Aunque sea injusto y poco sabio, en la vida todo acaba siendo cuestión de expectativas. Si pasas una mala época las cosas más insignificantes te parecen maravillosas. Si nadas en una cama de rosas acabas dando por descontadas las flores más bonitas. La investidura de Pedro Sánchez y el futuro de la unidad de España se aguantan sobre este principio.

A falta de ETA, hay que bajar todavía más el listón para que el chimpancé parezca una princesa. La derecha española, pues, se ha tenido que volver más primitiva y la izquierda más hipócrita. La fuerza del independentismo incluso ha infantado un partido que imita el discurso procesista en clave regionalista, Teruel Existe. Como ya demostró Cartagena, los españoles pueden llegar a proclamar la independencia para disimular la colonización de Catalunya. 

La crispación que los diarios dramatizan para reanimar al PSOE no es ninguna novedad. En la democracia española todos los cambios de hegemonía se han hecho a golpe de escándalo. González, Aznar, Zapatero y Rajoy llegaron a la Moncloa en un clima de retórica corrosiva tanto o más encendida que la actual. La diferencia es que, como Suárez, Sánchez se ha distanciado del desprestigio del Estado cultivando el estoicismo y el arte catalanesco de hacerse el mártir.

Mientras el ejército se reivindica, y algunos cínicos juegan con la figura del “traidor”, la izquierda hace discursos pretendidamente antifascistas. La verdad que en España no hay fuerza para sostener ni una guerra civil ni una dictadura. El descalabro, cuando venga, tendrá el mismo aire de payasada que tuvo la gestión del 1 de octubre. Incluso Europa atiza la charlotada española emitiendo sentencias judiciales contra a los tribunales de Madrid sin ningún efecto.

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