En esta vida hay que tener prioridades, o dicho de otra manera: en esta vida tenemos que elegir, no podemos tener y hacer todo lo que deseemos. No lo digo yo, lo dice el sentido común. A simple vista, esta constatación podría parecer un hándicap y una losa en la espalda de los seres humanos —dicho en lenguaje callejero: una putada como un templo—, pero la verdad es que es justamente todo lo contrario: si lo tuviéramos todo, si todos nuestros deseos se hicieran realidad, la infelicidad y la depresión se apoderarían de nosotros y nadie daría ni golpe. Sin deseos, anhelos o aspiraciones nada nos empujaría a levantarnos de la cama y a movernos. Por lo tanto, insisto, en esta vida (la siguiente ya veremos, de momento solo tenemos asegurada esta), tenemos que escoger/elegir/optar/seleccionar/decidir (¡cuántos verbos para decir lo mismo, ¿verdad?! ¿Casualidad o indirecta para que empecemos a escoger?): ¿quiero estar soltera o quiero tener pareja; quiero tener hijos o no quiero tenerlos para tener tiempo para mí; quiero hacer una dieta sana o quiero comer tantas grasas trans y azúcares refinados como sea posible; quiero ser libre o quiero vivir sometida a los deseos de los demás; quiero ver la realidad o prefiero negarla y fingir que todo va bien; quiero ser catalana, quiero ser española o quiero fingir que es posible ser catalana y española al mismo tiempo; quiero ser una persona tolerante o quiero que todo el mundo piense y actúe como yo; quiero que la gente que me gobierna sea honesta o prefiero que me mienta cada día; quiero que las mujeres de mi país vayan tapadas de arriba abajo con un burka o quiero que sus cabellos vuelen con libertad…?
No puedo querer la libertad de las mujeres y al mismo tiempo aceptar que se bañen en burkini
Esto no significa que a lo largo de la vida no puedas cambiar de opinión o de prioridades, simplemente significa que elegir es necesario. De hecho, en muchos casos es imposible no hacerlo, la propia vida te hace decidir o decide por ti. Hay circunstancias que deciden por ti (cuando muere alguien que quieres o cuando te despiden del trabajo sin que tú lo hayas pedido, por ejemplo), básicamente porque vivimos en sociedad y no todo depende de nosotros: en una sociedad no solo están nuestros deseos y nuestras circunstancias, también están los y las del resto de la gente, y a menudo difieren. Hay deseos que son incompatibles, porque uno imposibilita el otro. A veces, satisfacer un deseo implica pedir a otra persona que renuncie al suyo (aquellas parejas en las que uno de los dos quiere tener hijos y el otro no, por ejemplo). Muy a menudo, una elección, por el simple hecho de haberla hecho, anula inmediatamente otra —por oposición o por incompatibilidad. Unos ejemplos para que se entienda mejor: no puedo estar casada y no estarlo al mismo tiempo; no puedo dar libertad total a mi pareja para que sea ella misma y al mismo tiempo no dársela por miedo a perderla; no puedo querer la libertad de las mujeres y al mismo tiempo aceptar que se bañen con burkini.
Así que, aunque no queramos elegir, a menudo nos toca hacerlo, o se nos impone la elección por más que nos resistamos. Y volvemos al punto de partida: escoger, decidir, elegir es necesario, es lo que nos deberían enseñar desde pequeños, en vez de intentar dárnoslo todo por la falsa creencia de que amar es satisfacer todos los deseos de las personas que amamos. Amar es poner límites, es decir que no, es enseñarnos que el esfuerzo da más recompensas que la inmediatez, y que la felicidad no es tenerlo todo, sino valorar lo que tienes y desear lo que no tienes sin estresarte y sabiendo que no tenerlo también te hace feliz. Los deseos, cuando se hacen realidad, se desvanecen, se convierten en un “tampoco es eso” (lo que me llena el corazón de alegría indefinidamente), y todo esto —en el mejor de los casos— hace que empieces a buscar una nueva zanahoria, que, una vez conseguida y mordida, te llevará a buscar otra nueva, y así hasta el día que te mueras, si tienes la suerte de ir encontrando zanahorias lo bastante golosas a lo largo del camino de la vida. Así que, compañeros de vida, tendríamos que estar contentos y dar gracias —a Dios, si eres creyente— por tener todavía tantos deseos no cumplidos.
