Entre los escombros políticos de Twitter he encontrado unas declaraciones de Vicent Sanchis muy interesantes, que me han hecho pensar en un ensayo de Joel Kotkin sobre el mundo que se nos viene encima. El libro se titula The Coming of Neo-Feudalism. En el prólogo, el urbanista californiano advierte a la clase media que debe fortificar bien sus valores, y su posición económica, antes de que sea demasiado tarde. 

Kotkin cree que la crisis de la democracia se saldará, en la mayoría de países, con un retorno a las dinámicas del antiguo régimen. Después de tantos años de reivindicar el talento y la igualdad de oportunidades, el miedo de las élites, combinado con la cara dura de los insatisfechos, nos llevará a una sociedad cada vez más estamental y corporativa. Será difícil frenar el carro, y volver a creer en el mérito.

En Catalunya, Gabriel Rufián fue el primero que lo vio, por eso se revolvió contra sus votantes cuando Jordi Graupera vino de Nueva York con el proyecto de Primàries. Mientras Quim Torra y Oriol Junqueras se hacían los mártires de la democracia, Rufián cogió el toro por los cuernos y les hizo el trabajo sucio.  

Los cargos institucionales se han convertido en cortesanos y tienden a sentirse incómodos con el espíritu de los votos que les han dado el trabajo

Ahora, coged las declaraciones de Sanchis y pensad en Rufián. El cinismo disparado, la risita de desprecio, la violencia hacia los valores y los ideales de los electores, se han vuelto la actitud política más eficiente de los últimos años, en Catalunya. La mala leche de Sanchis no es una mala leche pasajera, de taxista que te quiere hacer pagar el estrés de los atascos. Es el resultado de leer a Ausiàs March y perdonar la vida a Vox, después de haber aceptado promocionar todas sus payasadas. 

El mundo de la política se ha vuelto quinqui porque cada vez deja menos margen a alguien que esté dispuesto a tomarse seriamente a los ciudadanos que dice representar. El problema nacional acentúa el juego de fuerzas que en muchos lugares del mundo intenta reducir los electores a la vieja condición de súbditos. Los cargos institucionales se han convertido en cortesanos y tienden a sentirse incómodos con el espíritu de los votos que les han dado el trabajo.

Desde que se aplicó el artículo 155, en Catalunya los servidores públicos saben con seguridad que no dependen de las urnas, sino de las reverencias que hacen en las reuniones de trabajo y en las comidas de copa y puro. Si la devaluación del voto no fuera ensanchando la distancia entre el público y los actores políticos, Ada Colau no se podría permitir el lujo de dejar Twitter. Sin el divorcio que Rufián supo escenificar tan bien, Díaz Ayuso no se podría presentar como una Juana de Arco de las libertades cívicas, incluso en Catalunya.

Pensad en la evolución que ha hecho el líder de ERC de mascota dócil del público procesista a malote de la política española. Preguntaros por qué Josep Pla quiso recordar, en plena posguerra, que Francesc Cambó siempre decía que el castellano es el mejor criado de Europa. El censor que le tumbó la línea solo debió ver un ataque de odio étnico furibundo, pero a mí me parece un sarcasmo delicioso, de una sustancia autocrítica y geopolítica indiscutible.

Si nos despistamos, todos vamos a acabar siendo hijos de Rufián, uno de los modernizadores más eficientes de la cultura carpetovetónica española que ha dado tanto color a Europa.

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