"Si acceptava a ulls clucs que l'antiga Mequinensa era, pel cap baix, el rovell de l'ou de la galàxia, el foraster intel·ligent s'hi trobava com a casa", decía Jesús Moncada en su Calaveres atònites. Así mismo, si asumimos, ya de entrada, que este artículo es incompleto y se habrá quedado corto, quizás sea todo más sencillo de digerir. El texto obituario es un pasear por caminos estrechos junto al precipicio, un desempozar sin medida para ver si aún queda agua en el fondo, cuando sabes a ciencia cierta que la fuente se ha secado. Hablar de alguien que ya no está, de alguien querido, de alguien tan inmenso que no sabrías por dónde empezar. De alguien como Zoraida Burgos.
Eres capaz de materializar los olores, esa fragancia que parece imposible de describir. Es leerte aún y abrir los orificios nasales y respirar la descripción viva, el aroma hecho palabra. La importancia de la memoria olfativa que tan magistralmente supiste evocar en tu obra literaria. Aquellos jazmines que siempre plantabas en busca del perfume de los veranos de infancia que pasabas en Extremadura, en el pueblo de tu padre, y que nunca lograste reproducir del todo con exactitud aquí, en tu amado Ebro natal. Quizás porque podemos volver al lugar y a los recuerdos pero no al cuándo. Y este cuándo de hoy ha terminado y, con él, tu voz sólida y amable que llegó a los casi 93 años. Quién te lo iba a decir cuando de niña te diagnosticaron un problema en el corazón y la fragilidad no te soltó desde entonces
'Agua' y 'tiempo' son las palabras que más aparecieron en tus libros. El agua del río, del mar, de los azules que te obsesionaban. El tiempo que pasa inexorablemente y que ahora se te ha llevado. Aquel que absolviste, por clemencia —qué remedio— en un poemario imprescindible. Quizás por eso te aficionaste a la restauración: muebles y cuadros que ganaban una segunda oportunidad. El paso del tiempo deja heridas, a las personas, a los edificios, al paisaje, a las obras de arte. Y tú, con tu poesía y la pasión por la restauración, les devolviste una brizna de aliento. Al día siguiente de jubilarte como bibliotecaria fuiste a inscribirte como alumna en la Escuela de Arte de Tortosa y te inventaste una nueva vida, una prórroga de casi treinta años, entre pinceles, gubias e hilos de oro, sin abandonar nunca la pluma y el compromiso.
Contigo, Zoraida, se va algo más que tu nombre. Aquellos intelectuales a caballo entre dos siglos han puesto el pie en tierra, descabalgan y nos dejan huérfanos, en el Ebro y en el país
De las más de dos décadas de amistad, me quedo con los seis años en que juntas preparamos tu biografía, publicada por Onada Edicions. Entre tus reticencias iniciales y mi agenda compleja hacíamos la broma de decir: "¡a ver si esto acabará siendo una obra póstuma!". Aquel libro, no. Este artículo, sí. Aquella biografía creada a cuatro manos pero con pianos diferentes se convierte en un tesoro maravilloso, un cofre de recuerdos imborrables, de paseos junto al río por tu huerto, de conversaciones, de meriendas, de correos electrónicos, de rutas con la furgoneta arriba y abajo. Como tus versos que nos atraviesan de arriba abajo. Tú, que decías que escribías, simplemente, porque no encontrabas moldes para trazar la belleza de un instante. Tú, que eras feliz sincerándote ante una hoja en blanco y quedándote boquiabierta ante una pintura.
En aquella época descubrí que te atreviste a escribir en catalán después de leer La pell de brau, de Espriu; que tu casa fue el camerino de Lluís Llach y Guillermina Motta a mediados de los años sesenta, en un concierto de la Nova Cançó en Tortosa, o que, a pesar de ser escritora, las palabras te estorbaban porque buscabas siempre la precisión: decir el máximo de cosas con el mínimo de palabras. Te encantaba la libertad de viajar, te obsesionaban las dunas y tenías unos amigos y compañeros de generación extraordinarios: Gerard Vergés, Jesús Massip, Ricard Salvat, Frederic Mauri, Roberto Escoda, Manuel Pérez Bonfill. Ya no queda nadie de aquella foto. Contigo se va algo más que tu nombre. Aquellos intelectuales a caballo de dos siglos han puesto el pie en tierra, descabalgan y nos dejan huérfanos. En el Ebro y en el país, que deberían poder ser la misma cosa.
Si cualquiera de ellos hubiera nacido más arriba del Coll de Balagué, quizás su obra o su fallecimiento habrían ocupado páginas de periódicos o minutos de informativos. Sea como fuere, Zoraida se ha marchado con timidez y discreción, como era ella. Nos queda su obra poética completa (Convivència d'aigües, La Breu Edicions) y el recuerdo de su caminar tranquilo y sabio. Como escribió Pérez Bonfill hace casi cincuenta años: "Zoraida, ya lo sabéis, es esa poetisa pequeña y bibliotecaria, inteligente y sensible, audaz y tímida a la vez, que nunca obtuvo una línea, al menos de cortesía, del oficial cultureta casero. ¡Dios les conserve la vista! Claro que era una mujer, escribía poesía, lo hacía en catalán y era de izquierdas [...] Cuando la poeta se acerca con sabiduría a su entorno, las manos se le llenan de dignidad, ética y estética, y el papel recauda esta dignidad y la articula".
