A veces parece que el universo conspire o que una parte inescrutable de mi cuerpo viva en una realidad paralela creada por el inconsciente con el objetivo de llenar los vacíos que me han dejado la educación y la experiencia. A pesar de que no he tenido nunca ninguna dolencia, ni me han operado ni me he roto nada, mi cuerpo se ha colapsado más de una vez, cuando he necesitado tiempo para preparar un cambio de rumbo.

Ya sé que suena extraño, pero últimamente pienso mucho en un libro que leí en una de estas épocas de fragilidad y reclusión. El libro se decía Wilde y contaba el periplo a pie que una chica inició sin ninguna preparación por una de las rutas de montaña más duras de los Estados Unidos, después de que su madre muriese de cáncer de huesos. 

El libro era una mera descripción de los peligros y las enfermedades físicas que la chica tuvo que ir asimilando a medida que su peregrinaje avanzaba. La autora no hace mucha filosofía, pero se entiende perfectamente que cada llaga que le sale en los pies, cada tendinitis o sobrecarga muscular que desarrolla, cada noche de pánico, la ayudan a hacer limpieza, a superar el vacío y la incertidumbre sin excusas ni rencor. 

El cuerpo es sabio y cabroncete porque guarda grabados los recuerdos inocentes de la niñez que la memoria ha silenciado, y sabe mejor que nosotros de dónde venimos y qué nos conviene saber para llegar a dónde queremos ir. Wilde ―que me parece que ganó un premio― acaba como han acabado siempre mis retiros del mundo, con un cambio de perspectiva y un renacimiento que da algo más de claridad mental. 

Ahora que el viaje parece que se empieza a terminar, tengo la sensación de haber atravesado montañas y ríos, y noches a merced de los lobos, como la autora del libro, cuando llega machacada y radiante al final de su excursión. A pesar de que soy incapaz de leer el futuro, me maravilla que el viaje haya ido de manera bastante similar a como me lo imaginé cuando vi que no podría hacer nada para evitarlo. 

Hay gente que busca respuestas en los bares o en los libros, o en los hijos, y tengo que reconocer que, en algunas ocasiones, los libros me han echado una mano. Aún así no hay punto de apoyo más objetivo que nuestro cuerpo, ni tampoco hay brújula más empírica y resistente. Ante el magnetismo de la propaganda y las teorías que una inteligencia inquieta es capaz de elaborar, la intuición del cuerpo no falla nunca.

Ahora que el mundo se llena de peligros y que la frustración encuentra un caldo de cultivo cada vez más adecuado para que el mal campe fuera de control, es importante aprender a distinguir la cadena de fatalidades que nos liga a la sociedad a través de nuestros antecesores. Hablamos mucho de la dictadura, del machismo o del holocausto, y hablamos poco de la niñez y la miseria acumulada por la gente que se deja arrastrar por cualquier discurso. 

Cuando el entorno es oscuro y no encuentras referentes que te puedan orientar, el cuerpo es el mejor oráculo para mantener la independencia y para no perder el contacto con los ángeles que te pueden ayudar. En estas excursiones hacia la luz, siempre descubres nuevos paisajes y haces amistades que, con sus atenciones, te recuerdan que el trabajo más fructífero y más duro solo lo puedes hacer tú.

Es fascinante ver como a medida que recuperas la confianza en tu cuerpo, también recuperas la confianza en el mundo y en ti mismo, hasta el punto que al final no sabes qué fue primero, si el dolor o el sentimiento.

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