El New Yorker ha dedicado un artículo a la trayectoria literaria de Javier Cercas que me ha recordado a la travesía por el desierto que tuve que hacer para aprender a navegar por la colonia y escuchar sin manías a mi intuición. Si la ocupación española tiene algún efecto positivo, es que te obliga a hacer elecciones radicales sobre tu libertad. Seguramente de aquí viene que un país tan lleno de cabezas de chorlito haya dado una cantidad tan importante de genios.

Cuando en Catalunya todo el mundo adoraba a Cercas a mí ya me parecía un hombrecito que escribía para el Ministerio de Defensa y para las momias travestidas de la Transición. Eran los últimos tiempos de Aznar y de Pujol, y en las encuestas los españoles eran los europeos más satisfechos de sus instituciones y de sus políticos. Entonces los debates entre mis ganas de encajar en el mundo y mis intuiciones todavía me tenían que herir muchas veces.

Cercas ha sido el antimaestro más famoso que he tenido. Sin necesidad de leerlo demasiado ―he abierto dos o tres libros suyos, pero nunca he acabado ninguno―, me enseñó qué imposturas tenía que evitar y de qué está hecho el veneno que Catalunya se traga cada día. La observación de su fama me ayudó a entender cómo funciona la escala trófica del país, y qué lugar tenían reservado para los chicos como yo los gestores de la colonia.

Me di cuenta de que, a pesar del esfuerzo que mis padres hicieron para darme una buena educación, estaba destinado a servir de alimento a las hienas y a los depredadores. Mientras la fama de Cercas crecía, yo descubría una fuerza interior que me impedía dejarme llevar al matadero confiado como un cervatillo. Tuve que buscar bien adentro y aprender, por mi cuenta, a convertir el pobre venado en un león.

Cuando Cercas empezó a enseñar su patita de cabra de la Legión. las comedias de la Catalunya autonómica ya hacía tiempo que habían dejado de perturbarme. La sorpresa que Cercas ha dado los últimos años a sus adoradores me parece un buen resumen de los espejismos y los autoengaños que los amos del proceso han explotado. Cercas no ha escrito nunca en sus artículos nada que no se hubiera podido leer antes en sus libros de más éxito.  

Me hace gracia que el New Yorker descubra ahora que el héroe íntimo del escritor unionista no es el héroe republicano de Soldados de Salamina sino un tío que murió en el Ebro combatiendo con los franquistas. Catalunya me ha acostumbrado tanto a vivir prescindiendo de las opiniones de los otros que ni siquiera me impresiona que los americanos me den la razón después de tanto tiempo.

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