Frecuentamos nuestras intervenciones en el negocio de opinar diciendo que la política es eso o eso otro o aquello de más allá. Cierto. La política son muchas cosas. La buena. La otra, la grosera, la primaria, la sectaria no es nada; como mucho es algo más o menos edulcorado.

Convendrá el lector que la política es, también confianza. Es decir, la capacidad que despliega un político -mejor todavía, un sistema- de generar adhesión porque es razonable lo que se dice oficialmente y se ve consecuentemente que se llevará a cabo. Todavía no sabemos que pasará, pero quien habla o la institución de la cual sale la afirmación, la promesa o el enunciado genera confianza. Lo genera porque es creíble.

¿Qué pasa cuando el político, o el sistema que representa, no genera confianza, ya sea por mala fe, por puro engaño, por ocultación, por incompetencia, por ignorancia...? Da igual si es el político o la institución, el sistema que no genera confianza se vuelve ineficaz, lo que tiene como consecuencia algún hecho lamentable, porque la confianza no ha sido ganada sino perdida.

Como si fuera la ruleta de la fortuna cojamos al azar una semana. Por ejemplo, la que mañana acaba. Cojamos un país, también al azar. Sale la bolita de España. Y mira por dónde, quien la representa es su gobierno actual. Un día, con uno sólo habrá bastante, también nos lo dará el bombo de la desgracia. Miércoles, mira por dónde.

Hemos discutido mucho -hemos perdido mucho tiempo- sobre la primacía de la razón de las decisiones en la pandemia. ¿Prima la economía? ¿Prima la política? ¿O la base de cualquier toma de decisiones tiene que ser la ciencia? Parece que la respuesta correcta es la última. Ya hemos visto qué ha pasado donde ha primado la economía (Reino Unido), la política (EE.UU. o Brasil). La ciencia es la salida, siendo conscientes que de lo que hoy por hoy sabemos de virus es muy poco, ya que es, para los investigadores y clínicos, un recién llegado. Pensad que para el sida, vieja conocida, todavía no hay vacuna y ya hace más de 35 años que convivimos con ella y ha provocado más 25 millones de muertes.

Muchos de los errores, especialmente al inicio de la amarga sorpresa de la pandemia fueron debidos al desconocimiento: las formas de transmisión del virus, de contagio, la emergencia de vencer la curva, de la falta de respuesta médica adecuada por falta de medios humanos y materiales... Vaya, que quien nos tenía que guiar, de dar fundamento razonado a la respuesta institucional, estaba bastante perdido. Absolutamente normal y nada censurable.

Ahora bien, qué confianza puede merecer quien nos dice esta semana que, cuando no se recomendaron el uso de mascarillas por ser innecesarias, nos engañaron, como el propio portavoz epidemiológico monclovita ha reconocido. En efecto, ha manifestado que no se recomendaron porque no había. Esta actitud, la de negar la eficacia de uno medio, nada tecnológicamente puntero por otra parte, ¿podía ser hija de su inexistencia o escasez? Eso no genera confianza, nada.

Otra bolita. El mismo miércoles. El presidente Sánchez disfruta de los apoyos de que disfruta. Por partidismo, por táctica, por estrategia, por lo que sea, sus apoyos parlamentarios para aprobar las renovaciones del estado de alarma disminuyen.

Sin embargo en los últimos quince días la mayoría presidencial ha pasado a la fase de geometría variable. Ya no están ni ERC ni Compromís. Ha añadido, sin embargo, a Ciudadanos. Y Bildu lo ha fortalecido con un pacto sobre la reforma laboral, suscribiendo la decisión programática de la investidura de derogar la contrarreforma de Rajoy de 2012, punto 1.3.

¿Cómo ha conseguido la Moncloa (no los partidos que ahora lo ocupan, sino el gobierno como tal) este cambio de alianzas? Lo ha consiguiendo pactando. Hasta aquí nada. La política es pacto. Es un método validísimo en democracia, quizás el mejor de todos. Con una condición, eso sí, que se haga con transparencia.

Pues bien, la quinta prórroga parlamentaria del estado de alarma ha sido todo menos transparente y, por lo tanto, sean cuáles sean los suscriptores del pacto de prórroga, es democráticamente espuria.

En efecto, consta que mientras el gobierno de Madrid intentaba manchar el pacto con Ciudadanos, reeditando el acuerdo de la cuarta renovación, estaba negociando a espaldas de todo el mundo, pero fundamentalmente de los que eran sus contrapartes, es decir, el partido que pierde miembros en abundancia y Bildu. Es más, se pidió a la formación abertzale que no dijera nada hasta que se ganara la votación. Para acabar de arreglarlo, ni siquiera la vicepresidenta económica sabía nada del pacto, ni la ministra de Trabajo, ni los sindicatos ni las patronales. Y, por si faltara algún elemento vodevilesco más, a las diez de la noche del miércoles sale un comunicado del PSOE haciendo una nota aclaratoria sobre el alcance de la expresión reforma íntegra, como dice el pacto, que no, que no es íntegra. Y a partir de aquí lluvia de reproches en el seno del gobierno más progresista de la historia.

Es cierto que la política hace extraños compañeros de cama, pero cuece en los ojos que los arrimadistas apoyen ahora a Sánchez de quien han dicho barbaridades que sólo la inmunidad parlamentaria deja impunes. Y más cuece aunque PSOE-UP pacten la reforma laboral con Bildu a cambio de concesiones especialmente de financiación foral y a espaldas del PNV. Por este motivo afirmó ayer su presidente, Ortuzar, que la confianza con el gobierno de Madrid está con la luz de reserva encendida.

Si, como parece estos pactos son, además, para, como mínimo, poner nerviosos a los que hasta ahora parecían socios, y más acercándose el periodo electoral en Euskadi y en Galicia, esta curva tiene toda la pinta de apuñalamiento con alevosía.

Pero eso tiene consecuencias, además de las que pueda tener sobre los actores políticos -a veces, hay que reconocerlo, llorica en exceso- sobre la ciudadanía. En efecto, los ciudadanos podemos legítimamente pensar que, si "entre ellos" se tratan así, sin respetar la palabra, desdiciéndose sin descanso, como nos tratarán a los que estamos fuera de la controversia política. Lisa y llanamente: con comportamientos así (recuerden, sólo de un día escogido al azar) la confianza ni está ni se la espera.

P. D. Unas escasas líneas sobre la reforma laboral de Rajoy del 2012. Fue adoptada sin consenso. En este sentido no se ve la razón ni lógica ni política para que lo que fue introducido sin razones, no vaya a ser revertido de la misma manera: por la fuerza de la mayoría parlamentaria y no hay más.

Fue una reforma laboral que tiene poco que ver, se diga como se diga, con el régimen de los países no neoliberales de nuestro entorno. Y, y eso ya es el colmo, uno del sus inspiradores en dictámenes y encargos patronales y gubernamentales, fue quien sería después magistrado del Tribunal Constitucional, incluso su presidente. Recordad que escondió su condición de militante del Partido Popular y, sin ambages, votó a favor de la constitucionalidad de dicha reforma.

Claro está que como la justicia es lenta, pero no necesariamente injusta, su intento de ser magistrado del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo fue tumbado de forma aparatosa, y quedó último. Y todavía antes el tramo español de la propuesta de ser anulado por el Tribunal Supremo, le habían hecho un traje a medida, para que jubilación no le cogiera, de ser escogido, en pleno mandato y hubiera tenido que dejarlo.

Bien. Tendríamos que estar ahora debatiendo de la desreforma laboral y, una vez más, el inútil humo de virutas que enturbia la visión, marea e incentiva a decir "ya se arreglarán".