Estos días de veraneo, mientras el mundo se hunde a mi alrededor, pienso en la suerte que tengo de haber conocido a tiempo Europa. Como pasó en la Primera Guerra Mundial, cuando las trincheras se convirtieron en fosas comunes, las élites del continente y sus masas se frotan los ojos para despertarse. La condescendencia y la estulticia nos empiezan a pasar factura.

Todavía no hemos visto nada, pero cada vez se oye más fuerte el silencio alucinado que precede a los momentos de pánico. Las imágenes de las calles desiertas de París y Barcelona me han recordado el único artículo que he publicado en La Vanguardia. Al día siguiente de que Ada Colau ganara por primera vez las elecciones municipales, el diario me pidió que escribiera sobre las ventajas del turismo.

Una de las cosas que remarcaba el artículo, encargado para compensar los discursos demenciales que la cabecera había promovido, era la importancia que las ciudades turísticas tienen en la promoción internacional de los valores democráticos. La Europa del siglo XX se pensó que podía llevar las guerras coloniales al continente; la del siglo XXI se ha creído que podía convertir la democracia en un casino.

Yo todavía he vivido el sueño europeo y he sido educado con valores sólidos. He visto venir el descalabro desde los picos más altos de Europa y desde los niveles más modestos de la escala trófica. He pillado piernas en el Ritz de Londres y París y he admirado los bigotes pintorescos de los camareros del Ami Louis, mientras me tomaba un Côte de Nuits y pasaba por la humillación de comer en casa de mis padres para no doblarme a la mafia catalana.  

Yo todavía puedo criticar ferozmente a Jordi Pujol y ver la diferencia que hay entre su cinismo y la cara anónima de Quim Torra. Cuando cayeron las torres de Nueva York, ya había leído bastante para entender adónde llevaba la geopolítica de Aznar. Incluso había vivido bastante para saber cómo acabaríamos, si la jefa de Estudios y Programas de Rajoy era capaz de utilizar a Stefan Zweig para tratar de nazis a mis padres.

Antes de ver como las calles y los hoteles de mis ciudades preferidas se quedaban vacíos, he visto como se vaciaban los valores y como se traficaba con la inocencia de la gente por los beneficios más espurios. Antes de ponerme a vaticinar la parálisis actual, he ido viendo como los articulistas más inteligentes me caían de las manos y como el Financial Times se convertía en un diario aburrido, casi infumable.

No es solo el bicho asiático que ha convertido el centro de Barcelona y de París en decorados de spaghetti western. De lo contrario, Francia no intentaría salvar los muebles con políticos catalanes, ni Catalunya parecería el burdel más grande de Europa. Ya hace demasiado tiempo que la derecha cambió a Dios por el dinero y que la izquierda olvidó que la libertad solo puede avanzar si todo el mundo tiene algo que perder más importante que su propia vida.

Cuando la pandemia estalló, París ya era una caricatura de sus vicios y en mi entorno demasiada gente aspiraba a convertir la debilidad en un negocio. No diré que la destrucción que veo venir no me dé miedo. Al atardecer, cuando saco el whisky y salgo al jardín, me siento como un lord inglés de hace 100 años hablando en su castillo con el perro y las armaduras. 

Cada vez me resulta más difícil predecir cómo será el futuro, seguramente porque el centro del mundo se va alejando más y más de Europa. Una cosa sé segura, y es que ya no podré seguir escribiendo pensando en vosotros. El amor que he salvado del viaje con suerte será para vuestros nietos; para vuestros hijos, en el mejor de los casos.

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