Hace días que el coronavirus me recuerda unas conversaciones apasionadas que Roger Mallola y yo teníamos en el Velódromo sobre el día que la globalización nos caería encima. Mientras Mas engañaba a la gente con el 9-N y los diarios aseguraban que lo teníamos “a tocar”, yo le decía a Mallola que estábamos como en el 1711, justo antes de que la Guerra de Sucesión hiciera el tumbo que llevó el país al desastre.

Como esta vez, parecía que lo teníamos todo de cara menos la inteligencia de la clase dirigente, que se dejó arrastrar por los intereses aliados, por una mezcla de avaricia y de falta de conciencia nacional. En vez de asegurar la independencia del Principado, cuando Francia y España flaqueaban, las élites catalanas se dejaron llevar por la obsesión inglesa de conquistar Madrid y dominar el imperio.

El resultado es conocido. Los ingleses destruyeron su ejército peninsular en dos campañas a todo o nada, y la muerte del emperador austríaco acabó de sellar nuestra suerte. Las acciones cada vez más desesperadas que siguieron después tenían pocas probabilidades de triunfar. El marco geopolítico ya había cambiado y Catalunya había dejado pasar la ocasión de luchar para tener una voz en el mundo.

Devorada por el cortoterminismo, Catalunya quedó fuera de la historia en unos 10 años. La militarización del continente llevó a Europa a la hegemonía mundial, pero dejó a los catalanes atrapados en un imperio decadente. Si los holandeses perdieron pistonada a favor de Londres y París, que pasaron a dominar el continente y la escena internacional, los catalanes perdieron definitivamente su libertad política.

Hasta hace poco, el mundo reajustaba el precio del poder y de la libertad a través de guerras. Los grandes cambios venían precedidos de conflictos bélicos que se llevaban por delante países, soberanos y sectores sociales amortizados por el tiempo. Aun así, cuando Roger y yo especulábamos sobre qué fenómeno podría volver a encerrar Catalunya en el sótano de la historia, ya veíamos que tendría que ser algo diferente a las carnicerías clásicas de Europa.

El coronavirus es perfecto para dar el golpe de gracia al proceso de globalización que abrió la ventana de oportunidad al independentismo. El ataque a las Torres Gemelas y la crisis de 2007 desgastaron las visiones democratizadoras del futuro, pero no pararon la globalización. Con la epidemia exportada por China, pero, todas las grandes potencias tienen una excusa inmejorable para recentralizar el poder.

Con el coronavirus, China puede volver a controlar la población con las medidas draconianas de los viejos tiempos, sin tener que dar explicaciones. Los Estados Unidos pueden justificar el proteccionismo económico y militar preconizado por Trump. Alemania tiene más posibilidades de contener la ultraderecha y poner orden al sur de Europa, con Italia infectada. Y Moscú tiene otro elemento para seguir jugando a la ruleta rusa.

Gracias al coronavirus es posible que de aquí a un tiempo la globalización se vea con la misma distancia paternalista que, durante la Guerra Fría, se veía el París de la Belle Époque o la Europa de la Sociedad de Naciones. De hecho, la caída del Muro de Berlin ya se trata como el inicio de un periodo frívolo y bonito. En cuanto a la irrelevancia de Catalunnya, basta de ver como el debate político se degrada cada día. 

Cuando veo la virulencia irracional que ha cogido el feminismo, desde que se aplicó el 155, comprendo mejor los 200 años de bullangues y de cremas de conventos. Es descorazonador ver como los políticos y los periodistas del país ayudan a recrear el clima de oscurantismo bienpensante de las épocas más negras. El papelón que el Estado reserva para las mujeres se ve incluso desde el extranjero.

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