En el fondo, este desacuerdo acordado que hace tres meses pasean por el país Junts pel Sí y la CUP consiste en que los unos no quieren cargar con el muerto del posible adelanto electoral y los otros no encuentran como venderle la investidura de Mas ni a sus bases ni a una parte de su electorado. Y, mientras tanto, han ido dando patadas a la lata hacia adelante a ver si el tiempo solucionaba el problema.
Y durante estos tres meses, los de Junts pel Sí han hecho ver que ofrecían nuevas propuestas que, en esencia, siempre eran las mismas. Sí, claro que han añadido cositas de redactado tan impecable como impreciso y unas dotaciones presupuestarias que eran las que podían ser porque todo el mundo sabe (y la CUP también) que dependemos del grifo del FLA (por cierto, en este país empatado nadie recuerda que estamos intervenidos). Pero vaya, que estamos allí mismo.
Y durante este tiempo, cada vez que se acercaba cualquier posibilidad de compromiso, la CUP se apartaba. Por si las moscas. Es aquello del "ya encontraréis vosotros alguna solución para que nosotros sólo tengamos que mojarnos los deditos de los pies".
Y la perdiz, de tanto marearla, ya es inmune en las biodraminas. Y lleva un globo que hace días no toca ni cuartos ni horas.
Pero el destino, maldito destino, ha decidido que unos dirigentes que no quieren serlo tengan que ejercer un papel de líderes que nunca han querido tener, tomando una decisión que no querían tener que tomar. Y en este escenario, todavía se entiende menos cómo es que el domingo no aprovecharon que tenían 3 mil personas en un pabellón para hacer allí mismo la votación de desempate.
Una vez te pasas 12 horas votando, ya no viene de una (o de dos). Sobre todo si es para tomar una de las decisiones más importantes de tu historia. No viene de una hora (ni de dos) ser fiel a esta CUP que ha huido toda la vida de personalismos y de liderazgos y que ha apostado claramente por la asamblea como ágora donde se decide lo que defiende toda la organización. Y no viene de una hora (o de dos) que un partido asambleario tenga que dejar esta gran responsabilidad en manos de personas con nombres y apellidos que ejercerán de aparato. Escuchando las bases, sí, pero quien decidirá son personas y eso que reunirán el sábado no es nada más que un comité federal, un secretariado, un consejo nacional, un comité de gobierno o como cada partido le llame. ¿Venía de dos horas? No. Para evitar eso, no. ¿Entienden pues los líderes de la CUP entonces la desconfianza de mucha gente con el empate? (Por cierto, es muy fácil acabar con las especulaciones: colgando las actas y las certificaciones, tema resuelto). ¿Entienden que muchos no entienden por qué no se resolvió en Sabadell de la forma en que se había resuelto siempre?
El empate es un nueva patada adelante de la CUP a la lata. Muy útil internamente porque les evita partirse en dos (al menos de momento) y es un último tiempo muerto inesperado que les permite alargar el partido hasta el sábado a ver si un viento no previsto se lleva la niebla en el último instante (dígale que pase alguna cosa que los libere de tener que decidir entre blanco o negro). El problema es que hemos llegado a la pared (diga que se han acabado los plazos) y la lata de aquí ya no pasa. Ahora sí que hay que decidir. Definitivamente. Y a no ser que se saquen del sombrero una liebre inesperada, al final el marrón se lo comerán ellas (y ellos).