La aburrida imagen de la jerarquía eclesiástica no encaja con el estilo de los líderes religiosos católicos estadounidenses. El nuevo arzobispo de Nueva York ha demostrado, desde su primer día de servicio, tener un formidable sentido del humor y ser un religioso desinhibido, poco rígido y bilingüe. Las cualidades de los líderes (empatía, capacidad de tomar decisiones, autoridad, acortar distancias, cordialidad) se demuestran en el día a día, pero se amplifican en momentos liminales como los de la toma de posesión.

En el día de su primera celebración eucarística como flamante nuevo arzobispo de la diócesis de la ciudad de Nueva York, en lugar de repetir lo que se espera en estos casos, y seguir un protocolo ya conocido, se detuvo, miró a los feligreses y les confesó que le martilleaba una melodía que no podía sacarse de la cabeza. Es una letra del cantante Bad Bunny, odiado por el presidente Trump. El hecho de que una misa en Nueva York sea en inglés y español ya es, de por sí, una noticia, porque la ciudad vive una dicotomía difícil de coser, dividida en dos mundos. Pero, si añadimos este detalle, que parece superficial, nos damos cuenta de que el señor obispo está dejando muy claras sus prioridades. Citar a Bad Bunny no es inocuo. Es el cantante que se ha enfrentado a Trump y que reivindica que América no son los Estados Unidos, sino todo un continente, donde hay una mayoría que habla español.

Un guiño a los católicos que coquetean con Trump y a los inmigrantes, para decirles que es uno de los suyos

Los asistentes a la misa rieron e, incluso, aplaudieron la ocurrencia del nuevo líder, que entonó: ¡Nueva York! Si te quieres divertir con encanto y con primor, solo tienes que vivir (¿a dónde?), un verano en Nueva York (¡Nueva York!). El obispo podría haber alabado la ciudad de Nueva York entonando cualquiera de las miles de canciones que ensalzan la ciudad por antonomasia, empezando por el famoso New York, New York, de Liza Minnelli. Pero, al citar a Bad Bunny, hizo una declaración de intenciones muy sutil, pero comprensible: un guiño a los católicos que coquetean con Trump y a los inmigrantes, para decirles que es uno de los suyos. Y por eso lo dijo en español.

Hicks encarna un perfil muy distinto al del poderoso cardenal que lo precedía, Timothy Dolan. Ronald A. Hicks, que tiene 58 años y, por tanto, no es mayor dentro del campo eterno de la jerarquía católica, y conoce el español, es firme en la defensa de los migrantes y se ha opuesto a las redadas antiinmigración impulsadas por la Administración Trump, sobre todo en Chicago. Fue misionero en América Latina y se engloba en la órbita del papa Francisco, que es quien lo ha nombrado obispo.

Más allá de su simpatía, el obispo es un hombre astuto. Ha recordado que la Iglesia no es un club nacional, ya que un club tiene sentido para servir a sus miembros, mientras que la Iglesia existe para salir y servir a todos. Su santo preferido es san Óscar Romero de El Salvador, que siempre decía lo fácil que era ser un buen pastor con aquel pueblo centroamericano. Lo asesinaron mientras celebraba misa el 24 de marzo de 1980. Romero, cuando recibió el doctorado honoris causa en Lovaina —dos meses antes de ser asesinado—, dijo que desde el principio “la fe cristiana y la actuación de la Iglesia siempre han tenido repercusiones sociopolíticas”. Y se refería a repercusiones “por acción u omisión, por la connivencia con uno u otro grupo social”; los cristianos siempre han influido en la configuración sociopolítica del mundo en que viven. El problema es cómo debe ser esa influencia en el mundo sociopolítico para que sea verdaderamente según la fe.

Romero, y Hicks es de la misma pasta, creen que el mundo de los pobres enseña cómo debe ser el amor cristiano, que ciertamente busca la paz, pero “desenmascara el falso pacifismo, la resignación y la inactividad; que ciertamente ha de ser gratuito, pero ha de buscar la eficacia histórica”, para decirlo con palabras de Romero, que estaba seguro de que trabajar con los pobres enseña que la liberación llegará no solo cuando los pobres sean meros destinatarios de los beneficios de gobiernos o de la misma Iglesia, sino “actores y protagonistas ellos mismos de su lucha y de su liberación, desenmascarando así la raíz última de los falsos paternalismos, incluso eclesiásticos”.

Con una canción aparentemente intrascendente, el nuevo arzobispo de la gran metrópolis norteamericana ha marcado en pocos minutos un rumbo muy leoniano y ha dejado claro que su santo preferido es Romero, un obispo que no callaba.