Hoy me he sentido importante. Apenas estaba el campanario tocando las seis de la mañana cuando he bajado, como un pedazo de gamo, a comprar pan, y don MMM, el Mosso Miquel Maria, se me ha cuadrado en cuanto me ha visto, dándome marcialmente la bienvenida. A continuación me ha informado de que tenía la situación bajo control, que la noche había pasado tranquila y fresca, que estaba en condiciones de asegurarme mi integridad física. Ah, pues mira qué bien. Le he dado las gracias y le he encajado la mano, solemnemente. Es la moda de nuestro tiempo, en cuanto ves a un poli le tienes que sacudir el brazo con moderada energía. No es necesario que le abraces, sólo hay que escenificar el vínculo indestructible entre la gendarmería y la población civil, que dejes claro que somos un solo pueblo, que tenemos un nombre y lo conoce todo el mundo, etcétera. Es una manera como otra de recuperar la autoestima, de justificarte cuando eres uno de esos dos hombres adultos que se encuentran, absurdamente, plantados en mitad de la calle a las seis de la mañana, cuando todavía no circulan ni los gatos. Don MMM ha vuelto a saludarme y ya no miraba al vacío sino al móvil que le mantiene permanentemente informado, como nos pasa a todos los enfermos de la información. De modo que yo también me lo he sacado mientras me proyectaba, como una saeta, hacia el horno de pan.

Se ve que los Mossos permitieron acceder a Travessera a un grupo de fascistas que tiraban petardos y vapuleaban a personas pacíficas que se iban encontrando

He recuperado un abatido tuit de Enric Casasses, del poeta, de ayer a las 22:53h, que también fue al campo del Barça, donde vimos los enfrentamientos con la policía desde diferentes perspectivas. Dice así: “Y tsunami iba bien hasta que a las ocho y tres minutos un grupo de unos treinta fachas han entrado a toda hostia, repartiendo, hacia el lugar de la proyección [de imágenes] que estaba a punto de empezar, en seguida llegó la poli, como si lo supieran, y el lío ha ido creciendo…". Se ve que los Mossos permitieron acceder a Travessera a un grupo de fascistas que tiraban petardos y vapuleaban a personas pacíficas que se iban encontrando. Dicen, eso dicen. La verdad es que treinta fachas acompañados de la poli son muchos fachas, de cualquier manera. Si estuviéramos en otra época, para exhibir la indignación que ahora llevo dentro, debería coger el periódico con la noticia del nuevo abuso, lo habría estrujado y lo habría tirado displicentemente. Quizá incluso al suelo, porque cuando estás tan indignado y eres de una época pretérita no tienes demasiada sensibilidad ecológica. Pero como estamos en la época en la que estamos, no he leído ningún periódico de papel. Lo estaba viendo todo en el móvil, que luego me he guardado delicadamente en el bolsillo, que no se me rompa o deberé leerme las nubes, si es que pasan. He dado unas cuantas vueltas hasta que he encontrado un bar abierto y he entrado a tomar un café negro. Estábamos la camarera, Montse, y yo, solamente. He continuado mirando el móvil. He pegado un suspiro, por hacer algo, que nadie ha oído, que otro trabajo tiene la gente levantada a esa hora. De repente me he puesto a mirar hacia afuera, a la calle, a ver si pasaba alguien, o si pasaba algo. No he tenido suerte. Nada. Como no mueva el culo yo, me parece a mí que no. Allí me he quedado, distraído, calmoso, mientras he empezado a ver cómo se iba haciendo de día. Muy poco a poco, a paso de caracol.

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