Un espectáculo de cinismo, un acto de prepotencia imperial y un desprecio absoluto, desacomplejado y desvergonzado por la identidad y la historia reciente de Catalunya. El numerito que ha montado Pedro Sánchez en Barcelona con su aquelarre de progres oxidados sería un acto más en su carrera de montar numeritos internacionales para hacer olvidar su incapacidad para gobernar su propio país y las miserias que acumula. Al fin y al cabo, su mago en la estafa y la distracción.
Pero hacer la cumbre en Barcelona para vender la capital catalana como altavoz de los pueblos —una vez ha sido domesticada, peinada y arreglada, después de las tentaciones independentistas— es el colmo de la poca vergüenza. Lo diré en palabras del president Puigdemont, que lo ha expresado con precisión en X: "En el país más apaleado por la 'democracia' española; en el país donde vive la gente más perseguida por el Estado profundo; en la ciudad donde se han producido durante años las manifestaciones pacíficas más grandes de toda la Unión Europea pidiendo independencia y democracia; en el único lugar donde España ha disuelto un Parlament a golpe de decreto y destituido a todo un Govern, encarcelado a activistas, manifestantes y líderes políticos y sociales... tienen la poca vergüenza de venir a pavonearse delante de unos cuantos líderes internacionales, todos de la misma cuerda, para hablarnos de democracia y progreso". Uno tras otro, los líderes de la izquierda más desfasada (algunos de ellos fallidos en su propio país) han hablado de cosas tan bonitas como autodeterminación, soberanía, dignidad de los pueblos y los sursuncorda de las bondades de los pueblos oprimidos, con maese Illa como rey de la concordia y con Pedro Sánchez como líder liberador. Ellos, que bendijeron y aplaudieron la represión del Primer d’Octubre. Ellos, que votaron con toda la escoria de extrema derecha en todas las cuestiones que afectaban al procés catalán. Ellos, que enaltecieron a los engendros que se manifestaban contra el derecho a la autodeterminación. Ellos, que avalaron los juicios contra los líderes catalanes, la prisión y el exilio, tanto como avalaron la intervención de nuestras instituciones y el vaciamiento de nuestra soberanía. Ellos, que se aprovecharon de la situación de represión para conquistar el poder catalán. Esos dos convierten a Barcelona en la voz de los pueblos…, siempre que no se trate del pueblo catalán. ¡Santos bemoles! Para decirlo con toda la vulgaridad y pidiendo perdón a mi madre: no se pueden mear más en nuestra cara.
La libertad de los pueblos..., si no es el catalán, o ninguno de los que ponen en peligro sus intereses más espurios. ¡Mentirosos! ¡Cínicos! ¡Sinvergüenzas!
Y no solo el catalán, porque ahora mismo Sánchez acaba de venir de dar besitos al presidente de China, el mismo que está destruyendo al pueblo tibetano, ha enviado a más de un millón de uigures a campos de trabajo forzado y se quiere zampar Taiwán de un bocado. La libertad de los pueblos..., si no es el catalán, o ninguno de los que ponen en peligro sus intereses más espurios. ¡Mentirosos! ¡Cínicos! ¡Sinvergüenzas!
Y, mientras montan sus saraos de progresía rancia e hipócrita, en Catalunya van haciendo trabajo. Un trabajo persistente, silencioso, al estilo de aquel ministro de Felipe V, en la época del Decreto de Nueva Planta, que hizo una instrucción para imponer el castellano en nuestro país con el matiz “que se consiga el efecto sin que se note el cuidado”. Objetivo: hacer desaparecer el carácter nacional de Catalunya para dejarla reducida a una región ordenada, controlada y adecuadamente españolizada. Ahora le toca al Centre d’Història Contemporània de Catalunya, fundado por Josep Benet en 1984 para recuperar la memoria histórica de Catalunya después de la dictadura. Este centro ha sido de enorme importancia para el estudio y conocimiento de la represión, el exilio catalán, el nacionalismo y el catalanismo político, el papel de la Mancomunitat y la Segunda República y, en definitiva, la historia viva de Catalunya para mantener su identidad. Tal vez por eso, “sin que se note el cuidado” la Conselleria de Cultura ha dejado sin presupuesto el CHCC con el objetivo de desmantelarlo completamente y fusionarlo con el Museu d’Història. La partida que figuraba en el borrador de los presupuestos de Illa era meridianamente clara: cero euros. Lo que significa, como aseguran los promotores del manifiesto en apoyo del Centre (que ha recibido el apoyo de cuatro presidents de la Generalitat, dos presidentes del Parlament y siete consellers), que “no habrá dinero para abrir y cubrir la plaza del técnico-historiador, ni para la biblioteca especializada Josep Benet, ni para nada”. Es decir, Illa tiene la intención de desmantelar un centro que justamente se dedicaba a estudiar la represión que ha sufrido el pueblo catalán. En este sentido, pensar en la figura infatigable en favor de la memoria histórica de Josep Benet, y preguntarse qué sentiría ahora, duele.
La desaparición del Centre d’Història Contemporània (si se acaba produciendo) será la última de muchas. Aunque Salvador Illa hace poco que está en el Govern, y no se le conoce ningún gran proyecto para el país, es, sin embargo, enormemente eficiente en la capacidad de desnacionalizar Catalunya, paso a paso, gesto a gesto. Por eso la cumbre de Barcelona es un monumento al cinismo: el hombre que quiere destruir la identidad milenaria del pueblo catalán se jacta de defender los derechos de los pueblos. No puede haber más desvergüenza.