Un compañero me pide que reflexione sobre el momento del país, con mirada larga, filosófica, y le confieso la dificultad de hacerlo. Lo primero que se me ocurre preguntarme es de qué país hablamos. Le comento que en los años sesenta del siglo XX, en plena dictadura franquista, la gente que emigraba aquí para ganarse la vida sabía perfectamente dónde estaba, les gustara o no que los que ya estaban, los de aquí de siempre, hablaran catalán. Una lengua que no era la suya, el español, y a pesar de que estuviera prohibido hacerlo. La mayoría de aquellos inmigrantes no le debían nada al régimen, sino más bien lo contrario, por más que, hoy, una parte de sus nietos voten a Vox en Torre Baró, el barrio de El 47. El catalán, la lengua, la normalidad de hablarla de manera natural en medio de la anormalidad de la persecución, era el indicador más claro de dónde estaban, para aquellos recién llegados de Extremadura o de Andalucía. Por el contrario, en la conversación con el compañero, constatamos que no estamos seguros, nada seguros, de que el 26,1% de la actual población catalana, que, de acuerdo con la última cifra disponible del INE, ha nacido en el extranjero, sepa dónde está. Ahora, o algún día. La duda es, ciertamente inquietante: ¿sabe este 26,1% de la población de Catalunya que, efectivamente, está en Catalunya? ¿Que esto es Catalunya?
La catalana, incluso más que la europea occidental en su conjunto, es una sociedad que acumula fracturas. Superado el primer cuarto del siglo XXI, Catalunya ha dejado de ser una fábrica de hacer catalanes para convertirse en una productora de burbujas, de mónadas leibnizianas, de grupos de población, culturales y nacionales, que viven en universos impermeables, con imaginarios propios e intransferibles. A menudo, totalmente al margen de una idea mínima de los contornos lingüísticos, culturales y nacionales del país donde, literalmente, están. Es aquí donde están, no en Marraquech ni en Buenos Aires. No es cuestión de gustos o de libertad de mercado, sino de saber dónde estás y cómo quieres estar. O asumes que estás en Catalunya, y que Catalunya —te guste o no— no depende del concepto y el marcador “España” para ser reconocida o identificada como tal, es decir, no es Albacete o Logroño… o no lo asumes. No pasa absolutamente nada, como demuestra la regresión en el uso del catalán o las expresiones de catalanofobia de parte de los recién llegados que hablan español —o inglés—. En Catalunya hay una burbuja que sigue sí o sí TV3, Catalunya Ràdio y RAC1, El Nacional, o el Ara, y otra que se informa por TVE o Antena3; una tercera formada por una parte de las dos anteriores, que puede leer La Vanguardia o El Periódico y una cuarta y una quinta y una sexta… que desconoce o ignora la existencia de todos estos medios de referencia. Y que, como comentaba el compañero, es natural que, por ejemplo, muestre su estupor al llegar a la estación de Rodalies y darse cuenta de que todos los trenes estaban suspendidos. No consta que Al-Jazeera, el canal árabe más global; Al Aoula, La Primera de Marruecos; Caracol TV, de Colombia, o Ecuavisa, de Ecuador, todas ellas cadenas que sintonizan no ya por satélite sino por streaming buena parte de los magrebíes, pakistaníes y latinoamericanos de Catalunya, siguieran la última hora de la crisis de Rodalies a pesar de que muchos de ellos son usuarios habituales.
La Cataluña y el catalanismo de los últimos 50 años han producido tres grandes paradigmas nacionales o sociopolíticos: el pujolista (la Catalunya-nación), el maragalliano (que subsume el anterior en la Catalunya-ciudad), ambos partidarios de negociar el encaje y permanencia de Catalunya en España, y el processista, que propone pactar la salida, la independencia (la Catalunya-Estado). Los dos primeros paradigmas, el pujolista y el maragalliano, son modelos de autogestión del país y la cultura que lo identifica sin ruptura del statu quo español; el paradigma indepe era fruto del colapso de sus dos modelos precedentes y coetáneos. Ahora bien: los tres proyectos refrendaban, con acentos diferentes, la continuidad histórica, cultural y política del sujeto Catalunya. Ahora, el problema es que Catalunya ha crecido mucho, pero se ha hecho demasiado pequeña para gestionarse en medio de la ola global que ha traído al país 2 millones de personas de todo el planeta en poco más de 20 años. En estas condiciones, el sujeto Catalunya puede ser inviable como se ha entendido hasta ahora. De hecho, ni con un régimen de autogobierno reforzado dentro de España que detenga el drenaje fiscal, ni tampoco con una estructura estatal propia, es seguro que Catalunya no acabe pinchando como una burbuja de jabón. El problema de Catalunya —qué soy, qué seré— también lo tiene España. Como Francia o Alemania.
Ni el proceso independentista ni el contraproceso normalizador han producido un nuevo Estado ni un autogobierno real. Carles Puigdemont y Salvador Illa sufren, al fin y al cabo, el mismo mal: España.
Catalunya es un país de burbujas. Y no exactamente porque sea la patria del cava. La brutal crisis de Rodalies y de las infraestructuras en general después de años de desinversión y maltrato colonial, también la falta de mantenimiento de edificios y mobiliario urbano que obliga a parar todo el país cuando viene una ventolera fuerte, es un indicador de dónde estamos que también señala un qué somos agónico. El caos ferroviario ha hecho tambalear el paradigma de país normal planteado con la presidencia de Salvador Illa como alternativa al fracaso del procés e inhibidor del “ho tornarem a fer". Parece que la normalidad era/es un país en estado de shock permanente, ahora porque llueve, ahora porque hace viento. La ausencia del president de la primera línea, obligada por una larga baja médica, ha acentuado la percepción de crisis y vacío de liderazgo. Illa vuelve este lunes a su despacho a la Generalitat. No obstante, la sensación de que toda Catalunya es un Rodalies va más allá. Ni el procés independentista ni el contraprocés normalizador han producido un nuevo Estado ni un autogobierno real. Este juego de suma cero vuelve a evidenciar que los horizontes de Catalunya siempre tropiezan con la misma pared. Carles Puigdemont y Salvador Illa sufren, al fin y al cabo, el mismo mal: España. El uno, en forma de secuestro judicial; el otro, mental. España te pone el juez Llarena como te pone el secretario de Estado Santano. La sensación es que España es un maquinista de Renfe que nos deja tirados un día más. La sensación es que el único revulsivo del catalanismo es la persistencia de la catalanofobia. Y el colapso del país. Gritamos (todavía) pero el tren no avanza. ¿Qué paradigma, ahora? ¿Qué Catalunya? ¿La Cataluña catalana y nada más? ¿Y mañana? ¿La Cataluña española y punto y final? ¿O la Barcelona urbe latina? ¿Somos una nación? ¿O somos un Rodalies? Las sensaciones van por burbujas, como antes iba la procesión por barrios.