Trump, Estados Unidos e Irán: cuando la teoría del loco deja de ser estrategia

Hay conflictos internacionales que cambian de formas, pero no de fondo. El caso de Irán y Estados Unidos es uno de los ejemplos más persistentes. Durante casi cinco décadas, diferentes administraciones estadounidenses han probado estrategias diversas —diplomacia, sanciones, acuerdos nucleares o presión militar— sin conseguir alterar de manera definitiva la trayectoria del régimen iraní.

El antiguo asesor de gobiernos de Estados Unidos y analista de la CNN, Brett McGurk, lo explica a partir de una lección extraída de otro conflicto. En Bagdad, en 2004, los servicios de inteligencia estadounidenses interceptaron una carta de Ayman al-Zawahiri, entonces número dos de Al Qaeda, dirigida a Abu Musab al-Zarqawi. El texto hablaba abiertamente de violencia extrema y de objetivos de largo alcance. En aquel momento, muchos analistas consideraron aquellas declaraciones como propaganda. Con el tiempo, una parte de aquel relato se materializó con la consolidación del Estado Islámico. La conclusión que extrajo McGurk es sencilla, pero incómoda: cuando actores políticos articulan objetivos ideológicos claros y demuestran disposición sostenida a la violencia, conviene tomarlos seriamente, aunque los resultados no sean inmediatos.

La política exterior de Trump, choca con la de Irán

Este marco de análisis se ha aplicado a menudo a Irán. Desde la Revolución Islámica de 1979, el régimen ha mantenido una línea ideológica estable, basada en la proyección de influencia regional y en la confrontación con Estados Unidos e Israel. Más allá de los cambios de presidentes en Washington o de los diferentes ciclos de sanciones, el patrón general se ha mantenido.

En este contexto aparece la política exterior de Donald Trump, marcada por una estrategia basada en la presión y la imprevisibilidad. Es lo que en relaciones internacionales se conoce como la "teoría del loco", un concepto popularizado durante la presidencia de Richard Nixon en plena Guerra Fría. Nixon creía que los adversarios de Estados Unidos —especialmente la Unión Soviética y Vietnam del Norte— actuarían con más prudencia si percibían que el presidente estadounidense era capaz de tomar decisiones extremas o imprevisibles, incluso arriesgando una escalada militar. La idea era generar dudas constantes sobre hasta dónde Washington estaba dispuesto a llegar.

Trump ha recuperado a menudo esta lógica, especialmente en la relación con Irán, Corea del Norte o China. Amenazas públicas, cambios bruscos de discurso y declaraciones difíciles de interpretar forman parte de un estilo que busca aumentar la presión psicológica sobre el adversario. A corto plazo, esta estrategia puede alterar cálculos y forzar movimientos tácticos. Pero el caso de Irán también muestra sus límites. Cuando el conflicto está sostenido por una estructura ideológica consolidada y objetivos de largo recorrido, la imprevisibilidad puede aumentar la tensión sin modificar necesariamente el comportamiento de fondo.

Una estrategia que no parece resolver conflictos

Durante los últimos años, Estados Unidos ha alternado momentos de presión intensa con intentos de reabrir canales diplomáticos, como el acuerdo nuclear impulsado durante la administración Obama. Sin embargo, ni las sanciones ni los acuerdos parciales han modificado de manera sustancial la conducta regional del régimen iraní. El resultado es un patrón recurrente: escaladas militares, periodos de tensión controlada y nuevas explosiones de conflicto. Israel, los grupos armados aliados de Irán en la región y la presencia militar estadounidense actúan como aceleradores de esta dinámica, que raramente entra en fases de resolución real.

Incluso las operaciones militares puntuales atribuidas a la administración Trump, como la eliminación de figuras clave de la Quds Force, han tenido impacto táctico pero no estratégico. Han debilitado estructuras, pero no han alterado el marco general del conflicto.

Hoy, con un Irán que mantiene su proyección regional y unos Estados Unidos que continúan oscilando entre la contención y la presión, la pregunta no es solo qué estrategia funciona mejor, sino si realmente existe una estrategia capaz de cerrar el conflicto en los términos actuales. En este escenario, la teoría del loco se revela menos como una solución y más como una herramienta limitada dentro de un sistema mucho más grande. Puede influir en decisiones puntuales, pero difícilmente modifica las lógicas profundas de un conflicto que, de momento, parece destinado a repetir sus propios ciclos.