Tiene gracia ver como La Vanguardia, que vuelve a ser, con el permiso de TV3, el órgano por excelencia de rendición espiritual de Catalunya, se ensaña con la figura de Boris Johnson. Aún es hora que un analista catalán se pregunte por qué demonios los ingleses están dispuestos a correr el riesgo de perder Escocia o Irlanda del Norte para marcharse de Europa. 

La Vanguardia llevaba ayer un panfleto sobre la política de Londres que parecía sacado del sótano de la historia. Cuando España quiere someter a Catalunya, se caga instintivamente en los ingleses. La excusa puede ser la religión o el filibusterismo, o incluso la niebla, pero el motivo de fondo siempre es la rabia que provocan la libertad y la cultura.

Ricardo Corazón de León escribía en la lengua de nuestros poetas y la cuna de las libertades europeas son Inglaterra y Catalunya. No lo digo solo yo, el The New York Review of Books lo explica bien en una reseña de tres libros sobre la caída de Roma. Sin fragmentación política y parlamentos fuertes, Europa habría sido presa fácil de la potencia demográfica de los imperios orientales y nunca habría podido dominar el mundo.

Los periodistas de La Vanguardia, igual que El Periódico o TV3, saben que hacen el juego a la barbarie y proyectan su resentimiento contra los ingleses y contra los americanos, cuando se lo pueden permitir. Ya pasaba durante el franquismo y vuelve a pasar ahora. La existencia de Inglaterra y de los Estados Unidos da rabia a los palanganeros de Madrid porque les recuerda que, a pesar de sus discursos moralistas, solo son unos vendidos.

Aunque Johnson diga misa y La Vanguardia y sus medios afines hagan ver que se lo creen, el primer ministro sabe que si Escocia e Irlanda del Norte deciden romper el Reino Unido para permanecer en la Unión Europea no podrá hacer nada. Inglaterra cree que Europa pagará los platós rotos de la globalización y hace lo que puede para alejarse. Como todos los pueblos individualistas y pragmáticos, los ingleses prefieren trabajar para su futuro que cultivar la barriga y vivir de proclamas.

Bruselas hace un mal negocio insultando a Londres y dando protagonismo a Madrid —eso por no hablar de Barcelona. La existencia de la Gran Bretaña se alimenta de la victoria y la abundancia, mientras que España solo encuentra la estabilidad en la pobreza y la propaganda. A diferencia de Inglaterra, Castilla es la parte débil del territorio que gobierna y se aferra a la unidad de una nación inventada como un pobre a un trozo de pollo. 

La política inglesa no pasa su mejor momento, pero la única solución que España ha encontrado para subsistir ha sido la de convertir la democracia en un circo. El círculo se cerrará con la humillación pública de Rajoy, que es el presidente más sensato que el Estado ha tenido desde 1980. Mientras los diarios ridiculizan a Johnson, la Unión Europea se hispaniza en el peor sentido del término y Vox gana terreno en el desierto intelectual que los diarios y los partidos han promovido en los últimos años.

La propaganda de La Vanguardia y TV3 contra Inglaterra me recuerda que el anticatalanismo es una reacción instintiva del pueblo castellano contra las farsas de las élites de Barcelona que hacen el juego a Madrid para sacar rendimiento de las debilidades de ambas partes.

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