Roma, Moscú, París y Budapest forman parte del imaginario de las mejores ciudades literarias y artísticas del planeta. Y desde hace unos años, desgraciadamente, son parte de un mapa de populismos y extremismos que incorpora el elemento religioso en su discurso. Partidos de derechas han decidido hacer un uso aberrante del cristianismo y situarse no en la línea de hacer propuestas sino a la ofensiva: contra el Islam, la migración, la modernidad. Jean-Claude Hollerich, que preside a los obispos europeos, lo define como el nacional-catolicisme, y aquí ya sabemos cómo suena, esta palabra. Es un virus, no sólo católico, que infecta la política e instrumentaliza la fe. El periodista y escritor Iacopo Scaramuzzi, que de estos temas sabe mucho, lo ha encapsulado en un relato fascinante, por ahora sólo en italiano, titulado Dio? In fondo a diestra, un libro que recorre los pasillos de Washington, de Brasilia, del norte y ahora ya de toda Italia para desenmascarar el porqué de esta furia política que amalgama vírgenes, crucifijos, invocaciones al Evangelio y todo tipo de estrategias para situar la fe en medio de discursos excluyentes.

Los manipuladores tienen nombre y conexiones ideológicas internacionales. Salvini en Italia, Trump en los Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil, Orbán en Hungría, Putin en Rusia, Le Pen (esta es una mujer) en Francia. Salvini ha conseguido que el enemigo de la época de Umberto Bossi de la Lega Nord ya no sean los "terroni", los italianos del sur. Ahora ya son directamente los otros, los "no italianos", los inmigrantes. No se trata de un cristianismo cultural como el que pregonaban los fundadores de Europa, de Schumann en De Gasperi. Aquel era un cristianismo esponjoso, que reconocía un legado innegable histórico y cultural, no siempre irénico, pero presente en la lengua, la cultura, la música, las tradiciones, la gastronomía. No. La de ahora es una versión cristiana chapucera y combativa, excluyente y peligrosa, acultural, que chafa al otro por el hecho de ser otro. Su enemigo número 1 es el Papa, que no se cansa de hablar de este fenónemo en su contra.

Este tipo de fanatismo político-religioso no equivale, a pesar de tener conexiones, a las 3 efes de Portugal: fado, fútbol, Fàtima. Aquí estamos ante una estratagema de dimensiones globales que se encuentra muy cómodo con el nosotros y vosotros, con la narrativa empequeñecida de patriotismos esmirriados, que no saben qué es la interculturalidad y por no saber desconocen sus propias raíces incluso familiares. Por no decir la ignorancia que exhiben desconociendo qué dicen los textos bíblicos sobre el extranjero, la acogida del migrante o la opción preferencial de Dios por los pobres. Lo que dibuja Scaramuzzi es que en estos planteamientos neofascistas los protagonistas no provienen de experiencias de fe normalizadas, vividas en comunidad. Se trata de conversiones o seguimiento de gurús que han inspirado el desvelo religioso de los líderes políticos. Gente radical que los ha radicalizado y los ha animado a utilizar la religión como elemento complementario en sus ideas fascistas.

La de ahora es una versión cristiana chapucera y combativa, excluyente y peligrosa, acultural, que chafa al otro por el hecho de ser otro

Ante el miedo de la gente, las soluciones identitarias y tradicionalistas responden a las angustias de la población. "Primero, nosotros", es el mantra que utilizan. En los símbolos religiosos encuentran una especie de respetabilidad y tradición que les va bien en circunstancias de incertidumbre y desconcierto global. El antídoto al virus, para el autor Scaramuzzi, es el que propone el papa Francisco: superar la estrechez ideológica que pasa sobre las personas. El Papa no demoniza los populismos, y entiende las motivaciones y el diagnóstico, pero no comparte que estas angustias deriven en actitudes extremistas, xenófobas y poco humanas.

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