“El español medio se ha convertido en un ser anestesiado y con pocas ambiciones trascendentales”

Stanley Payne

Siempre he sido muy tolerante con los vicios de los demás, algo menos con los míos, y así, aunque nunca me dio por probar droga alguna, tampoco me escamaba que la gente experimentara lo que le pareciera mientras no me implicara. Eso sí, lo que siempre me causó un estupor monumental, difícil de superar, fue que hubiera personas a las que les pusieran delante una dosis de anestésico para caballos y les pareciera buena idea metérsela para el cuerpo. La primera vez que lo vi fue en un diario nacional en el que yo trabajaba hace muchos años. Lo aceptó un colaborador para hacer un reportaje sobre la droga más novedosa del momento. Flipante.

Esa misma sensación, entre la estupefacción y el miedo, me produce comprobar cómo la democracia española, sus instituciones y sus votantes aceptan cada vez con mayor alegría las dosis de anestésico de caballo que les inyectan a los demás y a ellos mismos. Les encanta alucinar. Las consecuencias de la operación Volhov —yo no me trago lo del dios de los bosques y la fertilidad, los nombres de operación siempre guardan alguna cachonda y maquiavélica relación para los que las bautizan— son una buena muestra de ello. No es la primera vez que lo vemos. Toda la judicialización penal del procés ha sido posible gracias a dosis no escasas de anestésico democrático e intelectual, pero estamos asistiendo a otra reedición que debería preocupar a todo ciudadano honesto. En lugar de esa reacción de inquietud, veo periodistas que se relamen publicando conversaciones privadas, filtradas de forma ilegal, en las que se descubren cotilleos —por muy jugosos que sean, son cotilleos, no datos relevantes para la formación libre de opinión pública democrática— y tejemanejes entre personas totalmente ajenas al procedimiento, por cierto muy loco, que se instruye.

Cuando en democracia fallan los controles y saltan los guardarraíles, no sólo saltan los legales como ha sucedido en este caso, sino también las convenciones democráticas respetadas por los usos y costumbres y la ética común. Hace veinte años, nada de esto hubiera sucedido. Ahora sucede como si nada. Esa es la ketamina social que ha adormecido también a los jueces o que les ha desatado extrañas reacciones, impropias de su condición. ¿A quién le parece buena idea recibir las conversaciones entre personajes públicos y otras personas, en las que hablan de cosas ajenas a cualquier hecho penal, y reproducirlas sin la más mínima valoración deontológica? No es buena idea para un periodista con principios, pero tampoco lo es para cualquiera que, estando despierto, repare en que él mismo puede verse sometido a una exposición así en cualquier momento. Los periodistas hablamos con muchísima gente, ¿quién nos dice que alguno no ha sido sometido a vigilancias exhaustivas, precipitadas y ajenas al control de derechos y garantías que exige el procedimiento? Miren que una sospecha de fraude fiscal te la arman en nada y de ahí a la conspiración de malhechores puede faltar sólo un atestado creativo. “Nadie soportaría que escudriñaran sus conversaciones privadas y luego las difundieran”, me comentaba el otro día una importante figura del mundo de la comunicación. Nadie. Ustedes tampoco. Seguro que han criticado al jefe o se han metido con alguien o han fantaseado o han discutido. Nadie. Por eso, por esa múltiple indecencia, la del que filtra ilegalmente por interés, la del juez que no expurga ni controla el material, y la del último depositario que lo publica, sin aplicar criterios ni profesionales ni egoístas, no resulta descabellada la comisión de investigación propuesta por todos los partidos nacionalistas en el Congreso y de la que se acaba de descolgar Unidas Podemos, no pero sí, lo que parece indicar que en el Gobierno no gustaba. Y no lo es porque la investigación debida no funciona, porque esto empieza a responder a una pauta inaceptable de espionaje político y de estigmatización del adversario, y porque esta situación es inaceptable en una democracia que no se meta ketamina en vena a cada rato. Los letrados han informado favorablemente la comisión y se va a retratar la mesa cuando decida si hacerlo o no. Si no estuvieran anestesiados, todos los partidos se darían cuenta de que las prácticas ilícitas de este tipo les pueden acabar alcanzando a todos y no porque hayan hecho algo reprobable, sino por mera golosina de dejar en pelotas al rival.

La llegada de las tecnologías digitales a un procedimiento obsoleto ha propiciado unos vacíos legales que han convertido todo el proceso de instrucción en un espectáculo mediático y eso no es sostenible en una democracia avanzada que pretenda respetar los derechos fundamentales

Esto hace veinte años no hubiera pasado porque casi nadie se atrevía a filtrar sumarios completos a la prensa, ni los abogados. Un tiempo después, cuando ya se osaba, los jueces aún se esforzaban en colocar marcas de agua, trucos como erratas diferentes en cada copia informática para disuadir o poder localizar al infractor. Ahora las copias digitales corren como la pólvora y llegan a los periodistas antes que a los propios abogados del procedimiento y esto ha sido así literalmente en el caso Volhov.

La cuestión es grave ya que estamos asistiendo a cómo magistrados aceptan la invasión indiscriminada y poco argumentada, prospectiva, de la intimidad en unas operaciones que buscan objetivos claramente políticos, pero también obtener información y documentación que pueda servir como arma en la refriega de partidos. Eso pasó, por ejemplo, con la instrucción luego archivada al delegado del Gobierno en Madrid, que obtuvo cantidades ingentes de documentación pública y pasa, desde luego, con la Volhov, en la que se ha arramblado con todo: móviles, ordenadores, tablets, relojes, correos electrónicos, archivos de la nube y lo habido y por haber. Cosa significativa es que fueran los fiscales los que insistieran en la desproporción de la violación de derechos que se proponía, en reiteradas ocasiones, y que el juez, llamado por la ley a proteger los derechos, tirara para adelante. ¿Pasará algo? No, y esa es una de las claves por las que este tipo de atropellos con barniz legal se producen y se van a producir cada vez más. Ya ven, un anónimo contando rocambolescas historias que un periodista sagaz hubiera tirado a la papelera, a todos nos escriben loquitos, sirve para destripar y airear la intimidad hasta de personas ajenas a la historia, eso sí, personas sospechosas por sus ideas independentistas.

Me da miedo que la ketamina nos enloquezca a todos. Ya verán como hay periodistas a las que no les gusta que yo diga esto, mas yo no quiero tener clics a base de violentar derechos. La llegada de las tecnologías digitales a un procedimiento obsoleto ha propiciado unos vacíos legales que han convertido todo el proceso de instrucción en un espectáculo mediático y eso no es sostenible en una democracia avanzada que pretenda respetar los derechos fundamentales. Empezamos hace 15 años consiguiendo que nos dejaran meter las cámaras en los juicios, que son públicos —y aún así había problemas— y hemos acabado viendo en directo las reservadas declaraciones en fase de instrucción grabadas por el propio juzgado. Ese es un procedimiento penal inexistente, inventado, público, exhibido, que no está en la ley y que tienen consecuencias.

El nuevo anteproyecto de ley de enjuiciamiento criminal nos promete regular la restricción de la publicidad de esas actuaciones y el empeño por proteger la presunción de inocencia, prohibiendo prácticas que la vulneren durante la instrucción. Esto es muy loable, pero lo será menos si no es capaz de encontrar la fórmula —técnica, coercitiva o ambas— que lo impida y si sigue siendo imposible que los magistrados tengan responsabilidad por su dejación en la protección de los derechos por los que están obligados a velar y si no se llega al fondo de lo que sucede en el interior de algunos cuerpos, que parecen haber escapado del control judicial para haber pasado a ser ellos los que mecen la cuna del procedimiento.

La ketamina inspira experiencias cercanas a la muerte, también de las democracias.

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