Esta epidemia fuera de control en Madrid es un bonito símil, algo así como una metáfora a la que se le puede sacar mucho partido. El Madrid desbordado por el pánico, la capital devorada por el virus coronario, está llena de bonitos símiles que todo el mundo puede ver y deducir, de alegorías que nos recuerdan que, cuando la literatura no imita a la vida, entonces va la vida y es la que imita a la literatura. Por supuesto, el Madrid enfermo de hoy está lleno también de ecos como el de la peste de Orán, la peste que protagoniza el famoso libro de Albert Camus. Novela y ciudad juegan al escondite, ciudad y novela están hoy mirándose de reojo, mientras se busca a alguien para lincharle un poquito o bien un agujero individual por el que huir. El flagelo del coronavirus avanza y la presidenta Isabel Díaz Ayuso acusa de la infección a los independentistas catalanes. El coronavirus se corona rey y el telepredicador Fernando Simón se desviste de neopreno como la sirenita de Andersen, que así lo retratan en una barca en Mallorca.

En Orán como en Madrid suena repetidamente la canción de Louis Armstrong St. James Infirmary, una canción de amor y de muerte, tan antigua como la raza humana. Cuando el miedo de mal morir se hace amo de todo se acaba negando la realidad, una realidad que siempre es más terca que nosotros, y así van apareciendo las ratas por las escaleras, por los rincones, royendo, ya las habréis visto. Los ojos, subrayados por el tapabocas reglamentario, intensifican las miradas de nuestro pánico mudo, amordazado. Es el tiempo de la cárcel y del exilio para todos, del exilio y de la prisión en casa. Es el tiempo en que aparecen las promesas más falsas, las quimeras que la mayoría quiere creer y así poder dormir al menos un poco. En La peste de Camus aseguran que los sueros contra la enfermedad llegarán esta misma semana, sin falta, y en España dicen que la vacuna contra el virus estará disponible en diciembre, especialmente para la población de riesgo. Cuando, inesperadamente, sale una infección que puede acabar con todos nosotros, algunas personas pronto comprenden la situación. Y lo que pasa es no sólo nos amenaza la nueva enfermedad, sino que el virus coronado o el bacilo de la peste acaba incrustándose, combinándose, aliándose, a otras epidemias endémicas, a otras epidemias más cotidianas. Epidemias como el delirio religioso de algunos que pretenden redimirnos, como el negacionismo pueril de otros que nos quiere iluminar, o el egoísmo insolidario de los parásitos sociales que quieren enriquecerse con la desgracia ajena. Cuando aparecen juntos, o por separado, los jinetes del apocalipsis, por amor propio de los humanos también abunda el amor más silencioso y sereno, el idealismo más cínico, la rebelión de los descontentos, la burocracia del colapso administrativo. La peste es la vida, como lo es también el virus coronado, al igual que la estupidez humana es terca e infinita, una sarna que nunca nos quitaremos de encima. En los momentos comprometidos, en las situaciones límite, el tiempo se acelera y se puede contemplar, como si fuera una aurora boreal, lo mejor y lo peor de lo que es capaz el ser humano. Nos vemos a nosotros mismos ante un momento realmente crítico. Qué extraordinaria universidad de la vida es esta pandemia y cómo nos vamos conociendo todos muchísimo mejor.

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