“La gente soberbia está tan ocupada en aleccionar a los otros que no tiene tiempo de pensar en sí misma(…) por eso cuanto más aleccionan a los otros, más bajo caen”

Lev Tolstoi

Alguien debe estar lamentando haber tenido un calentón. Lo malo de los calentones es que no dejan la cabeza fría y, por eso, te dejas llevar por la lengua y luego tienes que arrepentirte. A alguien, que no a cualquiera, le dio un calentón el día 31 de marzo antes del mediodía y “un segundo más tarde” ya no había forma de parar nada.

Les hablo del entuerto en torno a una notificación, vía mensajería instantánea, por parte del gabinete de comunicación del Tribunal Supremo que afirmaba taxativamente: “En el caso de que las Juntas de Tratamiento de las cárceles donde se encuentran los presos de la causa del procés acuerden su excarcelación para cumplir el confinamiento en sus respectivos domicilios, el Tribunal Supremo se dirigirá a cada una de esas juntas de régimen general y al director/a de los centros respectivos para que, a la mayor brevedad, expliquen el fundamento jurídico que justifica esa decisión e identifiquen de forma nominal a los funcionarios que han apoyado ese acuerdo. Ello se enmarcaría en la exigencia de responsabilidades penales por la comisión de un posible delito de prevaricación”.

Ya les dije hace una semana que era muy raro que, como respuesta a unas declaraciones en prensa de la consellera, se emitiera un comunicado de prensa asegurando que se iban a hacer cosas que no se podían hacer, pero aún no tenía claro cómo habían sido las cosas. Esas cosas tan raras y tan poco explicables que ha llevado a los representantes legales de Oriol Junqueras a presentar una querella —que precisa primero del esclarecimiento de la secuencia de hechos y de las personas que intervinieron— para llegar hasta el magistrado que pronunció esas palabras. Una vía penal que exige la admisión a trámite y las narices de un magistrado de Manresa para meterle el dedo en el ojo a la Sala Segunda. Por otra parte, la Associació de Juristes Drets se ha dirigido al CGPJ para, usando otra vía, intentar conocer cómo funcionó el gabinete de prensa en ese caso, que depende en última instancia de ellos, y quién les ordenó que emitieran ese mensaje.

Tendremos que esperar tiempo para saber qué información se deriva de esas iniciativas, aunque, por experiencia, no sé si podremos llegar a saber mucho de esa manera.

Ningún periodista que trabaje para un tribunal envía tal mensaje a un chat de periodistas sin tener la aquiescencia de su presidente

Yo, por eso, me he ido haciendo mi propia composición de lugar, porque no sé si saben que yo fui durante siete años una de las directoras de comunicación del CGPJ y, por tanto, tengo una leve idea de cómo funciona esto por dentro. Así que puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que ningún periodista que trabaje para un tribunal envía tal mensaje a un chat de periodistas sin tener la aquiescencia de su presidente. Ya ven, incluso si la fuente hubiera sido un magistrado de a pie del tribunal, tengo todas las dudas sobre que nadie se hubiera atrevido a hacerlo público sin permiso del presidente de la sala. Así al menos hubiera hecho yo. El calentón no fue del gabinete de prensa, eso ya se lo puedo asegurar. Son unos profesionales y saben que manejan pólvora de rey.

Y es esa certeza la que me hace reflexionar sobre el mensaje de fondo que debemos leer tras este episodio y que luego les contaré. Las reconstrucciones forenses no son mi ámbito, pero si tuviera que hacerles una recreación de lo que pudo suceder, de la secuencia del calentón, apostaría por lo siguiente: la primera boqueada de calor fue exhalada antes del mediodía, puesto que una prestigiosísima periodista de tribunales publicaba ya a las 12.21 que “un segundo después” de que las prisiones catalanas decidieran enviar a casa a cumplir el confinamiento a los condenados por el procés, el Supremo reaccionaría como no le competía hacerlo. Ella citaba fuentes del Tribunal Supremo y eso se traduce por “magistrados del Tribunal Supremo”. No hay otra. Podemos estar seguros de que ella habló con un magistrado. 

Tengo que deducir que el famoso whatsap del gabinete de comunicación, que se produce a las 13.10, es una especie de reacción a eso. Yo apostaría porque algunos periodistas al leer a su competidora llamaron para contrastar y el resultado es una información simultánea para todos en la que, de nuevo, se afirma que el Supremo hará cosas para las que no es competente y que nunca podría poner en marcha sin concurso de la Fiscalía. Me dicen que apenas una persona preguntó que cómo casaba eso con un 100.2 que no depende del tribunal sentenciador. En todo caso, pocos o ninguno publicaron tales dudas, sino que se lanzaron a amplificarlo sin que cupiera duda alguna de que iba a llegar a los oídos precisos. No sé si el del calentón no contaba con que la cuestión tuviera tanta relevancia o si lanzó el órdago precisamente para que quedara claro.

Hasta aquí lo que pudo suceder. Es mi hipótesis de trabajo. Puede que nunca lleguemos a saber exactamente lo que pasó. Recuerden la grabación que hablaba de una magistrada amiga de la Audiencia Nacional, que les había dado el soplo a unos encausados sobre la intervención de sus comunicaciones. La justicia, la pobre, no ha sido capaz nunca de descubrir quién fue, aunque trabajen codo con codo con ella. Aquí podríamos pronosticar lo mismo.

Vivir de una forma tan íntima, tan personal, tan interna, los avatares de un caso cuya sentencia has puesto y que no depende ya de ti ni es común ni es sano. Y esto es lo que nos dice claramente este episodio

La cuestión más relevante, a mi parecer, es lo que revelan el mensaje y el calentón. No cabe duda ya sobre algo que llevo meses escribiendo: el Supremo tiene una relación demasiado estrecha, demasiado visceral, con esta causa. Creanme, tampoco es lo común. Los jueces no viven estremeciéndose, clamando, ni rasgándose las vestiduras cada vez que una resolución suya es revocada o un juez de vigilancia —que sería el competente— da un permiso o toma decisiones respecto a sus penados. A veces, ya les digo, hacen un comentario y otras ni se enteran. Lo de vivir de una forma tan íntima, tan personal, tan interna, los avatares de un caso cuya sentencia has puesto y que no depende ya de ti ni es común ni es sano. Y esto es lo que nos dice claramente este episodio. Tan visceral es la relación con estos penados en concreto, que se reacciona a una intención hecha pública en un medio, lanzando un rayo destructor sobre las cabezas de funcionarios sobre los que no tienes jurisdicción, sin que se te mueva un pelo de la barba.

Por eso están haciendo correr para consumo interno, al que pregunta sorprendido, que no era una amenaza ni una comunicación oficial ni nada por el estilo, sino que se trató de un comentario hecho al desgaire que no debía haber sido publicado. Ya se imaginan que eso hace vaticinar que el marrón se lo comerán los funcionarios eventuales que conforman ese servicio de prensa, que aguantarán el tipo para no dejar al descubierto a quien les dio la autorización para difundir ese mensaje. Insisto, ni loco hubiera enviado un periodista de los que trabajan para el tribunal ese contenido sin permiso. Ni loco.  

Además de la visceralidad tenemos también un claro sesgo de parcialidad. No sabemos si finalmente el Europarlamento concederá un suplicatorio para Puigdemont y los demás que quedan por juzgar, pero, ¿alguien puede pensar que ese mismo tribunal no está contaminado, no ha mostrado que es muy poco imparcial, cuando se agarra estos calentones hasta con cuestiones que no son de su competencia? Todo atufa a prejuicio.

El calentón ha dejado al descubierto cosas que ya sabíamos.

Lo que ya no sé es por qué justo las juntas de tratamiento de las prisiones en las que se encuentran los presos del procés no han aplicado a ningún interno con un 100.2 el confinamiento en casa mientras que al menos 15 personas en esa circunstancia en otros centros han salido por ese motivo.

No vamos a pensar que, al final, les dio miedo una amenaza que no se podía cumplir. Eso tampoco sería muy profesional. 

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