Aliança Catalana no encontrará un candidato a la alcaldía de Barcelona hasta que su dirección no reconozca abiertamente —y con modestia— que los problemas de la capital de Catalunya no son los problemas de Ripoll. El circo que Pedro Sánchez organizó este fin de semana con los supuestos demócratas del mundo era una ocasión perfecta para recordar que el velo islámico es un peligro folclórico al lado de la presión cultural y psicológica que sufren los catalanes de Barcelona. Pretender convertir la ciudad en la capital internacional de la justicia social mientras se arrincona la lengua y los jueces de Madrid persiguen independentistas es de una perversión admirable.
En Barcelona, el enemigo principal de los valores occidentales no es el islamismo, sino los restos del franquismo que aún estructuran el poder
En Barcelona, el enemigo principal de los valores occidentales no es el islamismo, sino los restos del franquismo que aún estructuran el poder. El islamismo es un problema, pero el enemigo estructural es la élite castellanizada por la dictadura que usa la inmigración como herramienta de sustitución lingüística. Si decimos que el velo islámico amenaza la libertad de las mujeres, quizás deberíamos reconocer que los catalanes de Barcelona van con burka y que el PSOE es la rejilla por la que respiran. En Barcelona, la degradación, la inseguridad y el conflicto social siempre han venido de la misma obsesión de Madrid por dominar la ciudad al precio que sea. Nos podemos remontar al tiempo del pistolerismo, podemos ir hasta la construcción de la Ciutadella, o bien recordar la lucha por derribar las murallas. El enemigo ha sido casi siempre el mismo, disfrazado con discursos y excusas diversas.
En Barcelona llueve sobre mojado, y es difícil que Aliança encuentre un alcaldable como Dios manda si el partido no tiene presente la fuerza que el Estado hace cada día para desautorizar la catalanidad como actor político. En Barcelona el catalán se tiene que esconder: lo hemos llegado a encontrar tan normal, e incluso tan divertido —el barcelonés de pura cepa ha sido objeto de tantos escarnios—, que hemos dejado de darle importancia. Este fin de semana era un buen momento para que Aliança explicara la raíz de su problema. Bastaba con recordar que las izquierdas de Sánchez se aliaron con el ministro francés Manuel Valls para evitar que Ernest Maragall fuera alcalde de la ciudad. Y que, cuatro años después, cedieron a la presión de la rama más franquista del PP para impedir que lo fuera Xavier Trias.
En Barcelona la guerra se debe plantear con la misma radicalidad que en Ripoll, pero desde la profundidad genuina que la historia da a la ciudad. Si dos señores de Barcelona tan moderados como Maragall y Trias no pueden ser alcaldes porque son demasiado catalanes, no sé dónde se piensan que llegarán los chicos de Aliança haciendo la misma comedia que ellos. Hablemos de Maragall, que empezó su carrera en el ayuntamiento de Josep Maria Porcioles y sobrevivió al golpe de Estado de los castellanos del PSC que defenestraron a Raimon Obiols. Hablemos de Trias, que perdió las elecciones de 2015 casi expresamente y renegó de Jordi Pujol, mientras políticos sin patrimonio como Aznar o González se hacían multimillonarios —ahora leo que José Bono acaba de ampliar su palacio de Tánger.
Desde que Madrid encontró en la inmigración un sustituto a los bombardeos, Barcelona no ha hecho otra cosa que decaer y vivir del modernismo. Solo en el período del procés, cuando se vio que buena parte de la inmigración castellana simpatizaba con el referéndum, la ciudad revivió y empezó a salir en los estudios internacionales como uno de los lugares de Europa con más futuro. Ahora, gracias al 1 de octubre, se ve mejor que nunca que las izquierdas son la continuación del franquismo, un instrumento de dominación del país, más que de justicia social. También se empieza a ver que el problema de Catalunya es anterior a la independencia porque Barcelona es la capital espiritual de España, pero no en el sentido que podrían entenderlo los fascistas castellanos.
Solo hay que ver la geopolítica de Sánchez —quiénes son sus aliados y sus enemigos— para entender que el Tercer Mundo y los valores fanáticos mahometanos han venido siempre de Castilla disfrazados con la moda de la época. La democratización de España ha venido siempre de Barcelona, y en Madrid han acabado mirando hacia Barcelona cuando han caído al fondo del pozo porque España empezó en Barcelona, en la Barcelona catalana, en la Barcelona cristiana, en la Barcelona mediterránea, en la Barcelona europea, en la Barcelona occidental. La independencia era una forma más de reestructurar España. El socialismo es una manera más de devolverla al agujero del hambre y el conflicto donde la llevan siempre los castellanos con su ordeno y mando, y sus complejos de inferioridad.
Da igual que en València insistan en pasarse al castellano para disimular su catalanidad: Barcelona es la ciudad más española del Estado y es la capital de Catalunya, la nación de los catalanes. Es una cosa que los castellanos no podrán cambiar nunca con sus crueldades de pastor de cabras. Por eso siempre que intentan dominarla acaban haciendo retroceder a España.