Desde hace unos días recibo mensajes que me piden de manera más o menos explícita, a veces insultante, si no debería aflojar las críticas al Govern. Los argumentos de fondo son los mismos que recibía en los buenos tiempos del procesismo, en la época del 9-N o del 1 de octubre: “Los políticos son unos inútiles, pero no son mala gente; la situación es muy difícil y Madrid todavía lo empeora. Sé modesto y piensa si tú lo podrías hacer mejor”.

No puedo decir que me sorprenda, pero es curioso que algunos de los catalanes más independentistas sean también los más intolerantes con las opiniones de los otros. Es curioso que, después de todo lo que ha pasado, no hayan pillado que la única libertad política real que la gente tiene en Catalunya es dar su opinión. No es poca cosa poder decir qué piensas; si los cafés antiguos de Europa tienen tanto prestigio es por la contribución que hicieron a la libertad de pensamiento.

Los españoles pueden sacar al ejército, controlarnos los móviles e ir a China a comprar tests de feria para que no sea dicho que los adquieren de una empresa catalana. Los americanos pueden aplicar recortes draconianos en los presupuestos humanitarios, y olvidar que si en 2003 todavía combatían la expansión mundial del SIDA, para proteger la libertad en su casa, el bichito amarillo de Wuhan necesitará mucha más ayuda internacional.

Los ciudadanos de los países libres tienen gobiernos soberanos, que pueden poner o sacar según las políticas que emprenden. Como que tienen más fuerza para cambiar las cosas, también pueden ser más complacientes, a pesar de que tarde o temprano paguen el precio, como vemos estos días. Los catalanes solo tenemos nuestras opiniones personales para defendernos. Es inevitable que nuestra esfera pública sea más corrosiva y caótica que la de los países libres.

A estas alturas ya tendría que haber quedado claro que la Generalitat no tiene capacidad para proteger a los catalanes que no maman de la teta burocrática e institucional, que son la inmensa mayoría. Mientras no tengamos un Estado —y parece que la posibilidad se aleja— el país solo dispondrá de la opinión publica para filtrar el poder y controlarlo. Estos catalanitos que se cansan del ruido de Twitter son como estas criaturas que necesitan ver imágenes de los niños de Somalia para entender que la comida no se tira.

Lo único que tendría que preocupar a los independentistas, sobre todo ahora que el mundo se ha convertido en un sálvese quien pueda, es tener una opinión pública indomable. Intentar proteger al Govern con el autoengaño o la autocensura es un error que solo aumentará el dolor de la próxima bofetada que nos dé la historia. No sé qué más tiene que pasar para que algunos catalanes entiendan que cada vez que justifican a sus líderes los animan a hacerla más gorda.

Si es civilizado que Le Figaro ridiculice al ministro de Sanidad porque da mal ejemplo tocándose la boca cuando habla, no veo qué mal hay en denunciar las hipocresías de nuestros políticos. Si los partidos de la Generalitat no hubieran cedido al 155 invistiendo a Quim Torra, la pandemia no los habría sorprendido tan podridos y concentrados en luchas de corral. Si hubieran sido leales a los electores en vez de jugar a desmoralizarlos, quizás tendríamos los mismos muertos, pero las perspectivas no serían tan negras.

El debate político cada vez es más fatigoso pero el descalabro apenas ha empezado. Y no porque lo digamos Borja Vilallonga o yo. También lo dicen Bruno MaçaesHenry Kissinger o Fareed Zakaria. Los gobiernos de las grandes potencias han encontrado una manera nueva de hacer la guerra, que es la manera que los estados tienen de redefinir la libertad cuando se les escapa de las manos. En los documentales de animalitos se ve clarísimo que cuando un león aparece con hambre en una llanura llena de antílopes, casi siempre caza al más lento y débil.

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