Cuando hacía secundaria —en una escuela religiosa, por cierto— un compañero de clase garabateó algo en mi mesa. “Monja”, escribió. Lo borré y no se lo dije a nadie. No me sentí insultada, porque ya entonces estaba lo bastante segura de mi sistema de creencias y de mis convicciones para discernir que “monja” no es ningún insulto. Me supo mal, sin embargo, que él lo hubiera usado con la intención de herirme. A lo largo de mi adolescencia y de mi juventud, en muchos entornos cercanos y no tan cercanos, tratar mi propia fe con naturalidad me ha hecho detectar enseguida el prejuicio en los ojos del otro. En el mejor de los casos, quizás ha sido una intuición autosugestionada por el miedo al rechazo. En el peor de los casos, los prejuicios han sido manifiestos y la libertad del otro de decir lo que le plazca se ha materializado en una libertad para atacar, o ridiculizar, o menospreciar lo que para mí era y es lo más importante. O de enviarme el mensaje de que no era digna de la fe que decía profesar. “Por ser católica, esto lo haces muy mal” es una cantinela que hemos tenido que escuchar demasiado. Los años en los que he sido adolescente y joven quizás han sido los años en los que la noción de Dios, o incluso la noción de la espiritualidad en abstracto, ha sido más infamada por la opinión pública del país. Si además te consideras parte de la Iglesia, la caricaturización y la manipulación informativa han sido totales e interesadas en muchas ocasiones.
Este cuestionamiento ambiental constante, a muchos de los que vemos cada día como una oportunidad nueva para tratar la divinidad, no nos lo ha puesto fácil. Tanto si hemos vivido esta hostilidad en el ámbito público como si la hemos vivido en el ámbito privado, los contextos en los que hemos presenciado cómo se trataba al católico de chalado, o de pedófilo, o de reminiscencia anacrónica, han dejado un poso en nosotros ideal para incubar resentimiento. Como la fe nos lega un sistema de valores y un anhelo de virtudes que son frontalmente incompatibles con el resentimiento, supongo que cada uno se lo ha trabajado como ha podido para ir limando amarguras. Y para ahorrarse la tentación del reproche. Existe una desconfianza, sin embargo, que, como mínimo en mi caso, no he podido quitarme de encima. Aun así, haber sido el chiste recurrente, la broma fácil y el corte de información que nunca hay que tratar con rigurosidad periodística, más que un resentimiento que nos hace débiles porque nos hace replegarnos sobre nosotros mismos, debe brindarnos el tipo de fortaleza para estar en el mundo sin depender de su validación del mundo. Quiero pensar que, del rechazo cargado, muchos hemos sacado una independencia y una robustez interiores que, a la larga, nos ha hecho más libres. Verdaderamente libres, de hecho.
Dios no es un “fenómeno” social, a pesar de que los medios lo traten así; no es una moda que pueda seguirse como quien nada a favor de la corriente
Con el trato que hoy dispensan los medios a la espiritualidad, procuro mantener una distancia prudente; la prudencia sí que es una virtud cardinal. Hasta ahora, me ha costado discernir cuál debía ser el lugar desde donde los católicos leyéramos el momento actual sin dejarnos llevar por el placer o incluso por el regusto de justicia de, finalmente, recibir lo que creemos merecer. Este miércoles, en RAC1, Jordi Basté —el mismo Jordi Basté que durante años ha leído las columnas religiosas de Jorge Fernández Díaz para cachondearse de ellas— entrevistó al hijo de Josep Martí Blanch, Josep Martí Bouis. Josep Martí hijo entró en el seminario, y al cabo de un año se retractó. En este proceso de descubrimiento, muchos lo acompañamos y sentimos que crecíamos con él. La entrevista se produjo en unos términos de respeto e incluso curiosidad absoluta que me hicieron plantear por qué ahora se nos dispensa el tipo de trato que durante tantos años se nos ha negado y cómo lo tenemos que recibir para poder jugarlo a favor nuestro. Y cuando digo a favor nuestro, quiero decir a favor de nuestra relación con Dios, que es lo único que será importante de verdad al final del camino.
G.K. Chesterton escribió que “las cosas muertas siguen la corriente: solo lo que está vivo puede nadar contra ella”. El tipo de atención que ahora nos ofrecen los medios es un bálsamo ilusorio al que corremos el riesgo de volvernos adictos y, por lo tanto, de acabar nadando con la corriente cuando el péndulo se mueva de nuevo. La distancia prudente con esta caricia interesada, la postura que nos permite priorizar nuestra relación con Dios por encima de la opinión externa que merece el hecho de que tengamos una relación con Dios, radica en la convicción de que Dios no es un “fenómeno” social —a pesar de que los medios lo traten así—, que no es una moda que pueda seguirse como quien nada a favor de la corriente: Dios es un tesoro. Y es un tesoro que no se puede comprar, que no se puede vender, con el que no se puede mercadear interesadamente. La relación que aspiramos a tener con Él queda por encima de los aplausos, y de las adulaciones, y de la admiración impostada, igual que, en su momento, quedó por encima del insulto, y del rechazo, y de la mentira.
De adaptar la fe a cada contexto, solo sacaremos una sensación de fragilidad y de exilio de nosotros mismos castradora. Y además, haciéndolo así, correremos el riesgo de ir construyendo un producto espiritual que sea amable y moldeable a las modas, en vez de ofrecer una puerta abierta al mensaje de Cristo, que es invariable y está por encima del tiempo. Igual que aquel momento político, y social, y espiritual nos sirvió para mantenernos fieles, ahora que la aprobación y la validación colectivas son más golosas que nunca, esta misma fidelidad es la que nos debe servir para no volvernos esclavos de la atención, del elogio, y de los enaltecimientos. Esto es, para mantenernos vivos en términos chestertonianos y plenamente libres en términos cristianos. Los fenómenos van y vienen, pero la presencia de Dios es eterna; los fenómenos pasan, pero el Amor no pasará nunca.
