La figura francesa y eclesiástica que más me atraía hasta hoy era el cardenal Richelieu (Armand-Jean du Plessis), pero el historiador Daniel Roig, de la UB, me descubre cada verano nuevos personajes que se superan entre ellos. El desbancador de este mes ha sido Charles-Maurice de Talleyrand. Su biografía podría estar sobre la mesilla de noche de los políticos que quieren resistir, mantenerse y ver cómo van superando a los adversarios sin mover una pestañita. Ahora bien, políticos que tampoco se rasguen las vestiduras ante alguna inmoralidad, porque estamos ante un conspirador, cínico, inmoral, ambicioso y corrupto estadista, un poder en la sombra, una eminencia gris que sirvió a nueve regímenes políticos y los traicionó a todos. Él argumenta que "fueron ellos los que se traicionaron a sí mismos".

Este brillante seductor político, eclesiástico, obispo, agente inmobiliario, asesor, embajador e, incluso, ministro vivió muchos años, 84, que para una persona del siglo XVIII y en tiempos de cabezas cortadas no es una broma. Talleyrand, sobrino del arzobispo de Reims, se mueve en una de las épocas más convulsas de la historia de Francia. Asistió a la génesis de la Revolución Francesa y se escapó de la guillotina, pero también fue uno de los impulsores del éxito de Napoleón, hasta que acabó mal. Charles-Maurice Talleyrand no tenía ningún escrúpulo en avanzar por la derecha, por la izquierda o por donde hiciera falta a sus adversarios.

Cuando se tuvo que exiliar porque pintaban bastos, escogió primero Londres y después Filadelfia, y no tuvo ningún escrúpulo en pasearse por la ciudad con una de sus amantes, negra. Uno eclesiástico cogido del brazo de una señora en la Filadelfia conservadora de finales del siglo XVIII debió de ser una imagen no solo insólita, sino de escándalo mayúsculo, pero a él el escándalo le parecía el pequeño peaje para hacer lo que quería: saborear el poder.

Regresó a Francia, llegó a ministro de Exteriores mientras seguía siendo un gran conspirador y se enamoró de la joven Dorotea de Curlandia, que, pequeño detalle, era la mujer de su sobrino; además, él había propiciado la boda. También promovió la distancia de los esposos, ya que ella dejó al marido y acompañó a Talleyrand hasta el final de sus agitados días.

Dinero, mujeres —decenas de amantes— y poder fueron sus motores. En aquella época Francia era mayoritariamente católica, con bolsas de protestantismo significativas y con una sociedad dividida en estamentos, en que el clericato no era minoritario. Cojo, enfermizo, con una deformación en el pie, fue un auténtico superviviente. Talleyrand encarna la resistencia que no se consigue con la fidelidad, sino ejerciendo con altas dosis de cinismo la traición, ayudado por un alto poder de convicción y por una inteligencia brillante que lo llevaron a barrer todo obstáculo que pretendiera hacerle sombra.

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Míriam Díez
opinión Matusalén Míriam Díez