracia —término de raigambre inequívocamente democrático, ¿no?— a los contrarios. De momento, van perdiendo los que proclaman —algunos ya con experiencia consolidada después de la Guerra de Irak y del 11-M—, mentiras en abundancia. Son unos antiguos, aunque tengan pinta, algunos, modernos, de hipsters incluso.

En su mundo, en el mundo que creen que por derecho les pertenece, la mentira siempre ha sido vehículo de comunicación. Ahora, con pedantería tecnocrática y amplificada por las redes con las fake news se frotaban las manos: si siempre hemos ido con la mentira como bandera y el engaño es nuestra patria, pensaban, ahora, en iempos de redes sociales, seremos los dueños, no habrá muro que pueda contener nuestra inventiva fraudulenta para conseguir o mantenernos en el poder.

Pero la fatalidad, a veces, es la puerta del progreso. La fatalidadpara los fake makers ha sido el nacimiento de los new checkers, los verificadores. La verificación de las afirmaciones —a menudo ni de noticias se pueden llegar a calificar— es llevada a cabo al mismo terreno que las mentiras y con herramientas similares: las mismas redes. De un tiempo a esta parte, cada vez son más los medios tradicionales, que, emulando los digitales, tienen su apartado de checking, de verificación. Ahora las mentiras pueden durar segons. Sólo hay que tener una cuenta en una red social, ir a los buscadores de frases, imágenes, documentos... y desmontar la patada a la inteligencia para ver que la pretensión del ingenioso portavoz de la nada o es falso o es contradictorio con lo que los suyos o las instituciones donde gobiernan hacen o han hecho.

Dos muestras bien recientes. El jueves tuvo lugar en el Congreso de los Diputados el debate sobre la segunda prórroga del estado de alarma. Populares y satélites dijeron de todo al gobierno central, pero muy especialmente que no había hecho nada, en contraste con la actividad de control y proposición de leyes de los que se llaman oposición. Pues bien, al día siguiente Eldiario.es publicaba un trabajo titulado “PP y Vox: 107 iniciativas en el Pleno del Congreso entre enero y el 10 de marzo, y ninguna sobre el coronavirus”. Cero interés por el coronavirus; sobre Venezuela, en cambio, unas cuantas proposiciones. Este fue su interés.

Los mismos alterantes de la realidad cargaron contra el gobierno central por haber autorizado la manifestación del 8-M. Primero, las manifestaciones no están sometidas a autorización gubernativa; esta rama del constitucionalismo irredento lo tendría que saber. El partido que da apoyo al PP para que gobierne, haciendo la coalición que todo el mundo conoce como trifachito, dio un mitin por la mañana del día 8. ¿Se podía prohibir? Obviamente, no, ya que no había nada que prohibir; nuevamente hay que haber leído la Constitución. Seguro que sus protestas no radican en el hecho de que la manifestación del 8-M fuera feminista. Seguro que no.

Pero también los que así gritan olvidan lo que hacen. Quien anatematizaba a la Moncloa con los males del infierno por haber permitido los actos del 8-M (¿los espectáculos festivos y deportivos no?) no leyó la directiva de la Directora de Salud Pública de la Comunidad de Madrid, donde manifiesta, entre otras cosas: “ Con el conocimiento actual, sabemos que las personas infectadas que no han desarrollado sintomatología relacionada por la infección NO transmiten la enfermedad. Por tanto, en este momento, sólo se recomienda la adopción de medidas especiales en algunos ámbitos, como los centros sanitarios, con el objetivo de reforzar la protección de los profesionales sanitarios”. Su lectura los deja a la altura de quien ya solo puede crecer hacia el subsuelo.

Se dice que las mentiras tienen las patas cortas. Sobre todo, cuando el mentiroso queda desenmascarado. En efecto, en esta era tan líquida en que en lugar de argumentos y datos los políticos se enredan en ocurrencias de vía estrecha, sus mentiras no tienen mucho recorrido.

Eso no quiere decir que, desbrozado el camino de la mala hierba del engaño a diestro y siniestro, no haga falta llevar a cabo un crítica, quizás incluso feroz, de los rosarios de errores de los gobiernos y de sus vacilaciones —peores que los errores es la falta de certezas y de seguridad— de los gobiernos de aquí y de allí, error y dudas mezcladas con ideología patriotera o demagogia. Pero habrá ocasión de hablar. Pero una cosa son las mentiras que crean una realidad alternativa y otra la censura con hechos y argumentos. La segunda es política. La primera es pura miseria.