Ahora que sólo le quedan pocas semanas para conseguir el sueño de su vida, que era ocupar el Despacho Oval de los presidentes norteamericanos, Joe Biden no ha dado todavía señales muy claras de cómo piensa gobernar: ¿Será el presidente conciliador que da la mano a los que han votado a favor de Donald Trump para llegar a la "gran reconciliación" nacional que tantos piden? ¿O se dejará llevar por los elementos más extremos de su partido que todavía creen que el pueblo norteamericano desea un giro político espectacular con programas sociales y fuertes subidas de impuestos?

Es bien seguro que habrá un talante diferente en la Casa Blanca, porque Biden se ha dedicado a presentar compromisos toda su vida política y, aunque finalmente no los respete o tome posiciones inesperadas, su tono no tendrá nada de ver con los ataques personales de Trump contra sus rivales políticos.

Lo que no sabemos —ni podremos saber hasta el 5 de diciembre— es qué política seguirá, no tanto pora lo que él prefiera hacer, sino por la fuerza que tendrá —o no— el sector más progresista del Partido Demócrata. Igual que los republicanos, que están divididos en grupos de ideología tan diferente que a veces los demócratas tienen votaciones más conservadoras que los republicanos, o al revés.

A menudo es por razones geográficas: tradicionalmente, el norte del país era de izquierdas, todo el contrario del sur, de manera que un republicano del norte era más progresista que un demócrata del sur.

Estas divisiones se deben a la historia y al tipo de inmigración que ha habido en este país, pero cada vez se van diluyendo más por la uniformidad que provocan los medios nacionales de información y la facilidad de viajar.

La conducta política de Biden se podrá prever el 5 de enero, con las elecciones de dos senadores de Georgia. De hecho, un solo senador tendrá en sus manos la orientación de la política americana en los próximos dos años porque un solo escaño determinará cuál de los dos partidos tiene la mayoría en el Senado.

En estos momentos los republicanos tienen 50 de los 100 escaños. Si se quedan así, estarán en minoría porque los senadores serán 50-50, pero en las votaciones importantes se puede añadir como presidente de la Cámara al vicepresidente del país, en este caso la demócrata Kamala Harris.

Pero si los republicanos ganan un escaño mes, tendrán la mayoría senatorial que, a pesar de ser mínima, les da ventajas muy importantes: controlar las comisiones, proponer leyes y limitar la capacidad presidencial.

Por lo que a política exterior se refiere, la Constitución establece que "el presidente se encargará de los asuntos exteriores con el consejo y el apoyo del Senado", pero con o sin apoyo, Biden no tiene muchas alternativas internacionales: no puede acercarse a Irán, gobernado por un régimen que ha hecho del antiamericanismo una razón para su existencia. Tampoco puede alejarse de Israel, por mucho que no esté de acuerdo con medidas tomadas por Trump, como llevar la embajada americana a Jerusalén. O mejorar mucho las relaciones con China, ahora que el país ha perdido la simpatía de millones de norteamericanos.

Queda más margen con la política interna, donde Biden parece tener las manos atadas si los demócratas no ganan en el Senado, pero posiblemente lo prefiera: Si preside un gobierno monocolor, los extremistas del Partido Demócrata presionarán para imponer reformas que muchos norteamericanos consideran utópicas y que servirían especialmente para profundizar en las divisiones que ya hay en la sociedad norteamericana.

Después de unos resultados electorales mucho peores para los demócratas de lo que ellos se esperaban, los sectores más progresistas no hacen mucho ruido, aunque los más radicales han vuelto a sus propuestas de impuestos confiscatorios y gastos públicos desbocados.

Biden y las figuras con más años en el partido saben que estas propuestas no son populares y tendrá que hacer muchos equilibrios para mantener a los moderados y a los radicales dentro del partido y, al mismo tiempo, atraer a los que abandonaron a los demócratas para seguir a Trump.

Con un Congreso totalmente demócrata, es probable que los republicanos vuelvan a ganar escaños y Biden se podría encontrar con que dentro de dos años, cuando hay elecciones legislativas, que tiene todo el Congreso en contra de él.

No sería nada de nuevo: Bill Clinton perdió la mayoría que durante décadas los demócratas habían tenido en la Cámara. Lo mismo le pasó a Barack Obama. Los dos pudieron gobernar y conseguir cosas importantes.

Si Biden tiene capacidad de maniobra, además de seguir una política exterior tradicional —la única que de todos modos puede hacer— intentará recuperar a los seguidores habituales del Partido Demócrata, es decir, la clase trabajadora, que lo ha abandonado cuando el partido ha quedado bajo el control de las élites intelectuales y urbanas.

De cualquier manera, empieza el plazo con dificultades de imagen, porque los republicanos recordarán a todo el mundo cada día que las vacunas anti-Covid se desarrollaron y pusieron a punto de manera acelerada bajo la presidencia de Trump, como también aprovecharán cualquier problema económico para señalar la diferencia con los buenos tiempos anteriores.

Al mismo tiempo, con la ayuda de los medios informativos que están a sus pies, tiene buenas posibilidades de cambiar estas percepciones y convertirse él en el gran salvador de los enfermos del país y de todo el mundo —y también en el hombre que ha liderado la recuperación económica que todo el mundo espera.

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