Aquel país que, según todos los analistas de la tribu y los corresponsales de TV3, tenía que quedar empobrecido y aislado del mundo después del Brexit, el Reino Unido, ha sido la primera nación del mundo a vacunar a una abuelita de la Covid-19 esta misma semana. El segundo estado que lo podrá hacer, nada más en pocos días, será aquella gran federación que, según los mismos intelectuales, también está dirigida por un payaso y tiene un sistema sanitario que deja morir a la gente en la calle porque no tiene dinero. Mientras los intelectuales nuestros escarnecen dos de los países más prósperos del mundo (que también son dos de las democracias más antiguas del planeta) con prejuicios falsos y arbitrariamente infantiles, el Reino Unido y los Estados Unidos liderarán el mundo en aquello que configura la primera tarea de cualquier sistema político: proteger a su ciudadanía y, ante todo, asegurar que pueda continuar viva.

En el lado opuesto de esta bella idea de la civilización –la de los países que llegan primero a la meta y donde las cosas, simplemente, funcionan– está Catalunya, una tribu que se ha pasado años y años publicitando negacionistas de un avance de la civilización tan indiscutible como son las vacunas. Ahora que la ciencia y el ingenio de los humanos seguirá salvando millones de vidas, ahora que la libre competencia y la economía de mercado ha hecho posible que muchas empresas se peleen para conseguir un producto salvífico a un precio ridículo y en un tiempo récord (después de gastarse millones de euros en investigación), ahora que todo eso ya es realidad palmaria me encantaría saber dónde se esconden personajes absurdos como la monja Forcades, esa pesada que nos inundó la radio y la televisión derramando tesis absurdas sobre la industria farmacéutica y teorías que sólo llevan a la miseria, la escasez y la muerte.

¡Recordad, amadísimos lectores, las lecciones que llegamos a aguantar de esta triste, pobre y desdichada canonesa, de esta inefable dardera que nos perforó la cabeza con su filosofía antisistema de pacotilla! ¡Haced el ejercicio de sumar todas las entrevistas, las tertulias y los inacabables reportajes que protagonizó la monja Forcades y su asquerosa brujería científica y económica, una biblia conspiranoica que los catalanes admiraron debido a esta igualmente horripilante obsesión suya de adorar a monjas y el prurito de ir contra el sistema que las legas suscitan a la tribu, una manía manifestada no sólo en la figura abyecta de Forcades, sino en esta chapucera llamada Lucía Caram, que es una sor argentina que se dedica a regalarnos lecciones de economía! ¡Habéis leído bien, una argentina conventual ofreciéndonos consejos sobre cómo erradicar el hambre en el mundo!

No tengáis miedo a la jeringa, que es la metáfora del sistema, del bello funcionar y de quien tiene la delicadeza de llegar primero a las cosas

Pensad, insisto carísimos amigos, en todas las horas que nos han hecho perder estas mujerzuelas nefastas, en la importancia que les hemos regalado, días y días de televisión que contrastan con los segundos que implican una simple inyección que contiene el milagroso y beatífico líquido del señor Pfizer, una sopita que no regala ninguna lección moral ni salmodias, sino que tiene la simple delicadeza de protegerte de un virus para evitar que mueras solo y ahogado en una cama. ¡Qué gran lección de la justicia divina, queridos conciudadanos, será ver como todos los que serían seguidores de la lega Forcades proceden, en estricta filia india y ordenadamente, a alzar la manga de la camisa para que entre el elixir curador con toda su gracia capitalista! Negacionistas, cupaires del Eixample, antisistemas diversos... va, tengan la bondad de ponerse cómodos y no se preocupen, que el pinchazo es un momentito de nada.

Evidentemente, todavía habrá quien acuse a Pfizer y a las empresas farmacéuticas de querer aprovechar la desgracia ajena para ganar dinero. ¡Son la misma peña que no tiene ni la más mínima idea de los ingentísimos recursos que hay que destinar a la investigación para que una medicina sea realmente efectiva, lo cual no sólo implica contar con (¡y alimentar!) los mejores profesionales del sector, sino también invertir en muchos caminos que acaban resultando fallidos o parcialmente erróneos. Pero, claro está, quien gane dinero, en esta tribu nuestra de monjas y moralistas, tiene que ser necesariamente un hijo de puta. Qué pereza, todo este resentimiento social, y qué beatitud, insisto, ver como al final todo el mundo acabará desfilando para que la varita mágica de la jeringa haga su cometido y todo el mundo respire más tranquilo, incluida gente pérfida y malvada como la señora Forcades y su corte de locos seguidores.

No tengáis miedo a la jeringa, que es la metáfora del sistema, del bello funcionar y de quien tiene la delicadeza de llegar primero a las cosas. Haced como los ciudadanos del Reino Unido y de los Estados Unidos, que a llegar tarde y a perder ya nos hemos doctorado. Y tú, monja Forcades, arrodíllate ante la belleza de la vacuna. Y reza para que llegue muy pronto.

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