“Cuando la gente se acostumbra a la irracionalidad, no puede espantarse de la injusticia”

G.K. Chesterton

Soy nefasta para el dibujo. No recuerdo mayores momentos de estrés que aquellos en los que debía repasar las láminas de dibujo técnico usando un tiralíneas que, indefectiblemente, acababa escupiendo un chino en el último momento y frustrando todos mis esfuerzos. No voy a negar que alguno terminé clavando en la madera del suelo, con la consiguiente indignación materna. Líneas gordas y finas que sólo podían manejarse girando un infame tornillo que nunca te daba lo que le pedías. Toda la zozobra terminó con la llegada de los rotring, aquel invento carisísimo que te dejaba elegir al milímetro el grueso del trazo y mantenerlo constante. En mi familia creo que parecieron hasta baratos. Tanto trazo grueso y tanta mancha y tanto arrebato de ira tenían un coste más alto.

Por eso siempre he sido devota de los rotrings. Cuando necesitas un 0,2 mm no tiene sentido usar un 0,8 y como metáfora para la vida y para el juicio crítico tampoco me ha resultado nunca ineficiente. La realidad dibujada con un tiralíneas basto y de poca precisión no es sino una caricatura de los problemas y un obstáculo para resolverlos. Trazo fino. Siempre trazo fino, y cuando nos jugamos la justicia, la libertad, el futuro y la convivencia, más trazo fino y si no, ultrafino. Menos es más. Los borrones nos ciegan.

Así, el gran borrón que supuso la implementación por parte del fiscal general del Estado, Maza, de una querella por un delito inexistente para conseguir meter en prisión preventiva y sacar de Catalunya a los políticos catalanes y a los Jordis, no puede inmediatamente llevarnos a concluir que todas las actuaciones judiciales que se llevan y se llevarán a cabo en España están viciadas y pertenecen a un sistema no democrático y totalmente corrupto. No comparto esta idea que es de brocha más que de trazo. No, el sistema español no está perdido sin remedio ni es un lodazal del que no cabe esperar ninguna actuación correcta o respetuosa con los derechos. Está muy tocado, eso sí, y queda luchar por rescatarlo.

Si cojo el rotring con delicadeza, les digo hoy que me gusta la valoración reposada que hace Amnistía Internacional. Es cierto que el acto del juicio oral fue básicamente correcto, a pesar de algunos episodios que ya criticamos en su día, aunque resulta imposible obtener resultados jurídicamente válidos cuando todo lo que preparaba el juicio ha sido pasado por el tamiz del voluntarismo penal. No es posible que cuando has cogido un martillo para poner unos tornillos, por muy fino de manos que seas, al final consigas algo más que machacarlos a golpes. Y eso es lo que ha sucedido con la sentencia del Tribunal Supremo, tal y como explica AI. El ficticio delito de rebelión ―que permitió arrebatar el juez predeterminado por la ley, las prisiones y las inhabilitaciones preventivas― se tuvo que quedar en la cuneta y la búsqueda de una también ficticia unanimidad acabó desembocando en condenas gravísimas por delitos contra el orden público. Ahí es donde arranca parte del peligro de esta sentencia, cuyas tesis no van a ser comprendidas en muchos países europeos, y que va a hacer necesario que sea el Parlamento el que legisle y defina de nuevo este delito para que sus límites no se vean alterados por la intención de castigar unos hechos concretos. Ese es un error que ahora sólo la política puede resolver.

Lo que predico es un criterio estricto a la hora de trazar las líneas porque tirar latas de pintura para tacharlo todo, sólo puede enturbiarnos la vista a todos

Esa línea es nítida y por ello mismo tengo muy claro que el caso del juicio al que ha sido sometido el president Torra en el TSJC no comparte demasiados trazos con lo anterior. Ya les avancé, cuando estaban sucediendo las cosas, que Torra se lo estaba poniendo muy difícil a sus abogados, puesto que, como él mismo reconoció, desobedeció y lo hizo a sabiendas. Así que el derecho de última palabra del MHP Torra fue más un alegato político ante los catalanes que una defensa jurídica de su actuación, a la que creo que ya ha renunciado hace tiempo. Si no fuera así, no tendría sentido hostigar a los que han de juzgarte. Yo al menos no se lo recomiendo en el malhadado caso de que algún día se vean en esa tesitura. Todo apunta a que Torra va a ser inhabilitado, no porque el tribunal sea corrupto y vaya a hacerlo de cualquier manera para obtener un resultado político, sino porque desde el día en que no se cumplió la orden de la JEC es la crónica de una condena anunciada. Y miren que la JEC ha tomado resoluciones criticables, y puede que esta sea una de ellas, pero la forma de luchar contra ellas no es no aplicarlas cuando eres un cargo público. De facto, algunas de sus decisiones, arbitrarias, fueron anuladas por el propio Tribunal Supremo, como la de impedir la candidatura de Puigdemont y Comín, así que tendremos que concluir que sí existen mecanismos que funcionan aún y que impiden que el sistema se derrumbe. Si no fuera así, yo no escribiría estas columnas, me exiliaría.

Como, por otra parte, ha sucedido con el caso de los ERE. No cabe duda de que en los nueve años que ha costado instruirlo y enjuiciarlo, ha habido intentos por parte del poder tanto de poner zancadillas para que no avanzara, como de hacer que los avances se produjeran cuando políticamente convenía para perjudicar a los socialistas. Nada de esto es ajeno a ningún sistema democrático puesto que ninguno de ellos es perfecto ni escapa a los intentos de aprovechamiento por parte de unos y otros. No por ello vamos a rebajar la gravedad del comportamiento de aquel PSOE triunfante en Andalucía, todopoderoso y arrogante, que buscó abonar la teta nutricia de la que colgaban miles de votos. Lo que es de trazo indignamente grueso es intentar colgarle el muerto ahora a Pedro Sánchez ―Pedrito que no era sino un simple militante madrileño cuando todo esto se cocía en Sevilla y creo que concejal cuando se destapó la olla de los truenos―, a ese líder del PSOE que fue expulsado y apuntillado por ese mismo PSOE andaluz que se personó en la sede con la “única autoridad”. Sólo a base de aguante pudo volver, así que ya es de poca fineza intentar responsabilizarle de los turbios manejos de los que lo dieron por muerto. A lo mejor es él el que puede rematar ahora.

El sistema no siempre está gripado. Ayer nos dejó otra perla rara, que yo de facto no recuerdo haber visto antes, como es la anulación al juez García Castellón por sus superiores de los autos de prisión de los miembros de los CDR, por vulneración de derechos básicos constitucionales. Esto no es algo habitual. Es el juez instructor el que debe cumplir con las reservas y estipulaciones de legalidad. El asunto le ha quedado feo y se lo reprochan. Una bofetada. También queda en evidencia así el Colegio de Abogados de Madrid, que negó el amparo a los letrados de estos presos preventivos por estos motivos.

Hay mucho que tachar. Hay mucho que corregir. Hay mucho que limar. Lo que predico es un criterio estricto a la hora de trazar las líneas porque tirar latas de pintura para tacharlo todo, sólo puede enturbiarnos la vista a todos. Y nos guste más o menos, no es momento.

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