Nunca dejamos de querer lo que queremos, sea bueno para nosotros o no”

Stephen King

Hay un relatito de Stephen King que comienza con la extraña muerte de una joven atrapada por una moderna y perfecta máquina de planchar de una lavandería. El destrozo es horrendo, pero más extraño resulta comprender cómo la joven ha podido acabar atrapada en la máquina. Nada es tan sencillo como parece. La planchadora ha probado la sangre humana y a partir de ahí, buscará la forma de volver a conseguirla. No soy muy de King, pero sí de su forma de explicar la ficción y la tarea del escritor. En ese aspecto ha escrito el que sea quizá uno de los manuales más claros sobre el arte del novelista.

La cuestión es que The mangler, su título original, se me ha venido a la cabeza en cuanto he tenido noticia del recurso de la Fiscalía sobre el tercer grado de los políticos catalanes presos y de la suspensión de tal clasificación, en tanto en cuanto se pronuncien los tribunales. Eso y la decisión final del tribunal sentenciador de retirárselo definitivamente, algo que, aunque no les gusten los spoilers, no me queda más remedio que anunciarles ya. No tengo ninguna duda de que eso es lo que va a hacer el Tribunal Supremo. Se preguntarán que por qué me he acordado de ese relato de terror y ha sido por dos cuestiones claras: la primera, la lógica interna de la ficción y, la segunda, la lógica de una maquinaria para repetir las acciones que está en su esencia ejecutar.

Ya saben que yo estoy persuadida de que el hilo con la realidad se rompió el día que el difunto fiscal general Maza redactó y presentó aquella querella que convertía las acciones de desobediencia al Constitucional y el reto político en una rebelión. Después de eso, la lógica de la ficción se llevó todo por delante. Todos sabíamos que no habíamos asistido a un golpe de estado y hasta el Tribunal Supremo así tuvo que reconocerlo aunque no se bajaron del todo de la burra e inauguraron la teoría del alzamiento tumultuario que no precisa de levantamiento ni de tumulto. No necesitan que se lo explique. En realidad, asistimos, como bien dijo Lesmes el otro día, a la “contundente respuesta del Poder Judicial ante el desafío independentista”. Sólo que no tengo yo muy claro que la esencia del Tercer Poder sea la de responder a nada, y menos a desafíos, y que nos bastaría y nos sobraría con que aplicaran la ley escrupulosamente sólo a los asuntos que son de su competencia. 

 Aquí entra en juego la lógica del poder. ¿O se pensaban que los señores del Supremo iban a dejar que su poder se volviera papel mojado? Ya saben que no

Pero aquí es donde entra en juego la trituradora. Una vez que existe esa malhadada sentencia firme, nada podemos esperar que no sea que la máquina funcione tal y como está previsto. No cabe duda técnica de que el tiempo transcurrido de cumplimiento efectivo y la cuantía de las penas convierte en totalmente desviado de la norma habitual la clasificación en tercer grado. Ningún penado a ese número de años sale en tercer grado con tan poco cumplimiento. Eso es así.

De modo y manera que la Fiscalía de Catalunya, actuando sin ninguna directriz superior, ha informado lo que lógicamente el sistema impone que se informe: que no es el momento de progresar en grado. Obviamente, como el sistema presupone una serie de cuestiones que evaluar, la lógica interna de la ficción les lleva a decir que “el internamiento efectivo es el único modo de concienciar al delincuente de que no puede abusar de la situación de poder que ostentaba convirtiendo su propia voluntad en ley”. No es cierto que lo hicieran. Si hubieran convertido efectivamente en ley su voluntad, Catalunya sería independiente, ergo es obvio que no lo hicieron ni podían hacerlo, bastaba con anular sus decisiones en el Tribunal Constitucional. Pero como el sistema ha dicho que son delincuentes, ahora toca aplicarles una lógica que no nos casa porque, en efecto, ni es posible tratarlos ni es posible obligarles a que cambien de opinión ni es factible obligarles a aceptar que delinquieron y que son unos delincuentes. Yo tampoco creo que lo sean, puesto que creo que, desde luego, no hubo tal sedición y, desde luego, aunque incumplieron la ley no fue el Código Penal. Espero que no me introduzcan, a mí y a tantos, en el cursillo de reeducación que proponen.

La lógica falla desde el principio —si hubo un delito, no había ninguna necesidad de aplicar el 155, y si el instrumento legal era el 155, no había delito— y ahora sólo podemos seguir como la lógica de la máquina tritura a la lógica formal. Que la Fiscalía diga, como diría con cualquiera, que es preciso acabar con “las distorsiones que les llevaron a delinquir”, es algo que chirría en este caso a los jueces de vigilancia, y así lo han dicho, puesto que tales distorsiones proceden de una forma reivindicativa de plantear sus presupuestos políticos de los que no van a abjurar, al menos sometidos a presión penitenciaria. No digo yo que no puedan revisar los métodos de acción política, pero también estoy segura de que no lo harán porque los encierren.

Lo del tercer grado estaba cantado, en la lógica de la trituradora, y no cabía duda de que iba a ser revocado por un tribunal sentenciador que, desde luego, no va a admitir que sus decisiones sean ninguneadas o dejadas sin efecto. Aquí ya entra en juego otra lógica, que tampoco es desdeñable, que es la lógica del poder. ¿O se pensaban que los señores del Supremo iban a dejar que su poder se volviera papel mojado? Ya saben que no.

La máquina no va a dejar de ejercer sus funciones, tal y como está programada. No es posible pedirle a sus piezas que se salten el libro de instrucciones, dado que introdujeron en ella una tarea que no era de su incumbencia. Todo esto puede resultar injusto, pero es lo que sucede exactamente cuando se arroja a las fauces de la justicia penal una cuestión y por eso muchos gustan de echar cosas que no deberían, para asegurarse el triturado.

La única forma real y efectiva y lógica de acabar con esta terrorífica historia es el indulto. El indulto que significa que se considera que la aplicación maquinal de la justicia ha producido un injusto que hay que reparar. No podemos volver al pasado y conseguir que Maza, con Rajoy detrás, guarde aquella querella en un cajón, ni podemos deshacer el juicio y la sentencia ni las consecuencias que de ella se derivan. El indulto es la única salida, la única forma de detener la trituradora. 

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