Nunca habría dicho que Jordi Amat me ayudaría a comprender por qué Jaume Vicens Vives se dejó deslumbrar por el nazismo a principios de los años cuarenta. Siempre me ha parecido que el autor de Industriales y políticos murió roto por los esfuerzos que hizo para satisfacer su vanidad en un escenario demasiado bajo para su inteligencia. 

Gracias a Dios no creo que Amat tenga que hacer, ni de lejos, los esfuerzos de Vives para sentirse cómodo en el escenario que le proponen los españoles. Sus libros encajan tan bien en las modas periodísticas de cada momento que más que una crónica del pasado siempre acaban siendo un espejo de las chapucerías catalaneras del presente. 

No creo que llegue a leer hasta el final El hijo del chófer, pero las primeras páginas son excelentes para explicar por qué Vives se dejó deslumbrar por los reduccionismos nazis en los momentos más bajos de la derrota catalana. Igual que se habría podido escribir sobre las derivas del historiador en la posguerra —si no hubiera habido la dictadura—, el libro de Amat es un detritus de las excusas personales y colectivas que han llevado a los catalanes a la derrota.

Cuando los catalanes pierden la esperanza, y dejan de creer en la gracia, siempre hacen esfuerzos para intentar imitar a los españoles. Si queréis entender por qué los escritores castellanos parecen simios esparciendo caca en la pared cuando hablan de los artistas catalanes, leed el libro de Amat. El hijo del chófer es ideal para entender cuál es la estética de la derrota, y qué pasa cuando el miedo y la decepción llevan a un país a sobrevalorar la fuerza.

Igual que el documental sobre Fortuny que ha estrenado Emiliano Cano, El hijo del chófer es una exhibición grotesca de vísceras y traumas, es decir, una españolada, que dirían mis abuelos. En casa siempre hemos sabido por qué Catalunya ha dado la Sagrada Familia y el palacio de los Reyes de Nápoles, mientras que España ha dado el Valle de Los Caídos y El Escorial. Los grandes artistas catalanes del siglo XX también lo sabían.

Cuando los catalanes pierden la esperanza, y dejan de creer en la gracia, siempre hacen esfuerzos para intentar imitar a los españoles

El libro de Amat empieza describiendo la agonía de Josep Pla con pelos y señales, y a continuación intenta utilizar los despojos del escritor para vender una teoría sobre el poder blando que seguro que hará las delicias entre los desesperados. Según Amat, “el poder intelectual” de Pla actuaba y todavía actúa como un imán, magnetizando y atrayendo hacia su mundo el poder político y económico del país.

A mí me parece que, embriagado por el clima darwinista que vivimos, y limitado por la capacidad de comprensión que impone la sumisión al estado español, Amat confunde el poder poético de Pla con su poder intelectual. La gente que se había doblegado al franquismo para hacer negocios o para hacer política se acercaba a Pla básicamente para justificarse, porque en su figura veía la encarnación de la miseria y la grandeza del país.  

Pla era un poeta, no un intelectual. Esto Amadeu Cuito lo explica muy bien, y se puede constatar en el vacío de aquella obra de teatro que Joan Ollé hizo sobre El cuaderno gris, en 2009. Pla representaba y todavía representa el catalán puro, por eso es tan fácil de prostituir y a la vez es tan indestructible, por eso todavía sirve de chivo expiatorio y tantos catalanes lo usan para desahogar sus complejos, su autoodio y sus frustraciones.

Intentando extraer poder de Pla para ponerlo al servicio de los españoles, Amat hace el ridículo, como lo hizo Ollé intentando convertirlo en filósofo, y como lo hacía Valentí Puig, otro poeta, que quiso utilizar al escritor ampurdanés para sus frivolidades de pobre y que ha acabado su decepcionante carrera de articulista durmiéndose en las presentaciones de Ignacio Peyró, su discípulo madrileño. 

Amat quiere hablar del poder blando pero, como le pasó a Hillary Clinton, vive demasiado deslumbrado por el poder duro, para saber alguna cosa. Podría continuar explicando lo que se ve en las primeras páginas del libro sobre la relación de Amat con el sexo o con el dinero. El hijo del chófer se presenta como una anatomía del monstruo y a mí me parece una anatomía de Amat y de toda la pandilla de perezosos cursi-bárbaros que acabarán peor que él.

Si es verdad que el hombre se conoce cuando se siente en peligro, todo lleva a pensar que en los próximos años veremos un desfile esperpéntico de gegants y de capgrossos. Un poco como nos pasa desde hace siglos, con paréntesis esperanzadores de libertad primaveral.

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