Cuando pensamos en la familia Maragall –Joan, Pasqual y Ernest–, a muchos catalanes nos viene a la cabeza una historia de éxito y popularidad. Los vemos como hombres que han disfrutado de un ancho reconocimiento social. Así recordamos a Joan Maragall –con tantas calles de nuestras ciudades merecidamente dedicadas– como gran figura de la cultura catalana. Por otra parte vemos a su nieto Pasqual como artífice –con su hermano Ernest– de los Juegos Olímpicos de 1992, primer presidente socialista de Catalunya y máximo impulsor del actual Estatut. ¿Pero es correcta esta percepción? ¿Realmente podemos hablar de una estirpe de aceptación universal e inestroncable?

Si salimos de la burbuja de bondad catalanista en que vivimos, constatamos con sorpresa que cada uno de estos Maragall ha acabado siendo en gran medida indigestible para el establishment. Incluso por aquel sector que inicialmente les parecía aceptar, adorar, incluso. Es el caso de Joan Maragall. No hay que olvidar el efecto que tuvo su rechazo a los Hechos del ¡Cu-Cut! –el "A por ellos" de 1905–, su apoyo a Solidaritat Catalana y su decantación hacia el catalanismo. Se dice poco pero hay que recordar que el año 1902, en plena madurez, fue procesado por el contenido de un artículo, "La patria nueva". Su posicionamiento significó la ruptura, en dos tiempos, con el Diario de Barcelona, donde publicaba sus artículos. Recordemos que unos años antes (1898), un amplio sector unionista había fruncido el ceño a su Oda a Espanya –significativamente citado por Meritxell Borràs en el juicio del procés– que acababa con un elocuente "Adeu, España!".

El tratamiento que ha dispensado el establishment a los Maragall, lejos de la adhesión al relato de éxito que algún distraído se podría imaginar, ha acabado siendo de una intolerancia insospechada

En cuanto a su percepción desde España, por mucho que se nos hable de la correspondencia con Unamuno u Ortega y Gasset, lo cierto es que de reconocimiento, poco. Tuvo que esperar un decreto de última hora de la alcaldesa Carmena, con la excusa de la aplicación de la Ley de memoria histórica el año 2017, para tener una triste calle en Madrid.

Y de Pasqual Maragall, ¿qué no podríamos decir? Podría parecer, a según quien, una figura incontrovertible de nuestro tiempo. ¿Pero cómo acabó su paso por la presidencia de la Generalitat? En mi libro El momento de decir prou (2008) dedico un capítulo a describir la rocambolesca defenestración que llevó a cabo un PSC cada vez más entregado al anexionismo y a la defensa del régimen borbónico del 78. Con todo lo que le había costado al PSC llegar a la presidencia de la Generalitat, el partido –bajo órdenes de Zapatero– no dudó en deshacerse del presidente que un más alto índice de popularidad había adquirido. Lo trincharon desde las editoriales del diarios que, en principio, habían sido de su propia cuerda, El País y El Periódico. Es un hecho inaudito, solo explicable por el cordón sanitario que el PSOE y el PSC levantaban ante el catalanismo consecuente y su nuevo Estatut, autorecurrido por Montilla todavía con la tinta fresca. ¿A quién puede extrañar la masiva huida que hicieron los catalanistas de un partido que el mismo Raimon Obiols describió como "peña rociera"? Que es lo que ha acabado siendo con Iceta, Montilla y Zaragoza, tal como se acaba de ver con el escandaloso pacto Colau-Valls-Collboni.

Pero es Ernest Maragall, figura emblemática de aquella masiva huida, quien más claramente ilustra hoy la persistente censura del establishment unionista a los Maragall. Cuando los socialistas dictan que hay que hacer un muro de contención por quitar a la alcaldía de Barcelona a Ernest Maragall, es el establishment quien habla. Un establishment inmovilista que abarca desde el Círculo Ecuestre y el tránsfuga Celestino Corbacho hasta una Ada Colau que ha reubicado su concepto de equidistancia no entre unionistas y soberanistas, sino entre Collboni y Valls, a quien debe la alcaldía. Es ella que marca el corte del "antes roja que rota", que excluye el margallismo en una nueva operación bendecida y financiada por el establishment unionista.

El tratamiento que ha dispensado el establishment a los Maragall, lejos de la adhesión al relato de éxito que alguno distraído se podría imaginar, ha acabado siendo de una intolerancia insospechada. Han llegado a crear lo que denominan "cordones sanitarios" a su alrededor, expresados en el procesamiento a Joan en 1902, la defenestración de Pasqual en el 2007 y el acuerdo Colau-Valls de 2019. Los Maragall han acabado echados por un establishment anexionista, radicalmente alérgico a su heterodoxia e intolerante con la evolución de su creciente compromiso con los derechos de la nación catalana.

El hecho de que España y la Catalunya unionista no hayan asumido a los Maragall demuestra hasta qué punto la discrepancia resulta indigesta al constitucionalismo. Pero sobre todo nos viene a recordar hasta qué punto resulta insuperable la incompatibilidad entre la sensibilidad política española y la catalana. Si el constitucionalismo español no puede asumir a los Maragall, ¿qué aspecto de la catalanidad real puede decir que asume más allá de la barretina de Josep Bou?

 

Antoni Strubell i Trueta es filólogo y político

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