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Cristopher Nolan lo ha vuelto a hacer: utilizar una historia de aventuras para hacer una reflexión filosófica de calado, atemporal. Si enalteció el mensaje sobre la lucha entre el bien y el mal que anida en el cómic de Batman y profundizó en el multiverso y sus efectos sobre las relaciones personales en Interestelar, ahora Odisea no es solo un repaso de las principales peripecias del héroe supérstite de la batalla de Troya para volver a casa; es, sobre todo, el sentido de ese viaje de retorno, una expiación de acciones suyas contraviniendo la ley de Zeus, la manera de otro tiempo para referirse a la ley natural.

Estamos ante una de las dos colosales epopeyas de Homero, nombre que no es más que el trasunto de todas las voces que sumaron sus catapodas a versos preexistentes, siempre elaborados con ese ritmo constante que permite, como en Mío Cid, la memorización por parte de quienes escuchan y su repetición a otros. Si la primera se apoya en un hecho histórico —la guerra que enfrentó a atenienses y troyanos bajo el pretexto de la disputa por Helena, mujer de Menelao y enamorada de Paris de Troya—, la segunda arranca de la derrota de esta, provocada gracias al artilugio fabricado por Ulises, Odiseo, para poder entrar traicioneramente en la ciudad y abrir la fortaleza a las tropas enemigas. Es por esa razón que, aunque, como también en la primera, el juego entre hombres y dioses, entre la libertad y el destino, juega un papel importante, es la Odisea el cauce para la meditación, el arrepentimiento y, antes que eso, incluso el olvido de los actos ilícitos.

¿Podemos imaginar en el tiempo presente alguna capacidad de expiación de sus actos contrarios a toda ley natural por parte de sus perpetradores constantes y descarados, gobernantes y exgobernantes de todo credo (supuesto) político?

La edad clásica, tanto en su etapa griega como en la posterior romana, enlazadas gracias a la fundación mítica de Alba Longa por Ascanio, hijo de Eneas, de la que luego una pequeña colonia, Roma, se convertirá en el centro del mundo conocido, documenta acciones vergonzantes por parte de sus más significados gobernantes. Las crónicas de César, la historia de Roma narrada por Tito Livio con un halago casi vergonzante de Octavio Augusto, los discursos de Cicerón, los debates en el anterior periodo de oro griego de Pericles, en todos ellos no se deja de admitir hasta qué punto el poder y la gloria pueden arrancar de malos actos y cómo quienes propugnan unos principios después se comportan de forma radicalmente opuesta. Odiseo, rey de Ítaca, también lo hizo. La Odisea, al menos la de Nolan, es una descripción del camino de regreso de Ulises, no tanto a su casa, sino a los principios que sustentaron su vida antes de Troya.

Aunque la historia de la aventura sin duda tiene su epicentro en la batalla final por recuperar a Penélope, el trasunto ético enlaza dos gestos: el tañido del arco de Ulises antes de cazar para advertir al animal del peligro y colocarse en igualdad de armas y el recuerdo traumático de los efectos de haber engañado a los troyanos cuando, sin advertencia previa, consiguió introducir el caballo en la ciudad. La masacre resultante le produce tal repugnancia que se sume en el olvido que simboliza Calipso, a pesar de los constantes mensajes de Atenea, diosa de la razón y del arte justo de la guerra. La expiación del retorno implica recordar que por el camino quedaron abandonados todos sus hombres, igual que en Troya fueron pisoteados los vencidos. Y todos esos hombres muertos, que reclaman como Antígona lo hizo por su hermano ante Creonte, cumplir el ritual de su dignificación en su viaje al Hades, le impiden quedarse y reinar después de volver. Y así, entronizado Telémaco, el niño-rey de tantos otros momentos de la historia, emprende junto a Penélope el viaje con el que recorrer toda la ruta de retorno, al estilo de lo que tuvieron que hacer Bilbo y Frodo Bolsón en la saga de Tolkien sobre la comunidad del anillo por el hecho de haber sido contaminados por el mal.

Y dicho todo esto, y obviando el debate simplón sobre un reparto en exceso cargado de estrellas, la pregunta que deberíamos hacernos es si podemos imaginar en el tiempo presente alguna capacidad de expiación de sus actos contrarios a toda ley natural por parte de sus perpetradores constantes y descarados, gobernantes y exgobernantes de todo credo (supuesto) político, titulares de potestades públicas de mayor o menor nivel. Y la triste respuesta es no, porque Odiseo es solo un símbolo mítico de una virtud a la que tender, siempre inalcanzable, tanto más cuanto más lejos se oye el eco de la ley de Zeus y más difícil se hace, por tanto, expiar la consumada traición.