¿Por qué os habéis hecho periodistas? Hay mil profesiones en las que podríais ganar mucho dinero... ¿Por qué no notarios? ¿O registradores de la propiedad? Y la respuesta: porque no queremos. Porque queremos ser periodistas. ¡Pero no nos dejan! Con estos sueldos... ¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué podemos esperar? La conversación entra por derroteros casi kantianos. La tuvimos el otro día en la redacción cuatro periodistas jóvenes, cuatro magníficos profesionales como muchos otros que trabajan y han trabajado en las mesas de El Nacional, y servidor, el veterano que deja el diario. Cuatro jóvenes con ganas que, como me pidió a mí mismo el editor y director, José Antich, cuando me trajo al proyecto, hace algo más de diez años, han salido a ganar, a jugar la noticia en primera división. Han salido con hambre de marcar goles y de llenar estadios; son Lamines que encienden el ordenador y se ponen a teclear cada día rodeados de mil y una pantallas que escupen impactos informativos sin descanso, como drones o misiles de una guerra de Trump o Putin, sin esperar ni pedir permiso para ser procesados, publicados y difundidos por el océano digital. “¡Un párrafo y tira! ¡Después amplías!”, grita la jefa de mesa u ordena por Teams o WhatsApp al redactor, en función de la urgencia de la alerta, la notificación, el tuit que esparce la noticia por las redes. El periodismo ha mutado; una noticia es un shot en un infierno de ráfagas virales. El periodismo ahora es otra cosa. Y, ciertamente, está jodido, les digo. Pero es desde las redacciones, no desde ChatGPT, desde donde saldrá la alternativa. Sois vosotros quienes tenéis que reinventar el periodismo. Tan convencido lo digo, que incluso a mí se me hace extraño.
Pero es verdad. Al periodismo le ha pasado un poco como a la filosofía, que, de aspirar a comprender y explicar el ser, la totalidad, el principio y el final de todas las cosas sirviéndose de la razón y el juicio crítico, quedó relegada a discurso sobre qué es ciencia y qué no lo es. De la misma manera, el volumen de información es tan inmenso y circula a una velocidad tan extrema que el periodismo se ha convertido en un mero separador de fakes, de bulos y pseudonoticias. El periodista se ha tenido que poner el traje del descontaminador nuclear en medio de la nube tóxica que rodea el flujo informativo. El periodista tiene tanto trabajo separando la mierda informativa de los hechos relevantes que a menudo olvida que su función es explicar lo que realmente pasa. Cuando el periodista se convierte en un mero policía de fakes, cuando la noticia pasa a ser la detección de la noticia falsa, del vídeo o la imagen falsa, en lugar de la noticia real, cuando la banalidad sustituye y opaca lo que realmente importa, la verdad pierde la batalla. Y cuando el valor de la verdad y la falsedad se equiparan en la balanza, la democracia flaquea y el totalitarismo avanza. La ciencia pasó por encima de la metafísica como una apisonadora y al periodismo le está pasando por encima el algoritmo. Le preguntaré a Grok. Ya no necesito ningún diario. Pero de la misma manera que en la era de la inteligencia artificial (oxímoron), somos incapaces de conseguir que un triste Rodalies llegue a la hora, sabemos que el fast food informativo de las redes trae demasiadas mentiras y medias verdades y pocas certezas.
Los países libres no se hacen sin un periodismo libre. No se hacen sin columnas libres. Sin empresas, editores y directores libres. Y periodistas libres
Los lectores de El Nacional han podido leer esta columna durante los últimos diez años; la habrán empezado y terminado, alguna vez o muchas veces, o habrán pasado de largo, simplemente porque no les gusta, porque el editorial o los artículos vecinos son ciertamente mejores o porque tenían mal día o mucho trabajo. O porque se han equivocado en la elección. Todo esto honra al autor, en todos los casos, porque leer o no una columna en un diario es una decisión libre. He ahí el vínculo compartido entre el lector y el autor. Con más o menos acierto, pero siempre con la intención de plantear otros ángulos de interpretación y análisis de lo que de verdad pasa, he pensado y escrito con libertad esta columna que se ha publicado durante más de 450 lunes.
Un diario es un contenedor de la historia que pasa. Y, a la vez, su reflejo. La historia no se deja atrapar fácilmente. Se escurre como el agua entre los dedos. Y sospecho que la historia acabará pasando, también, por encima de los diarios y los periodistas. Pero necesito pensar que, mientras haya periodistas que quieran ganar, y ganar bien, habrá diarios. Buenos diarios. Diarios decentes. Diarios que importan. En papel, en soporte digital o en lo que sea que venga. Lo haremos. Intentaremos que no nos pasen por encima en nombre de no sé quién o no sé qué. Queremos ser periodistas porque queremos ser libres. Los países libres no se hacen sin un periodismo libre. No se hacen sin columnas libres. Sin empresas, editores y directores libres. Y periodistas libres.
Gracias. Muchas gracias.