Fachas todos, nazis de Alemania, fascistas de Italia, falangistas de España. Fachas de Almería y de Málaga, caralsoles de Granada, joseantonianos de Madrid, carcas de Burgos, ultras de Murcia y Salamanca, nacionalsindicalistas de León, franquistas de Santander, reaccionarios de Badajoz, asesinos de pájaros cantores, de los más indefenso y débiles, camisas pardas, negras, azules, yugos y flechas color de la sangre, esvásticas humanas, podredumbre xenófoba de cada sociedad asustada, crueldad desmedida, odio vivo sobre los disidentes, los diferentes, los librepensadores, los independientes, los insurrectos, sobre los demás. Kukluxklanes de América, hitlerianos de Argentina, Chile, Paraguay, pétainistes de Francia, ultrarreligiosos islámicos, cristianos y judíos, hipernacionalistas valones, húngaros, griegos y turcos. Racistas todos, machistas todos hasta el ridículo completo, fachas todos, sois la prueba viviente de que la mejor educación no sirve para nada, como demostraron algunos eruditos oficiales de las SS, que el furor destructor de Atila puede nacer, a cada instante , en el pecho de cualquier fracasado como una flor venenosa. Que aunque Jean-Jacques Rousseau lo niegue, para tranquilizarse, Thomas Hobbes tiene razón, el hombre es un lobo para el hombre. Un desgraciado que en cualquier momento de serio aprieto puede reventarte la cabeza, ciudadano confiado, bienintencionado. La afirmación es del general George Patton: “si no estás alerta un maldito hijo de la gran puta alemán se deslizará hasta tu posición para reventarte el cerebro con un maldito calcetín lleno de mierda”. El estilo no es de los mejores, de acuerdo, pero la sentencia es exacta. Cuando habla de alemanes todos sabemos, en realidad, de lo que está hablando.

De la frustración del socialismo y del comunismo europeos nace esta ola de descontento generalizado que da tantos votos a la ultraderecha. El ejemplo de la Francia de hoy es significativo para entender el curioso fenómeno, donde estaban los feudos electorales del Partido Socialista Francés y, sobre todo, del Partido Comunista, desde hace décadas pertenecen a la Concentración Nacional —Rassemblement National, antes Frente nacional—, el partido de Marine Le Pen, un partido racista, homófobo y ultranacionalista, imperialista. Después de años y más años de políticas supuestamente redistributivas, después de numerosísimos gobiernos de izquierdas, progresistas y dialogantes, tras votar a políticos cínicos y mentirosos que se presentaban ante la sociedad como los mejores porque eran modernos, progresistas y moderados, como los mejores amigos de los pobres, como los profesionales de la bondad, después de mil y un políticos como Manuel Valls, como Felipe González, como Narcís Serra, después de tanta y tanta gauche caviar, he aquí que todo el mundo se ha dado cuenta de que todos se han convertido milagrosamente en ricos, que algunos, incluso, son miembros de los mismos consejos de administración de las grandes empresas que emplean a los antiguos políticos de la derecha. Todo el mundo se ha dado cuenta de que la clase media europea no deja de ser cada día más pobre y castigada, más expoliada y amordazada, después de tanto eurocomunismo y de tanta socialdemocracia guays, el fracaso de la izquierda guapa y encantada de haberse conocido, es completo. Y ha dejado tras de sí la peor herencia, una rabia palpitante, una frustración colosales, una actitud a la contra que explica, por ejemplo, la vergonzosa victoria de Donald Trump sobre la señora Clinton, que explica los votos nihilistas cada día más numerosos, partidarios de reventarlo todo, partidarios de la venganza política que ofrecen los partidos fachas. El voto de la ira en favor de los fachas es naturalmente un voto pasional, de electores traicionados, desesperados, que están hartos de las palabras bonitas de los políticos oportunistas que habían prometido una sociedad mejor. Es el voto de los cornudos. Sólo el independentismo catalán es un fenómeno político de masas que se mantiene al margen. Lo afirman todos los principales medios de comunicación del planeta. Sí, efectivamente, los mismos medios que están alarmados por el aumento electoral de la ultraderecha española, a diferencia de todos los medios de comunicación del Madrid de hoy, cada día más ultranacionalista y trastornado, que ve como el Estado se cae a trozos.

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Jordi Galves
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