Ada Colau ha anunciado en el muro de su Facebook que está embarazada de 13 semanas y que, si todo va bien, su segundo hijo nacerá esta primavera. Después de algunas frases sobre la alegría de ser madre y el poder transformador que tienen los niños, la alcaldesa asegura que seguirá cumpliendo las obligaciones políticas "con normalidad, una barriga creciente, y todavía más motivación".

Me enteré el domingo por el whatsapp de un amigo que me escribió simplemente: "Perfect timing". Ahora leo el Facebook de una chica, traductora de oficio, que ha compartido en el muro de la alcaldesa un escrito donde le reprocha que lo anuncie justamente ahora: "Claro, no le han aprobado el PAM, 200.000 euros tirados a la basura con la exposición de Franco, la ciudad en su peor momento, pero ella está embarazada y lo aprovechará como hace con todo".

Cada época tiene su gracia y uno de los regalos que nos ofrecen los tiempos que vivimos es la posibilidad de contemplar cómo las mujeres se redescubren, mientras tratan de establecer nuevas jerarquías y exploran las posibilidades que les estuvieron vetadas durante siglos. Ver cómo las mujeres asumen nuevos papeles que hasta no hace mucho estaban reservados a los hombres es entretenido y desafiador, pero también resulta bastante cómico.

La feminización de las democracias ha servido para dar un aire de novedad a la política y a otros oficios de élite, pero también empieza a poner de manifiesto que es típico de la condición humana no hacer demasiado esfuerzo para estar a la altura de las ideas que se profesan. Precisamente porque la figura de las mujeres continúa sacralizada, poco a poco iremos viendo con una cruda claridad cómo el poder se lo traga todo y pervierte cualquier idea, símbolo o metáfora.

A mí me parece extraño que una alcaldesa que llegó con el objetivo heroico de revolucionar Barcelona" tenga tiempo para ser madre. Sobre todo cuando ella misma ha insistido en la resistencia a los cambios que oponen las maquinarias institucionales y el trabajo titánico que debe afrontar su equipo. Una cosa es que la sociedad tenga que favorecer que las mujeres puedan conciliar el trabajo con la vida personal, y otra que sea posible hacerlo todo y que una vida coherente no esté hecha de decisiones trágicas.

Es curioso como, en un primer momento, todas las revoluciones tecnológicas de la historia tienden a empobrecer el pensamiento y a polarizar los discursos. Las novedades necesitan decepciones y usos fraudulentos antes de incorporarse con normalidad a la vida de las personas. Deformadas y convertidas en objeto de propaganda, el entusiasmo que producen las cosas nuevas a menudo se convierte en la última trinchera de los regímenes decadentes que no han perdido del todo la capacidad de defenderse.

No es extraño que la generación política de Fernández de la Vega y de Esperanza Aguirre, o incluso la de Soraya Sáenz de Santamaria, tuviera un perfil más consistente que la actual. Hasta los gobiernos de Zapatero, la cultura de la Transición todavía funcionaba. No hacía falta disculpar con barnices de ternura y emotividad la desorientación, la hipocresía o la simple incompetencia. Curiosamente es ahora que suben las generaciones liberadas por los cambios tecnológicos, que las políticas jóvenes caen más que nunca en los esquemas humillantes de las revistas rosas.

Asediado por el cambio de horizontes que despierta la tecnología, el poder utiliza la novedad para promover espacios de impunidad y para proyectar en los símbolos desgastados por la historia las miserias de la condición humana. Por ejemplo, ayer podíamos leer en El Periódico: "Hay que empezar a poner nombre a las cosas. Hace 300 días que estamos sin Gobierno —a mí no me hace ninguna falta—, ¿pero alguien dirá que son señores los que se están peleando? Que las instituciones funcionen como funcionan es porque son instituciones masculinas".

La frase es de una profesora de la UB que coordina un proyecto llamado "Feminizando el mundo 3.0". No sé si es realista creer que la humanidad habría funcionado mejor con las mujeres liderando el mundo desde las poltronas. Sin embargo, de momento, yo veo que los sistemas de poder siempre fabrican sus vacunas, y que la feminización del debate público se ha convertido en una máquina fantástica para pervertir el lenguaje y los valores que estructuran a la sociedad.

El embarazo de Colau y la tendencia que las políticas más jóvenes tienen a dejarse tratar como si fueran concursantes de Gran Hermano o de Operación Triunfo, me recuerda el nuevo libro de Joel Mokyr, A Culture of Growth: The Origins of the Modern Economy. El debate sobre las causas de la Primera Revolución Industrial se ha reavivado con la ansiedad y el pesimismo que provoca el estancamiento económico. Si la tecnología avanza tan deprisa, por qué la economía no prospera, se preguntan los expertos. ¿Por qué la idea de progreso retrocede?

Según el planteamiento de Mokyr, la tecnología necesaria para generar los cambios sociales que comportó el impulso económico de la Revolución Industrial del siglo XVIII ya estaba disponible un siglo atrás. Lo que faltaba era que se consolidaran cambios culturales de gran alcance. Es decir, que la manera de estar en el mundo de las personas y las instituciones estuviera a la altura de las posibilidades que ofrecía la tecnología.

Ahora me parece que pasa lo mismo. Colau dice que hay que cambiarlo todo, pero al final, como pasó con Carme Chacón –que fue una pionera en la utilización política de la feminidad– lo que más cambiará será su vida.

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